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Opinión

Sociedad de anónimos e incógnitos Opinión Por Antonio José Monagas

Las siguientes líneas, no pretenden cuestionar la previsión esbozada como política de coyuntura establecida por distintos gobiernos repartidos mundialmente mediante medidas sanitarias de obligatorio cumplimiento. Las mismas, asumidas en el marco de la pandemia que azota al planeta. Pero sí plantean rebatir la manera de la cual algunas instancias, corporativas o personales, especulan o exageran su beneficio, uso y repercusión.

Posiblemente, alrededor de lo que puede situarse debajo de tan contrariada escena, contaminada por el sarcasmo de quienes se toman ese manejo de modo equivocado, por ignorancia o petulancia, pudiera hallarse la explicación que pone al descubierto la impugnación que en medio de estruendosos debates políticos, ha sido rebatida. Sobre todo, en el seno de naciones, desde cuyas jefaturas de Estado, se han desatado ruidosas reclamaciones al mejor estilo retador. Por supuesto, en desconsideración de datos provenientes de la más exacta información y conocimiento sobre la materia en cuestión.

Pero no es la temática que busca explayarse a lo largo de esta disertación. Aunque no deja de mostrar su importancia y atingencia con el problema que ha provocado la peligrosa pandemia del SARS Convid-2. Mejor conocido como Coronavirus.  

El problema que busca describirse, se corresponde con la postura que, en términos de la debida previsión en cuanto a prevención, cuidado y tratamiento, ha ido desfigurándose. Por supuesto, como producto de juicios individuales adelantados con base en meras conjeturas. O presunciones vacías. De modo que por tan obstinadas causas, todas carentes de auténticos fundamentos, han llevado a tener la escena, propia de película del más arrebatado humor negro. Pero de una realidad social compuesta por anónimos e incógnitos.

O sea personas, de rostro oculto que bien pueden pasar por ladrones, policías de malos hábitos, militares aberrados, mercenarios desalmados, sicarios en faena criminal o colectivos guapetones en acción delictiva. Aunque también parecieran disfrazados, escondidos, camuflados, envueltos, conspiradores, encubiertos, herméticos, inasequibles, misteriosos, cerrados, desconocidos, cerrados, furtivos. Incluso, recién operados de algo que los afeaba. Pero que sin embargo, por tapados hasta ojos y cabeza, la careta y la capucha que se hizo prenda de uso común, sigue haciéndolos ver igualmente feos. Más aún, repugnantes y ridículos.  

De cara a lo que tal medida de prevención deja ver, medida ésta equivocadamente concebida y practicada, es posible categorizar estas caras tapadas. Particularmente, en virtud de los prejuicios y actitudes que, por cada forma de ocultar el rostro, puede procederse. Así cabría considerarlos bajo las siguientes categorizaciones, a saber: Paranoicos u obsesivos, Hipocondriacos o pesimistas, Deportistas o activos, Ambientalistas o conservacionistas, Populares o conversadores, Exagerados o escandalosos, Moralistas o farsantes, Éticos o costumbristas, Retraídos o reservados, Legalistas o rigurosos, Rústicos o campechanos, Cómicos o payasos, Intemperantes o malgeniosos, Puritanos o rezanderos, Nerviosos o quisquillosos, Perturbados o desarreglados, Irritables o delicados, Amorosos o cariñosos, Pendencieros o envalentonados, Estrambóticos o raros, Ingeniosos o perspicaces, Perezosos o adormecidos.

Aunque estas categorías no agotan la caracterización que identifica la personalidad de tantos anónimos e incógnitos que deambulan por las calles en horas de restringida libertad, por tantas razones como individuos sean, hay quienes han manifestado que algo de esto será parte de las realidades que sobrevendrán luego de dejar atrás la susodicha pandemia.

Ojalá, esa opinión no sea tan agorera como en lo cierto pudiera ser. Sobre todo, porque no sería del todo afortunado que las nuevas realidades apegadas al ámbito sociológico y estado psicológico de quienes habrá de recorrerlas, vayan a verse sumidas en lo que “una nueva normalidad” pueda contener. Menos, al pensar que el ser humano (post-pandemia), tenga que tolerar una realidad diferenciada a partir de lo que podría prescribir una sociedad formada por personas cuya rareza sería más anormal que la normalidad que describe un mundo de hombres libres, críticos y pensantes. Y toda esa anormalidad habrá de ser, tristemente, la consecuencia de vivir en  una sociedad de anónimos e incógnitos.

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