Tras acusar al Papa de estar “a favor del crimen” por no apoyar la guerra, Trump publica una imagen de él como Jesús. ¿Es demencia, es locura de un narcisista al que, en vez de sentarlo en la consulta de un psiquiatra, se le ha concedido la presidencia EEUU por segunda vez?
Vi una imagen que posteó el presidente Trump, que me rehúso a compartir, pero no puedo dejar de comentarla: simula la figura de quien reconocemos como Jesucristo.
Mi corazón me obliga a decirlo: para mí, Jesús es el mayor ejemplo de vida que ha existido, incomparable, y aspirar a sus enseñanzas es lo más alto a lo que puede llegar un ser humano.
Como persona, no puedo negar que esto me genera indignación.
Pero también pienso qué si Jesús viera algo así, no se ofendería… se compadecería.
Porque todos fallamos, pero el ego y la soberbia, creerse por encima de los demás o querer ocupar un lugar que no te corresponde, es de lo más contrario al mensaje de Cristo.
Trump atacó al Papa León XIV por oponerse a su política belicista, y 40 minutos después publica una imagen de sí mismo disfrazado de Jesús y obrando milagros.
¿Entre la demencia y la blasfemia?
Circula una imagen blasfema en la que Trump se hace pasar por Mesías; tanta culpa tiene él como la caterva de borregos que lo ha idolatrado y presentado como un «libertador». Prefiero, pues, otra ilustración, la cual nos recuerde que, finalmente, Cristo aplastará su cabeza.
Escribo estas líneas con una mezcla de indignación y tristeza. No como analista distante, sino como alguien que observa, siente y reflexiona ante un hecho que considero profundamente perturbador: ver a Donald Trump acusar al Papa de estar “a favor del crimen” por no respaldar la guerra, y luego publicar una imagen de sí mismo como si fuera Jesucristo.
No puedo callar ante esto.
Primero, porque el señalamiento contra el Papa León XIV, revela una incomprensión peligrosa del mensaje cristiano. El Evangelio no es un manual de guerra ni una justificación para la violencia. Es, en esencia, un llamado radical a la paz, al perdón y al amor incluso hacia el enemigo.
Cristo fue claro:
“Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.” (Mateo 5:9)
¿Cómo puede entonces calificarse como “a favor del crimen” a quien rechaza la guerra? Si algo enseña el cristianismo es precisamente lo contrario: que la violencia no redime, que el poder no justifica la destrucción, y que la verdadera autoridad moral se encuentra en la humildad, no en la imposición.
Pero lo que considero aún más grave es la publicación de una imagen en la que Trump se presenta como Jesús. No lo veo como una simple provocación política o un gesto excéntrico. Lo veo como una blasfemia.
Porque no estamos hablando de una figura simbólica cualquiera. Estamos hablando de Aquel que, según la fe cristiana, cargó con el sufrimiento del mundo, que fue humillado, torturado y crucificado sin responder con odio. Compararse, aunque sea visualmente con Cristo no es solo arrogancia: es una distorsión grotesca del significado del sacrificio.
La Escritura advierte con claridad:
“No tomarás el nombre de Dios en vano.” (Éxodo 20:7)
Y también:
“Porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: ‘Yo soy el Cristo’; y a muchos engañarán.” (Mateo 24:5)
No afirmo que Trump se proclame literalmente como Cristo, pero sí señalo que este tipo de gestos alimenta una peligrosa idolatría política, donde el líder se eleva por encima de toda crítica, casi como una figura mesiánica. Y eso, históricamente, nunca termina bien.
Yo no veo en esto fe. Veo manipulación. Veo un uso instrumental de lo sagrado para fines políticos. Y eso no solo ofende a los creyentes, sino que degrada el debate público.
Me preocupa profundamente que una parte de la sociedad aplauda esto o lo trivialice. Porque cuando dejamos de distinguir entre lo sagrado y lo propagandístico, entre la fe y el espectáculo, estamos renunciando a algo esencial: nuestra capacidad de discernimiento moral.
Cristo nunca buscó poder político. Nunca se glorificó a sí mismo. De hecho, hizo exactamente lo contrario:
“El que quiera hacerse grande entre ustedes deberá ser su servidor.” (Mateo 20:26)
Esa es la medida. Y todo lo que se aparte de ella no es cristianismo: es su caricatura.
Sigo escribiendo porque siento que lo dicho aún no alcanza. Hay algo más profundo, más inquietante, que no puedo ignorar. No se trata solo de una polémica pasajera ni de una provocación más en la larga historia mediática de Donald Trump. Lo que veo aquí es un síntoma: la peligrosa fusión entre poder político, culto a la personalidad y manipulación de lo sagrado.
Cuando vi esa imagen él representándose como Cristo no pensé en sátira. Pensé en advertencia. En una señal de hasta qué punto se puede trivializar lo divino cuando se convierte en herramienta de propaganda.
Porque Cristo no es un símbolo vacío que se pueda usar según convenga. Es, para millones, la encarnación del sacrificio, la renuncia y la verdad. Y precisamente por eso, apropiarse de su imagen no es neutral. Es un acto cargado de significado.
La Biblia no guarda silencio frente a este tipo de actitudes. Al contrario, las denuncia con fuerza:
“Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes.” (Santiago 4:6)
Y yo me pregunto: ¿qué hay más contrario al espíritu de Cristo que la soberbia de colocarse en su lugar, aunque sea simbólicamente? ¿Qué hay más distante del Evangelio que convertir la figura de Jesús en una extensión del ego político?
Esto no es solo un exceso de vanidad. Es una forma de reescribir el mensaje cristiano para ajustarlo a una narrativa de poder. Y eso es profundamente peligroso.
Además, la acusación contra el Papa León XIV no es menor. Decir que quien promueve la paz está “a favor del crimen” implica invertir completamente la lógica moral. Es como si la compasión se volviera sospechosa y la guerra, justificable.
Pero Cristo también fue claro en esto:
“Vuelve tu espada a su lugar; porque todos los que tomen espada, a espada perecerán.” (Mateo 26:52)
No hay ambigüedad. No hay espacio para reinterpretaciones convenientes. El mensaje es directo: la violencia genera más violencia. Y quien predica la paz no es cómplice del mal, sino su verdadero opositor.
Yo no puedo evitar ver en todo esto una forma moderna de idolatría. No la de estatuas de piedra, sino la de líderes convertidos en figuras casi sagradas, inmunes a la crítica, rodeados de seguidores que confunden lealtad política con devoción espiritual.
Y eso, históricamente, ha sido terreno fértil para el autoritarismo.
La Escritura advierte también sobre esto:
“Hijitos, guardaos de los ídolos.” (1 Juan 5:21)
No se refiere solo a imágenes físicas, sino a cualquier cosa o persona que ocupe el lugar que no le corresponde.
Me duele ver cómo el lenguaje religioso, que debería unir, sanar y elevar, es reducido a herramienta de confrontación. Me inquieta cómo se banaliza lo sagrado hasta convertirlo en un meme político. Y me alarma la facilidad con la que muchos aceptan o incluso celebran este tipo de gestos.
Porque cuando se pierde el respeto por lo trascendente, se pierde también el límite.
Y sin límites, el poder se desfigura.
Cierro con una convicción más dura, más frontal, porque creo que el momento lo exige:
No estamos ante una simple irreverencia. Estamos ante una forma de blasfemia política que busca disfrazar la ambición de virtud, el ego de sacrificio y el poder de redención. Y si no somos capaces de denunciarlo con claridad, entonces no solo estamos fallando como ciudadanos, estamos traicionando el sentido mismo de lo que decimos creer.
Gervis Medina.
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