En este caso en particular, comenzaré tratando la paradoja de la tolerancia de la mano del famoso filósofo de la ciencia austriaco Karl Popper justo tras la Segunda Guerra Mundial (aunque también está presente en autores como Rawls). Luego, continuaré tratando la respetabilidad de las opiniones. Además, abordaré el horror explícito al que nos someten las redes (hablo de imágenes de escenas ultraviolentas). También trataré la ley de hierro de las oligarquías que propuso Mitchells en 1911, etc.
En última instancia, pretendo revestir con cuestiones que considero fundamentales para que más allá de lo que lean aquí, les cautive lo suficiente como para leer e investigar por vuestra cuenta. Además, espero que desarrollen derivado de ello un pensamiento maduro y crítico.
Es una paradoja enmarcada dentro de la teoría de la decisión. La paradoja consiste en que, si una sociedad es limitadamente tolerante, su capacidad de ser tolerante finalmente será reducida o destruida por los intolerantes. Es decir, morirá de éxito. Así, Popper concluyó que, aunque parece paradójico, para mantener una sociedad tolerante, la sociedad tiene que ser intolerante a la intolerancia.
Si extendemos la tolerancia ilimitada aún a aquellos que son intolerantes; si no nos hallamos preparados para defender una sociedad tolerante contra las tropelías de los intolerantes, el resultado será la destrucción de los tolerantes y, junto como ellos, la tolerancia.
Con este planteamiento no quiero decir que debamos impedir la expresión de concepciones filosóficas intolerantes; mientras podamos contrarrestarlas mediante argumentos racionales y mantenerlas en jaque ante la opinión pública.
Pero debemos reclamar el derecho de prohibirlas, si es necesario por la fuerza. Esto es importante, pues bien puede suceder que no estén destinadas a imponérsenos en el plano de los argumentos racionales. Por el contrario, pueden comenzar por acusar a todo razonamiento. Así, pueden prohibir a sus adeptos, que prestan oídos a los razonamientos racionales, acusándolos de engañosos. También les enseñan a responder a los argumentos mediante el engaño, los puños o las armas.
Debemos entonces, en nombre de la tolerancia, ejercer el derecho a no tolerar a los intolerantes.
Debemos exigir que todo movimiento que predique la intolerancia quede al margen de la ley. Además, se debe considerar criminal cualquier incitación a la intolerancia y a la persecución. Esto debe hacerse de la misma manera que en el caso de la incitación al homicidio.
Ahora bien, el dilema de si debemos o no tolerar a los intolerantes se resume en la famosa obra de Popper La sociedad abierta y sus enemigos.
En esta «trinchera dialéctica», Popper argumenta que si una sociedad es ilimitadamente tolerante, incluso con aquellos que son intolerantes, terminará siendo destruida por ellos. La tolerancia ilimitada lleva, inevitablemente, a la desaparición de la propia tolerancia.
Bajo esta premisa, la sociedad debe reclamar el derecho a no tolerar la intolerancia. Esto es fundamental, especialmente cuando esta se manifiesta mediante la violencia, la opresión o la negación de derechos fundamentales.
No se trata de prohibir cualquier idea impopular de inmediato. Popper sugiere que, mientras sea posible contrarrestar a los intolerantes mediante el argumento racional y la opinión pública, la supresión física o legal debería ser el último recurso.
En contextos modernos, se debate que la tolerancia no es un cheque en blanco; debe ser un acto recíproco. Si un grupo utiliza las libertades democráticas para intentar abolirlas, la sociedad tiene el deber de defenderse para preservar su estructura abierta.
En resumen: no podemos tolerar la intolerancia ilimitada si queremos que la tolerancia sobreviva.
Si una sociedad es infinitamente tolerante, incluso con aquellos que buscan destruirla, los intolerantes terminarán por aniquilar a los tolerantes y, con ellos, al sistema de convivencia mismo.
Popper no decía que debamos prohibir toda idea «fea» de inmediato. En su opinión, el límite se cruza cuando el intolerante abandona el argumento racional y recurre a la fuerza, la violencia o el engaño (noticias falsas y falacias) para imponerse.
En este punto, la sociedad tiene el derecho e incluso el deber de no tolerar a esos grupos para preservar la libertad de todos. No es odio, es autodefensa democrática.
elnacional
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