El argentino, que recuperó su libertad el pasado 2 de febrero tras meses de detención en Venezuela, recopiló 54 microtextos que llevaba escondidos las 24 horas del día en prisión. Lo hizo para recoger a detalle su infierno. Hoy se prepara para que el mundo conozca lo que sufrió como preso de Nicolás Maduro y Delcy Rodríguez. «Quiero que sea su epitafio»,
“Prometo tomarme el cuidado de que mi historia termine de sepultarles. Que sea algo así pues, como su epitafio”. Gustavo Gabriel Rivara, escritor argentino de 52 años, prepara un libro que, sin lugar a dudas, será desgarrador, pues detallará su cruda experiencia dentro del Helicoide, el centro de detención más temido de la era Nicolás Maduro y Delcy Rodríguez en Venezuela.
La liberación de Rivara se registró el pasado 2 de febrero luego de ser detenidos por organismos de seguridad tras las elecciones de julio de 2024. A múltiples medios les aseguró que estaba convencido que su destino final sería la muerte dentro de los muros de esa prisión. Allí la falta de derechos y la arbitrariedad fueron la norma.
La captura ocurrió en una estación de colectivos en Barinas, cuando intentaba regresar a Colombia tras participar en las marchas convocadas por la oposición. En diálogo con radio Rivadavia, explicó que el régimen no necesitó razones legales para encerrarlo. “La orden fue capturar extranjeros para utilizarlos como herramientas de chantaje contra otros gobiernos”, declaró.
Rivara señaló que el miedo en las calles de Caracas, luego de las elecciones presidenciales, era total. Además, cualquier contenido sospechoso en el teléfono celular bastaba para terminar en una celda sin proceso judicial. Algo que aún se sufrió hasta principios de 2026, pese a la captura y extracción de Nicolás Maduro y Cilia Flores. “Pensé que podía morir en la cárcel”, admitió.
El deber de publicar
En su cuenta de Facebook, el pasado 28 de febrero, Rivara anunció que retocaba el material para exponer sus vivencias:
Me creo con el deber de publicar el ‘libro’ de El Helicoide: bastión de los sátrapas en donde vapulearon a su antojo a infinidad de opositores cuya nobleza y patriotismo incomodaba”, difundió.
El Helicoide fue descrito por el argentino como un infierno subterráneo, cubierto de suciedad y polvo constante. Casi dos meses de su excarcelación, aún padece problemas en los ojos por la falta de higiene. Además, la luz artificial permanente le afecta. Igual los ruidos constantes lo ponen en alerta. “Se vive en un estado de alerta continua, nos despertaban muy temprano y pasaban lista todo el tiempo”, remarcó al detallar el ambiente opresivo del penal.
Durante los últimos cuatro meses, el argentino permaneció totalmente incomunicado, encerrado en un cuarto diminuto sin acceso a información ni contacto con su familia. Los celadores, explica, le hacían sentir que no tenía derechos. Durante ese tiempo, su único refugio fue la lectura y la escritura. Mientras compartía pasillos con guerrilleros y narcotraficantes, siendo él el único argentino en ese sector.
Lo ayudaba Jesús Armas
En la red social X, Rivara publicó el pasado viernes 27 de marzo, una imagen poderosa:
La versión de mi libro sobre El Helicoide –compuesta desde un comienzo por estos 54 papelitos que llevaba escondidos las 24 horas del día en el forro de mis huevos- fue elaborada ocasionalmente a la usanza antigua con las lapiceras suministradas por mi amigo Jesús Armas”.
Sobre este tuit, algunos lectores recordaron Papillon, la novela autobiográfica de 1964, escrita por Henri Charrière, que narra la increíble historia de fuga de un convicto falso en la colonia penal de la Isla del Diablo, destacado por su temática de resistencia humana. “Efectivamente, tal cual. Aquellos escenarios descritos en Papillon, los vi reproducidos dentro de El Helicoide”, reconoció.
El escritor argentino ha sido una de las voces más fuertes para desnudar la violación de los derechos humanos por parte de Maduro y Rodríguez. En sus declaraciones relató que decidió ser un interno problemático para las autoridades. Desafiaba a los guardias en los pasillos siempre que pudo hacerlo. Eso sí, sin recibir órdenes directas de los jefes.
Según su testimonio, esta rebeldía funcionó como un mecanismo de defensa para mantener la cordura y tratar de transmitir un mensaje de fortaleza al resto de sus compañeros.
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