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Gervis Medina: El neochavismo, ¿el teatro de la amnesia?

Queridos lectores, recordemos que el chavismo es una enfermedad del alma que, durante años, construyó una narrativa de poder absoluto: revolución eterna, lealtad ideológica y una estructura que supuestamente no podía fracturarse. Pero hoy, frente a la presión internacional y al desgaste interno, vemos algo distinto. En este contexto surge la pregunta de Gervis Medina: El neochavismo ¿el teatro de la amnesia?

Este “neochavismo” es una etapa donde los mismos actores intentan reescribir su pasado, diluir responsabilidades y presentarse como interlocutores moderados después de décadas de persecución política, represión, corrupción y control social en Venezuela.

Lo más revelador no es solo el discurso. Es el silencio. Es la desaparición de símbolos, la reducción del culto al liderazgo que antes era omnipresente y la forma en que algunos intentan fingir que no fueron parte de la maquinaria que criminalizó la disidencia y destruyó instituciones.

Yo no estoy buscando validar esa narrativa. Más bien busco desmontarlas. Porque entender cómo funciona la manipulación política y la reescritura del pasado es fundamental para que un país pueda reconstruir su memoria, exigir justicia y evitar que la historia vuelva a repetirse…

Si queremos hablar de transición democrática, memoria histórica y responsabilidad política en Venezuela, primero debemos reconocer algo: NO existe un “nuevo chavismo”. ¡¡Solo existe una estructura intentando sobrevivir cambiando de máscara!!

En Venezuela está surgiendo una nueva mascarada en la era política: el neochavismo. Su consolidación, refleja la estrategia del régimen para prepararse de cara a próximas elecciones. No lo debemos permitir, debemos hacer lo posible que su partido criminal desaparezca al igual que su sequito.

Después del 3 de enero, muchas cosas comenzaron a desaparecer silenciosamente del paisaje político venezolano.

Cuadros, retratos y murales que durante años inundaron ministerios, cuarteles y sedes criminales comenzaron a retirarse. Altares ideológicos traídos de Cuba desaparecieron de oficinas y espacios públicos. El culto político que había sido construido durante décadas comenzó a diluirse en cuestión de semanas.

Durante años esa enfermedad del alma se definió a sí mismo como un movimiento profundamente personalista. La figura de Hugo Chávez era omnipresente. Estaba en discursos, propaganda, instituciones y hasta en ceremonias oficiales.
Pero tras la caída del poder que sostuvo al régimen durante años, esa memoria comenzó a desaparecer con una rapidez sorprendente. Las referencias al “comandante eterno” se redujeron al mínimo. Incluso la fecha de su muerte, que durante años fue tratada como un ritual macabro y político nacional, pasó casi desapercibida.

Para un sistema que había construido su identidad alrededor de su líder supremo, el silencio fue revelador.

Entre las personalidades destacadas, emergen Delcy Rodríguez, se desempeña como presidente interina, y su hermano Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional. El inevitable colapso del régimen chavista, deja sin opción a los mandatarios, quienes actúan de manera conjunta bajo la tutela de Estados Unidos.

En este sentido, la estrategia de los hermanos siniestros pareciera ser tratar de renovar la imagen, desligándose de las principales figuras controversiales del régimen, como Diosdado Cabello, Vladimir Padrino y Nicolás Maduro, presentando una imagen distinta para competir electoralmente contra la oposición y lograr perpetuarse en el poder.

El neochavismo no es simplemente una continuación mecánica del chavismo originario; es su mutación escénica, su reconstrucción narrativa, una forma política que ya no se sostiene en la promesa revolucionaria sino en la administración simbólica del olvido. Si el chavismo clásico necesitó épica, confrontación y un relato fundacional encabezado por Hugo Chávez, el neochavismo necesita otra cosa: una escenografía donde el pasado se diluya, donde las responsabilidades se fragmenten y donde la memoria colectiva sea sustituida por una representación cuidadosamente administrada.

Hablar del neochavismo implica entender que no estamos frente a una ideología nueva, sino frente a una estrategia de supervivencia del poder. La narrativa revolucionaria original prometía justicia social, soberanía económica y redención histórica. Sin embargo, el deterioro institucional, la crisis económica, la emigración masiva y la pérdida de legitimidad obligaron al sistema a reinventarse. Esa reinvención no ocurrió mediante autocrítica, sino mediante un mecanismo más sofisticado: la amnesia política.

El teatro de la amnesia consiste en representar una nueva normalidad donde los errores del pasado aparecen como accidentes sin responsables claros. La inflación deja de ser consecuencia de políticas estructurales y pasa a ser atribuida exclusivamente a factores externos; el colapso institucional se narra como resultado de agresiones internacionales; la destrucción productiva desaparece detrás de un discurso de resistencia. En ese escenario, el poder no niega frontalmente la realidad: la reinterpreta, la fragmenta y la dramatiza.

En esta lógica, Nicolás Maduro no actúa como heredero carismático, sino como administrador del relato residual. Su liderazgo no descansa en la movilización emocional originaria, sino en el control de los símbolos, del lenguaje y de la percepción pública. El neochavismo ya no moviliza masas con promesas épicas; administra expectativas mínimas, estabiliza resignaciones y convierte la precariedad en costumbre política.

El teatro necesita además un público fatigado. Una sociedad golpeada por años de crisis puede llegar a normalizar aquello que antes consideraba inadmisible. Allí opera la amnesia: no como desaparición total del recuerdo, sino como debilitamiento de su capacidad de indignación. La memoria sigue existiendo, pero se vuelve políticamente inofensiva.

Por eso el neochavismo no solo gobierna instituciones: gobierna ritmos psicológicos. Introduce pequeñas flexibilizaciones económicas, tolera espacios parciales de mercado y permite ciertas aperturas controladas para producir una sensación de alivio. Esa sensación funciona como recurso narrativo: no se trata de resolver el problema, sino de administrar el contraste entre el desastre previo y una leve mejoría relativa.

La paradoja es evidente: el mismo poder que produjo el colapso se presenta luego como garante de una estabilidad limitada. En términos teatrales, el autor del incendio aparece después como encargado de repartir agua.

El componente más sofisticado del teatro de la amnesia es la resignificación del lenguaje político. Palabras como soberanía, pueblo, resistencia o bloqueo adquieren una función protectora: ya no describen procesos concretos, sino que blindan moralmente al poder frente a cualquier cuestionamiento. La semántica sustituye al balance de resultados.

En este punto, el neochavismo se vuelve menos doctrinario y más pragmático. Tolera contradicciones que en la etapa inicial habrían sido impensables: dolarización informal, coexistencia desigual con sectores privados, reducción silenciosa de antiguas consignas ideológicas. No abandona el relato revolucionario, pero lo conserva como escenografía, no como programa real.
La amnesia política no significa ausencia de memoria histórica; significa selección interesada de aquello que conviene recordar y de aquello que conviene diluir. Se recuerda el conflicto externo, se minimiza el error interno; se exalta la resistencia, se oculta la responsabilidad.

Sin embargo, toda escenografía tiene límites. Ningún teatro puede sustituir indefinidamente la experiencia concreta de los ciudadanos. La memoria social puede tardar, pero reaparece cuando las narrativas dejan de explicar la vida cotidiana.

El neochavismo sobrevive precisamente en ese equilibrio frágil: entre el recuerdo que incomoda y el olvido que conviene.

Esa enfermedad del alma, nunca fue una estructura ideológica sólida. Fue una estructura de poder sostenida por miedo, corrupción y complicidades. Y ahora cuando el lenguaje comienza a cambiar, el riesgo es que muchos confundan adaptación con transformación real.

El neochavismo no es una renovación. Es simplemente la misma estructura intentando sobrevivir bajo un discurso más calculado.

Asi las cosas mis queridos lectores, que quede claro que el cambio de tono del régimen no es una transformación política, es una estrategia narrativa. Por eso el término neochavismo no pretende describir algo nuevo. Más bien funciona como una herramienta para desenmascarar el teatro que intenta presentarse como evolución política cuando en realidad es una adaptación para sobrevivir.

Gervis Medina
Abogado, criminólogo y escritor venezolano

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