Imagínese un autobús. Un autobús enorme, de esos de dos pisos, con capacidad para cincuenta personas sentadas. Ahora imagine que en las doce primeras filas viajan doce individuos. El resto del autobús —cuatro mil millones de personas— viaja apiñado, de pie, sin asiento, sin espacio, sin nada. Y lo que llevan en los bolsillos, sumado todo, no llega ni a la mitad de lo que llevan aquellos doce.
No es un autobús. Es el mundo.
Los datos no son opinión. Son constatación. Y lo que constatan es un reparto tan grotesco que roza lo inverosímil:
Doce personas —doce, un número que cabe en una sola mano si contamos con los pulgares— poseen la misma riqueza que 4.000 millones de personas. La mitad de la humanidad. Una cifra que equivale a la población combinada de China, India, Estados Unidos, Indonesia, Brasil y Pakistán juntos.
Un puñado de individuos acumula tanto como miles de millones de almas. Cada uno de ellos podría desaparecer mañana y el mundo seguiría girando. Pero si desaparecieran esos 4.000 millones, el mundo se detendría. Porque ellos son los que trabajan, los que cultivan, los que construyen, los que limpian, los que cuidan, los que mueren en guerras que no declaran.
Pero no acaba ahí.
94 personas —menos que las que caben en un vagón de metro en hora punta— controlan el 39% del PIB mundial. Casi cuatro de cada diez euros que se generan en el planeta acaban en sus arcas.
94 personas. Un número menor que el de diputados de un grupo político destacado en el Congreso español. Un número menor que el de alumnos de una clase numerosa de la Universidad. Esas 94 personas tienen entre sus manos el destino económico de 8.000 millones de seres humanos.
3.000 millonarios —los que aparecen en las listas de las revistas de lujo, los que compran islas privadas y yates con helipuerto— acumulan 18,3 billones de dólares.
18,3 billones. Escribirlo parece un error. Es una cifra que supera el PIB de todos los países de África subsahariana juntos. Es una cifra que podría acabar con el hambre en el mundo diez veces. Pero no se acaba. Porque el hambre no es un problema de recursos: es un problema de quién los tiene y quién decide no soltarlos.
Mientras esas 12 personas, esas 94 personas, esos 3.000 millonarios engordan sus fortunas, la otra mitad del mundo —el 52% de la población global, más de 4.000 millones de seres humanos— vive en lo que los técnicos llaman “pobreza”. Y los técnicos, con su lenguaje aséptico, no dicen lo que significa.
Significa que tienen para comer 8,3 euros al día o menos.
Ocho euros con treinta céntimos. Lo que costaba un menú del día en cualquier bar de España hace al menos diez años . Lo que cuestan dos paquetes de tabaco. Lo que cuesta una entrada de cine en sesión reducida. Con eso, en buena parte del mundo, hay que pagar techo, comida, educación, salud, transporte.
Ocho euros con treinta céntimos es lo que una familia de cuatro personas en el sur global tiene para vivir un día entero. Un día entero. Mientras un millonario puede gastar eso en un café en un aeropuerto sin mirar el precio.
Pero la comparación individual es tramposa. Porque lo que está en juego no es el café de un rico frente a la sopa de un pobre. Lo que está en juego es un sistema entero diseñado para que las cifras crezcan hacia arriba mientras abajo se desmorona todo.
Para entender estas cifras hay que entender la estructura de fondo. Según los datos disponibles, el 16% de la población mundial —los países de ingresos más altos— concentra el 66% del PIB global . En el extremo opuesto, el 11% de la población —los países de ingresos más bajos— apenas supera el 6,7% del PIB mundial .
La diferencia es tan abismal que resulta casi abstracta. Pero conviene hacerla concreta: el país más rico del planeta, Noruega, tiene un PIB per cápita de 98.080 dólares. El país más pobre, Burundi, tiene un PIB per cápita 361 veces menor . 361 veces.
Esa brecha no es natural. No es geológica ni climatológica. Es política. Es histórica. Es el resultado de siglos de expolio, de estructuras coloniales que nunca se desmontaron, de deuda externa impagable, de acuerdos comerciales que benefician a quien ya tiene.
Y lo más terrible: esa brecha no se reduce. Se agranda.
Cuando se dice que 12 personas tienen lo mismo que 4.000 millones, hay quien piensa: “Es que han trabajado mucho”. “Es que han tenido suerte”. “Es que son muy listos”.
Pero ninguna de esas explicaciones resiste el más mínimo escrutinio. Nadie trabaja lo suficiente como para merecer lo que 4.000 millones de personas trabajan juntas. Nadie tiene esa suerte. Y nadie es tan listo como para justificar que mientras él acumula, miles de millones no tengan para comer.
La concentración de la riqueza no es un accidente. Es una estructura. Es la consecuencia de décadas de políticas que han favorecido al capital sobre el trabajo, que han privatizado beneficios y socializado pérdidas, que han convertido los derechos humanos en mercancías.
El 52% de la humanidad vive con 8,3 euros al día no porque no haya suficiente para todos. Hay suficiente. Hay más que suficiente. La producción mundial de alimentos daría para alimentar a 10.000 millones de personas. Pero la comida se tira, se quema, se convierte en biocombustible, se especula con ella en los mercados de futuros. El problema no es la escasez: es la distribución.
Y la distribución es una decisión política.
Ante estas cifras, solo cabe una pregunta. Y es una pregunta que incomoda, que molesta, que muchos prefieren no formularse porque formularla implica después tener que responderla:
¿Qué derecho tiene una persona a acumular lo que 4.000 millones no tienen?
No hay respuesta que no suene a cinismo. No la hay porque no existe un argumento moral que pueda sostener semejante desproporción. Ni el mérito, ni el esfuerzo, ni la inteligencia, ni la herencia. Nada.
Porque por muy brillante que sea un empresario, su brillantez no vale 4.000 millones de vidas. Por muy arriesgada que haya sido su inversión, su riesgo no pesa tanto como el riesgo diario de millones de personas que no saben si comerán mañana.
Y sin embargo, el sistema sigue girando. Los millonarios siguen acumulando. Las listas de los más ricos se publican cada año con el mismo tono celebratorio con que se publican las listas de los equipos de fútbol. Y mientras tanto, 4.000 millones de personas siguen viviendo con menos de 8,3 euros al día.
Europa, España, cada uno de nosotros, estamos en el lado afortunado del mapa. Pero la suerte no es un mérito. Y estar en el lado correcto de la brecha no nos exime de mirar al otro lado.
Porque esas 12 personas no están en otro planeta. Viven en el mismo mundo que nosotros. Esas 94 personas que controlan el 39% del PIB mundial tienen casas en nuestras ciudades, cuentas en nuestros bancos, acciones en nuestras pensiones. Esa riqueza concentrada no flota en el vacío: se sostiene sobre un sistema que nos incluye a todos.
La pregunta, entonces, no es solo qué derecho tienen ellos. Es también: ¿qué derecho tenemos nosotros de no hacer nada mientras eso ocurre?
Las cifras de este artículo no son nuevas. Se repiten cada año, con ligeras variaciones, en los informes de Oxfam, en los estudios de Naciones Unidas, en los documentos del Foro Económico Mundial. Y cada año se publican, se leen, se comparten, se indignan unos días… y luego se olvidan.
Pero olvidar no es una opción. No cuando el 52% de la humanidad vive en la pobreza. No cuando 4.000 millones de personas subsisten con lo que otros gastan en un capricho. No cuando 94 personas tienen más poder económico que la mitad del planeta junta.
La concentración de la riqueza no es una ley de la naturaleza. Es una construcción humana. Y lo que los humanos construimos, los humanos podemos desmontar.
Pero para desmontarlo, primero hay que mirarlo. Y mirarlo sin filtros. Sin justificaciones. Sin esa costumbre de encogerse de hombros y decir “es lo que hay”.
No. No es lo que hay. Es lo que hemos permitido que haya.
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