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Del Pacto de Nueva York al Manifiesto de Panamá. Por Soc. Ender Arenas Barrios.

“Así se fraguo la revolución”, así tituló la “Revista Momento”, el momento en el que Bentancourt, Caldera y Villalba arreglan en Nueva York el acuerdo que sería la base del posterior “Pacto de Punto Fijo” que ordenó, política, social y económicamente, a Venezuela durante cuarenta años, desde 1958 hasta 1998. Y ese era un título acertado, pues, lo que comenzó entonces fue una verdadera revolución solo que esta era de naturaleza y carácter democrático, aunque eso solo fue reconocido y apreciado cuando la perdimos.

El firmado en Nueva York y el celebrado ahora en la ciudad de Panamá retrata la misma necesidad: la de formar una unidad sólida para la recuperación de la democracia, pero, son dos actos políticos de ampliación diferente y expresan dos momentos diferentes para la reconstrucción del orden democrático.

El de Nueva York y el firmado, posteriormente, como “Pacto de Punto Fijo” asumió la construcción del orden político que rigió la vida del país desde los partidos políticos (sociedad política).

1958 fue el gran año de los partidos políticos, entonces, ellos eran el centro de la escena sociopolítica y los protagonistas del “retorno de la política” que dejo atrás la lógica autoritaria constituida de la dictadura Perezjimenista.

En resumen, el orden político, que los acuerdos de 1958 estructuraron, se estableció mediante la cooperación política de los diferentes actores y a esta elaboración contractual del orden se subordinó el poder. Fue un acuerdo entre las elites y los lugares institucionalizados que emergieron tras la caída de la dictadura se convirtieron en los puntos centrales sobre las cuales se construyó el nuevo orden político.  

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Hoy, el momento político, que se inaugura el 3 de enero, es diferente. La administración Trump ha construido un escenario político cuya “dirección y gerencia” (pues podríamos estar frente a un ex país que ha derivado en una empresa, cuyo objetivo es la obtención de beneficios mediante la producción y venta de petróleo y oro) se las ha dado al sector chavista que acompañó a Chavez, primero, y luego a Maduro. La relación entre el gobierno que ha asumido este proceso mal llamado “transición” y los EEUU es de tutelaje, en la que la regla de Trump es que el Delcinato dará respuestas, fundamentalmente económicas ligadas al negocio petrolero y minero, ajustadas a las demandas requeridas por su administración. En este sentido el llamado interinato ha delegado en EEUU la responsabilidad del presente y Trump que sabe que el Delcinato es un buen negocio apuesta por un horizonte temporal más amplio, estirando el presente actual.

Benjamín Tripier menciona la encuesta de Meganalisis que da cuenta de la percepción de la gente con respecto a la relación Trump- Venezuela: “71,2% de los encuestados afirma que a Trump le importan más los negocios petroleros con Venezuela que la libertad completa e inmediata de los venezolanos; solo 5,8% cree que prioriza la libertad y 18,5% dice que ambas. Entre enero y mayo aumenta en 18,5 puntos la percepción de que Trump está más enfocado en el petróleo que en la libertad, impulsada por su propio discurso de inversión petrolera y por la opacidad de los acuerdos. El “Trump aliado de la libertad” se está transformando, en el imaginario venezolano, en “Trump sí, pero como socio petrolero con prioridades propias”” (El Nacional; 05/06/2026)

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El Manifiesto de Panamá se enfrenta, no solo a la situación devenida el 3 de enero, sino que al mismo tiempo se enfrenta a una realidad política caracterizada además de la profunda crisis humanitaria, por la crisis de representación de los partidos políticos, uno de los factores, más importante, que dieron lugar al advenimiento del chavismo como fenómeno político. Hasta el día de hoy, estos partidos, no han recuperado su papel central en la escena política y han sido un factor importante en la construcción del relato que conceptualiza a la política como una actividad indeseable y corrupta.

El llamado del “Manifiesto de Panamá” rompe con las inercias históricas que están presentes en el esquema clásico de la construcción del orden político realizado a través, o bien, del Estado, mediante la imposición autoritaria de rutinas políticas o desde la sociedad política, es decir, desde los partidos políticos.

 El Manifiesto de Panamá reconoce hoy la complejidad social, política y económica que emerge de la dictadura y el nuevo cuadro de actores sociales y políticos que han trascendido el ámbito de validez de la estructura partidaria. De allí que la construcción del orden político post dictatorial incorpora a la sociedad civil como una dimensión fundamental a las dos modalidades clásicas sobre las que se ha construido el orden político venezolano en toda su historia (el Estado y los partidos políticos).

Esta modalidad para la construcción del orden político democrático subraya otra centralidad en el proceso  de transición, no ya en los partidos políticos otrora dominantes, sino, en los actores sociales que habitan en la sociedad civil (“ahora sabremos como se come eso”): los sectores medios profesionales, sectores productivos y organizaciones corporativas (empresarios, trabajadores, gremios, sindicatos), iglesia, en las categorías sociales: mujeres, juventud, organizaciones sociales y de sectores sociales afectados por lo que podríamos llamar “la acumulación de carencias” que hoy habitan en la marginalidad absoluta de los barrios pobres del país (bueno eso es una ligereza de mi parte, pues con la casi desaparición de las clases medias seguramente más de una urbanización de la antigua clase media venezolana, también cae en esta categoría de “la acumulación de carencias”), por supuesto todo ese enorme movimiento desde la sociedad civil  vendría acompañada por los partidos políticos y por supuesto de los EEUU.

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“El Manifiesto de Panamá” significa un “puente de plata”, en primer lugar, para el chavismo quien no puede esperar una nueva oportunidad después de haber convertido a la “ruindad” y la “socialización del sufrimiento” en el único patrimonio de los venezolanos (“el 87.2% atribuye el deterioro de la vida cotidiana al modelo socialista y el 89.3% dice que el chavismo es una “maldición para el país. Esto en la encuesta de Meganalisis citada por Tripier). Una salida como la propuesta en “El Manifiesto”, les permitiría salir del poder políticamente con cierta vida (Luzmely Reyes).

 En segundo lugar, también, lo es para la oposición organizada en los partidos políticos. “El Manifiesto” representa para ellos un espacio en la que podrán volver a trajinar una acción y conducción política que reivindique su imagen y que le permita la revalorización de su palabra para que la gente le devuelva la confianza que les ha sido retirada y vuelva a convertirse en un actor fundamental de la transición democrática y posteriormente su consolidación.

Por supuesto, no faltaran los críticos de la propuesta que juzgando a los componentes del proyecto de unidad que “el Manifiesto” presenta como una urgencia, pensaran que el acuerdo si es deseable, pero prescindiendo de los criticados, lo que sería un nuevo error.

La verdadera transición no será fácil. El nuevo “Acuerdo Nacional”, más allá de la recuperación de la democracia tiene que encarar y decidir sobre que espalda va a recaer la crisis que el Delcinato con el apoyo norteamericano no va a resolver. Tendrá necesariamente que procurar la satisfacción progresiva de las necesidades sociales que el chavismo canceló: educación, salud, vivienda, alimentación y una mejora de los salarios en el presente y, al mismo tiempo, garantizarles a los empresarios locales e internacionales la confianza y un sólido Estado de derecho que reduzca los riesgos y garantice su inversión.

Es allí, donde el liderazgo de MCM se hace imprescindible para conducir un proceso donde los sectores más vulnerables del país no esperaran para reclamar la mejora sustancial de sus condiciones de vida en el presente, los cuales, de manera inevitable producirán ruido en la transición y consolidación de la democracia e igualmente, los sectores empresariales harían lo mismo para construir una atmósfera deseable para sus negocios. Y así todos los sectores de la sociedad venezolana víctimas del precariato revolucionario formularan reclamos reivindicativos.

En ese escenario faccioso, será necesario la construcción de una narrativa que le brinde a toda la gente la recuperación de la certeza de que el futuro será estable y duradero con reglas acordadas por todos y para todos. No tengo dudas, que en el “momento actual”, es el liderazgo de María Corina Machado el único que puede evitar escenarios catastróficos que puedan provocar situaciones indeseables.

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