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Entre el brillo de Bella Vista y la penumbra del hogar: la amarga Navidad del maracucho. ​Por: Lcdo. Dave Roberth Cepeda Lozano

Llega noviembre a Maracaibo y de inmediato el ambiente se impregna del repique de la tambora, el furro, la charrasca y la devoción chiquinquireña. Como manda el libreto de cada año, los jerarcas se congregan en torno a la Plaza del Ángel para bajar la palanca y transformar los más de tres kilómetros de la avenida Bella Vista en un túnel resplandeciente de arcos y millones de bombillos. Pero debajo de esa tramoya luminosa late una ciudad mamada y exhausta. Lo que en sus años dorados fue motivo de orgullo y algarabía regional, hoy divide a la grey zuliana entre la necesidad de un ratico de esparcimiento y una arrechera colectiva que hierve con la fuerza del calor de esta tierra.

​El evento genera un impacto psicosocial y material con dos caras diametralmente opuestas en la cotidianidad de los marabinos:

​El impacto negativo: burla, desgaste y fractura social

​Para una porción contundente de la población, el encendido representa una afrenta descarada a la dignidad del pueblo. Maracaibo sigue siendo la capital del suplicio eléctrico. Mientras el tendido de Bella Vista titila sin pestañear, las barriadas del oeste, el norte y el sur sobreviven a racionamientos salvajes de cuatro, seis y hasta ocho horas diarias bajo sensaciones térmicas que sobrepasan con facilidad los 40 °C.

​El contraste genera una indignación amarga. El maracucho de a pie contempla cómo las cuadrillas oficiales montan transformadores de respaldo y cables relucientes para una vitrina efímera, mientras en su comunidad un transformador reventado condena a decenas de familias a pasar semanas completas cocinándose vivas, durmiendo en colchonetas en el porche, matando zancudos en vela y perdiendo la poca comida en la nevera. «Mirá, vergación, ¿cómo van a derrochar luz ahí si en mi casa se me queman los corotos con las fluctuaciones?», comenta cualquier vecino enfurecido. Psicológicamente, el alumbrado no se vive como Navidad, sino como una burbuja indolente levantada por el poder para fingir normalidad mientras la periferia arde a oscuras.

​El impacto positivo: respiro colectivo y economía de supervivencia

​En la otra acera, quienes van en masa a la avenida defienden la necesidad de un desahogo. Tras años de pellejerías, despedidas por la migración y asfixia cotidiana, recorrer Bella Vista sigue siendo una de las poquísimas opciones públicas totalmente gratuitas. Para miles de padres y abuelos, llevar a los chamos a patear la calle, comerse un cepillao bien frío o un pastelito representa regalarles una chispa de inocencia en medio de tanta tempestad.

​A esto se suma la dinamización comercial: la noche del encendido y los fines de semana siguientes funcionan como un verdadero salvavidas para el comercio informal, puesteros de tostadas, dulceros y choferes de carritos por puesto, quienes aprovechan ese bullicio para redondearse los cobres de la temporada.

​El espejismo de las «navidades felices»: aguinaldos en migajas y circo sin pan

​La controversia no nace en el aire; se enmarca en la gastada prédica gubernamental de decretar «navidades felices» por adelantado para tapar el desastre de fondo. La realidad salarial de los empleados públicos, maestros y jubilados desmorona cualquier propaganda: la política de pagar los aguinaldos fraccionados en cuotas mensuales diluidas por la inflación es repudiada unánimemente como una burla descomunal al sudor del trabajador.

​En las esquinas y en las colas no se habla de otra vaina: es el clásico circo romano, pero sin pan. Con sueldos pulverizados, los llamados bonos de guerra ni de vaina alcanzan para cubrir la canasta básica alimentaria, dejando en el terreno de la fantasía comprar los estrenos del 24 y el 31 o responder a la cartica del Niño Jesús para los muchachos. El temor más angustiante no es solo la falta de real, sino la película de terror que significa pasar la Nochebuena o el fin de año empapados en sudor, cenando con una vela o una linterna recargable porque el racionamiento no perdona ni por compasión cristiana.

​La resistencia por normalizar frente a una mesa vacía

​Frente a semejante panorama, emerge ese maracucho guapo y fajao que busca cualquier medida para poner en práctica y armar su clima decembrino: pinta el frente de la casa con lo que sobró del año pasado, saca los bafles a la acera y pone gaitas tradicionales a todo volumen para espantar las penas. Sin embargo, el empeño choca con la crudeza de la despensa. Hoy más que nunca, los sabores sagrados de la pascua zuliana parecen lejanos: el olor a guiso de hallaca bien sazonado, el dulce de lechoza con piña, el manjar blanco y el majarete se han vuelto lujos inalcanzables para la mayoría de los bolsillos; ni hablar de contemplar una pierna de pernil horneada o una bandeja de pasticho en la mesa.

​Bella Vista podrá encender millones de bombillos en una noche despejada, pero el verdadero espíritu de la Navidad no se decreta desde una tarima con plantas eléctricas blindadas. Se mide en la tranquilidad de dormir con el aire acondicionado o el ventilador prendido, en el cobro de un salario digno y en el aroma a comida saliendo de las cocinas populares. Mientras esa realidad siga apagada, el show de la avenida no pasará de ser un brillante espejismo que no tapa las sombras de Maracaibo.

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