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«Cajón de Sastre» A 90.000 kilómetros la precisión y el riesgo lo define Artemis, Entrevista al Dr. Aldo Kleinman. Por José Luis Ortiz Güell

Hay un momento, allá arriba, en el que la Tierra deja de ser un lugar para convertirse en un recuerdo.
A decenas de miles de kilómetros, la luz se vuelve distinta, el silencio es absoluto y cada movimiento… es definitivo.
Tecnología, precisión y riesgo conviven en un equilibrio extremo. Desde CubeSats desplegados a distancias colosales hasta maniobras que no admiten ni un milímetro de error.
El doctor Kleinman, referente en mecánica orbital, nos describe una realidad tan fascinante como desafiante. Porque en el espacio, un pequeño cálculo puede marcar la diferencia entre el éxito y la pérdida total de una misión.

Hemos tenido el placer de poder comunicarnos con el Dr. Aldo  Kleinman, precursor mundial de la técnica de extracción de la vesícula biliar, científicamente denominada Colecistectomía Laparoscópica y experto astrónomo lo cual  lo convierte en un experto entre la ambición humana y las leyes implacables del universo.

1- En la misión Artemis II, ¿qué papel desempeñan los CubeSats?

Aunque son pequeños, su valor es enorme. En esta etapa se desplegaron microsatélites de varios países, entre ellos Argentina. El satélite argentino fue liberado desde la nave Orión a unos 90.000 kilómetros de la Tierra, y su control se asumió con éxito desde el país.
Eso demuestra una gran capacidad tecnológica. Argentina es uno de los pocos países capaces de diseñar y construir satélites completos, lo que le permite participar activamente en este tipo de misiones internacionales.

2- Más allá de la tecnología, ¿qué implica operar a esas distancias?

Dr. Kleinman — Implica trabajar en un entorno donde las leyes físicas se manifiestan con todo su rigor. La mecánica orbital se basa en el equilibrio entre gravedad e inercia. Si ese equilibrio se rompe, el objeto cae o se pierde en el espacio.
Ese mismo principio rige también las misiones tripuladas. No hay red de seguridad. Solo las leyes del universo.

3- ¿Hasta qué punto es peligrosa una misión como esta para los astronautas?

Es una actividad de alto riesgo. A diferencia de la órbita baja terrestre, donde opera la Estación Espacial Internacional, en Artemis los astronautas se alejan muchísimo más de la Tierra.
Eso implica mayor exposición a radiación, menor protección del campo magnético terrestre, imposibilidad de rescate inmediato y dependencia total de los sistemas de la nave. En ese contexto, cualquier fallo puede tener consecuencias críticas.

4-¿Estamos entonces ante un punto sin retorno?

En cierto modo, sí. Y esto es importante entenderlo. Una nave como Orión viaja a velocidades altísimas y no puede “girar” libremente en el espacio como lo haría un avión.
Las trayectorias están gobernadas por la gravedad y la inercia. Para cambiar de dirección, la nave debe gastar grandes cantidades de combustible o aprovechar la gravedad de un cuerpo celeste.
En esta misión, la Luna cumple ese papel. La nave no gira en el sentido clásico, sino que describe una curva alrededor de ella. Es la gravedad lunar la que modifica su trayectoria.
Pero aquí reside el riesgo: si la nave llega con demasiada velocidad o con un ángulo incorrecto, la Luna no logra capturarla. En ese caso, la nave continúa su trayectoria y se pierde en el espacio.
Por eso, cada maniobra está calculada con una precisión absoluta. No hay margen para el error.

5- ¿Existen antecedentes de este tipo de situaciones?

Sí. Un caso emblemático es el del Apolo 13, donde una avería obligó a rediseñar la misión en pleno vuelo. Aquella experiencia demostró hasta qué punto la supervivencia depende del cálculo y la capacidad de reacción.
Fue un milagro de ingeniería, pero también una advertencia: el espacio no perdona la improvisación.

6- Volviendo a los satélites, ¿cómo influye la distancia en su funcionamiento?

De manera determinante. La gravedad disminuye rápidamente con la distancia, por lo que la velocidad debe ajustarse con precisión. En órbitas bajas se requiere gran velocidad para evitar la caída; en órbitas altas, menor velocidad para no escapar.
Es un equilibrio de precisión quirúrgica.

7-¿Dónde encaja la órbita geoestacionaria?

Es una órbita particular, a unos 36.000 kilómetros, donde el satélite gira al mismo ritmo que la Tierra y parece inmóvil desde la superficie. Es clave para telecomunicaciones y observación, y Argentina ha logrado operar en ese nivel, lo cual es un avance significativo.

8-¿Qué diferencia entonces a Artemis?

La escala. El CubeSat argentino fue liberado a unos 90.000 kilómetros, muy por encima de la órbita geoestacionaria. En ese entorno, la gravedad es mucho más débil y las condiciones son más exigentes.
Allí ya no se trata de “orbitar” como cerca de la Tierra. Se trata de no perderse en el vacío.

9-Para el público general, ¿cómo puede percibirse esta realidad?

 A simple vista, es posible observar satélites como puntos luminosos en el cielo. Pero detrás de esa imagen hay una precisión extrema. Con telescopios, se puede apreciar el movimiento relativo entre satélites y estrellas.
Es como ver una orquesta sin oír la música: solo percibes la belleza, no el esfuerzo.

10– ¿Qué representa todo esto en términos más amplios?

Representa el avance de la exploración espacial en dos niveles: el desarrollo tecnológico de distintos países y la capacidad de enviar seres humanos a entornos cada vez más lejanos y hostiles.
En misiones como Artemis conviven ambas dimensiones: la innovación… y el riesgo.
Y es en ese equilibrio donde se construye el futuro.

11-Doctor, le hago una última pregunta, más personal. ¿Qué siente usted al ver a un país como el suyo, Argentina, participar en algo así?

Orgullo… pero también responsabilidad.
Porque cuando un país desarrolla tecnología espacial desde cero, no solo construye satélites.
Construye conocimiento, independencia, futuro.
Y en misiones como Artemis, esos pequeños CubeSats demuestran algo muy claro:
que el espacio ya no es solo de las grandes potencias, sino de quienes se atreven a entenderlo.

“El espacio no es un lugar lejano. Es un espejo de nuestra propia precisión como especie.”
— Dr.  Aldo Kleinman

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