Hay dolores que ninguna cifra alcanza a describir. El sufrimiento de quienes perdieron a un hijo, a una madre, a un hermano, a un amigo o a un ser querido es irreparable. Las viviendas pueden reconstruirse, las carreteras pueden volver a levantarse y las ciudades pueden sanar sus heridas materiales, pero la ausencia de quienes partieron permanecerá para siempre en el corazón de sus familias.
Los dos terremotos que estremecieron a Venezuela el pasado 24 de junio dejaron al descubierto nuestra fragilidad humana. Ningún país está completamente preparado para enfrentar un doble evento sísmico de semejante magnitud, y mucho menos cuando ocurre en un contexto de profundas dificultades económicas y sociales. La naturaleza no distingue ideologías, clases sociales ni posiciones políticas; nos recuerda, con crudeza, que todos somos vulnerables.
Hoy, el sentimiento que embarga a millones de venezolanos es el dolor. Dolor por las vidas perdidas, por las familias separadas, por quienes aún buscan a sus seres queridos, por aquellos que quedaron sin hogar y por quienes tendrán que comenzar nuevamente desde cero. Lo material puede recuperarse con trabajo, esfuerzo y tiempo; las pérdidas humanas, en cambio, son irreparables.

En medio de tanta tristeza también ha surgido lo mejor de nuestra condición humana. Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a los países que han enviado equipos de rescate, ayuda humanitaria, insumos, maquinaria especializada y personal capacitado para colaborar en las labores de búsqueda y asistencia. Gracias a los artistas, deportistas, organizaciones y ciudadanos que han realizado importantes donaciones. Gracias igualmente al venezolano común, al que permanece dentro del territorio nacional y al que vive lejos de su patria, pero que sigue llevando a Venezuela en el corazón y ha aportado su granito de arena para aliviar el sufrimiento de quienes hoy lo han perdido casi todo, porque siguen teniendo consigo lo más importante, que es Dios, el que nunca abandona, y el que nunca falla.
Sin embargo, esta tragedia también obliga a una reflexión profunda. No se trata de politizar un fenómeno natural, porque ningún gobierno es responsable de un terremoto. Pero sí es legítimo preguntarnos si el impacto habría sido menos devastador de haber contado con instituciones más fuertes, mejores hospitales, una red sanitaria moderna y abastecida, una infraestructura adecuada, equipos de rescate suficientes y una economía capaz de ofrecer protección efectiva a sus ciudadanos y a sus bienes.
Los terremotos no tienen responsables políticos, pero sí ponen en evidencia la fortaleza o la fragilidad de las instituciones de un país.
Resulta difícil aceptar que, en pleno siglo XXI, muchos hospitales venezolanos continúen padeciendo limitaciones en materia de equipos, medicamentos e insumos. Resulta doloroso constatar que miles de familias queden completamente expuestas ante una tragedia de esta magnitud, sin seguros accesibles, sin capacidad económica para reconstruir sus vidas y dependiendo casi exclusivamente de la solidaridad de otros ciudadanos.
En sociedades con economías estables, sistemas de salud robustos y mecanismos de protección social eficientes, las víctimas de un desastre natural enfrentan igualmente el dolor de la pérdida, pero cuentan con herramientas para levantarse nuevamente. En Venezuela, demasiadas familias deben afrontar simultáneamente el duelo, la incertidumbre y la precariedad.
La tragedia también ha dejado al descubierto un sentimiento que desde hace años habita en millones de venezolanos: el cansancio. Cansancio ante la precariedad, ante la incertidumbre permanente y ante la sensación de vivir en un país que parece enfrentar demasiadas emergencias al mismo tiempo.
El pueblo venezolano está cansado de sobrevivir. Aspira a vivir con dignidad, a contar con servicios públicos eficientes, con salarios que permitan construir un proyecto de vida, con oportunidades de progreso y con la tranquilidad de saber que, frente a una tragedia, existen instituciones capaces de responder con eficacia y proteger a sus ciudadanos.
Quizás esta dolorosa experiencia deba servirnos también para reflexionar sobre el país que queremos construir. Un país donde el cambio no sea entendido como una consigna política, sino como un compromiso colectivo con el bienestar, la institucionalidad, la justicia social y la dignidad humana.
Porque Venezuela merece dejar atrás la lógica de la emergencia permanente y avanzar hacia una nación preparada para enfrentar sus desafíos con fortaleza, eficiencia y esperanza.
Hoy corresponde acompañar a las familias de las víctimas, honrar la memoria de quienes partieron, agradecer a quienes han tendido una mano solidaria y recordar que la mejor forma de rendir homenaje a quienes ya no están es construir un país más preparado, más justo, más fuerte y más humano.
Porque cuando la tierra tiembla, también se revelan las grietas acumuladas durante años, pero al mismo tiempo emerge la grandeza de un pueblo que, a pesar de todo, continúa creyendo en la posibilidad de un futuro mejor.
Engels Espina Molero
Abogado. Máster en Dirección en la Gestión Pública. Exconcejal y exsíndico procurador del municipio Almirante Padilla.
Analista político y consultor en comunicación política y estrategia electoral.
Abog. Engels Espina Molero | LinkedIn
Correo electrónico: abogengelsespina@gmail.com
Recuerda seguirnos en nuestra CUENTA DE INSTAGRAM Y LA CUENTA DE WHATSAPP


Comment here