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Gervis Medina: El síndrome de Estocolmo político.

El síndrome de Estocolmo es un término utilizado para describir una experiencia psicológica paradójica en la cual se desarrolla un vínculo afectivo entre los rehenes y sus captores.

En esa misma línea de pensamiento, me EN ESA pregunto si ¿seremos víctimas de una clase de síndrome de Estocolmo político?

Cada cierto tiempo o , mas frecuentemente desde 1958 en cada una de las multiples crisis desde entonces, los venezolanos creemos que la clase política va a traer el gran cambio que nuestro país necesita con urgencia.

Nuestras esperanzas estan centradas en que el sistema político actual , culpable de la pobreza, la corrupción, la inseguridad, indefensión del medio ambiente, el pésimo uso de los recursos del Estado, va por arte de magia, a autoeliminarse y producir algo nuevo que vaya en contra de sus propios intereses.

Una vez dentro del organismo que sirve de “huésped”, el virus infecta sus células y se multiplica para sobrevivir. Los virus no pueden proliferar por ellos mismos, necesitan entrar en las células y secuestrar la maquinaria vital de esas células para producir copias de sí mismos.

El «establishment» político es un virus que lo ha infectado todo, pero que necesita de nosotros, la Nación para sobrevivir y multiplicarse.

El psicólogo norteamericano Martin Seligman habla de la «INDEFENSIÓN APRENDIDA» , una condición humana que hace al ser humano comportarse de manera pasiva, con una profunda sensación subjetiva de no poder hacer nada, dejando pasar oportunidades de cambiar su situación.

¿ Y DE VERDAD SERÁ QUE ESTAMOS EN «INDEFENSIÓN APRENDIDA» Y NO PODEMOS HACER NADA?

Algo que no regresará a la currícula escolar serán los cursos de Educación Cívica, Economía, Geopolítica, y Filosofía. Cómo Giovanni Sartori lo expresó sin un demo instruido, educado, cultivado no puede existir democracia.

La educación es el filtro que usa la ciudadanía para desechar a la casta política depredadora del sistema estatal de gobierno.

El síndrome de Estocolmo político es un fenómeno sociológico donde ciudadanos o grupos, sometidos a opresión, crisis económica o manipulación por parte de líderes, desarrollan lealtad y defienden a sus propios «victimarios». Esta respuesta emocional automática surge como mecanismo de supervivencia y dependencia ante el control total del poder.

Características y Manifestaciones:
Dependencia y Sumisión: En sistemas corruptos, la población depende de los políticos para servicios básicos, generando una lealtad forzada.
Defensa del Agresor: Los ciudadanos pueden justificar las acciones de gobernantes que los empobrecen o traicionan, viéndolos falsamente como salvadores.
Identificación Sociopolítica: Los grupos sociales dominados pueden adoptar la ideología del dominador para protegerse.
Voto por el Victimario: Se observa que la población vuelve a otorgar el mando a quienes la someten, actuando en contra de sus propios intereses.

Contextos de Aplicación:
Populismo y Crisis: Se utiliza para describir la fe ciega en líderes que prometen soluciones mientras agudizan la crisis.
Autoritarismo: La violencia o la manipulación desde el poder genera aislamiento y desamparo en la ciudadanía, forzando la adhesión al agresor.
Debate Político: Líderes actuales pueden usar este término para argumentar que la oposición o los ciudadanos críticos están «enamorados» de quienes generaron problemas económicos previos.

En resumen, no es una patología individual, sino una «elección colectiva» disfuncional, donde el miedo, la comodidad o la ignorancia llevan a la sociedad a abrazar a quien la humilla.

Puede ser que haya gente que sufre el Síndrome de Estocolmo. Básicamente que están abrazados y enamorados del modelo que los empobrece, pero eso no es la mayoría de los venezolanos.

La Asociación Americana de Psicología lo define como una respuesta mental y emocional «en la que un cautivo (por ejemplo, un rehén) muestra aparente lealtad e incluso afecto hacia el secuestrador». La entidad médica agrega que en estos casos, «el rehén hasta puede llegar a ver a las fuerzas del orden o a los rescatista como enemigos porque ponen en peligro al captor.

El nombre deriva del caso de una mujer que fue tomada como rehén en 1973 durante un robo a un banco en Estocolmo, Suecia y se apegó tanto emocionalmente a uno de los ladrones que rompió su compromiso con otro hombre y permaneció fiel a su antiguo secuestrador durante su pena de prisión. El término fue acuñado por el psiquiatra y criminólogo sueco Nils Bejerot.

Pasaron casi cincuenta años desde ese episodio, y este término se utiliza para definir la reacción psicológica de una víctima de un secuestro o retención en contra de su voluntad en la que desarrolla una relación de complicidad y un fuerte vínculo afectivo con su secuestrador.

El vínculo afectivo que establece la victima con el agresor se considera una respuesta automática de protección y está activada por el instinto de supervivencia. Como necesitan seguridad y esperanza, de forma inconsciente ignoran el lado negativo del captor y empatizan con su posición, figurándose que así la situación traumática cesará.

Algunas distorsiones cognitivas posibilitan este síndrome, una forma de error (disfunción o inconsistencia) en el procesamiento de información, son patrones de pensamientos inexactos o irracionales que pueden llevar una mala interpretación de la información.

El político nuestro, es resiliente por excelencia y entiende perfectamente la dinámica. Sabe que no necesita resultados, solo relatos. No requiere gestión, basta con el libreto del miedo: “si no soy yo, la vaina se pone peor”, “yo al menos conozco Venezuela, los otros no”. Y el elector, como rehén emocional, asiente con la cabeza mientras ajusta la cuerda que lo ata. La democracia, en este contexto, no está secuestrada: está amueblada. Decorada con discursos grandilocuentes, promesas recicladas y una coreografía electoral donde los mismos apellidos rotan como si se tratara de una nobleza hereditaria. Padres, hijos, esposas, primos y compadres desfilan por el poder con la bendición popular, como si gobernar fuera un derecho de sangre y no una responsabilidad pública.

Lo más fascinante del síndrome no es la crueldad del captor, sino la creatividad del cautivo para justificarlo. “Roba, pero hace”, “todos son iguales”, “al menos ayuda a la gente”, «póngame donde haiga». Frases que funcionan como analgésicos morales para soportar el dolor de la evidencia: hospitales sin insumos, escuelas en ruinas, carreteras que solo existen en las vallas publicitarias. Y así, el elector defiende a su verdugo con una pasión que ya quisieran las causas nobles. Ataca al que denuncia, ridiculiza al que propone cambios y mira con sospecha al que no pertenece al club de siempre. No vaya a ser que la libertad resulte más incómoda que el cautiverio conocido.

En los manuales de psicología, el síndrome de Estocolmo describe ese extraño fenómeno en el que la víctima termina desarrollando afecto por su captor. En los manuales no escritos de la política regional, en cambio, el concepto se queda corto: aquí no solo hay afecto, hay gratitud, aplausos y hasta votos entusiastas. En la versión tropical del síndrome, el secuestrado no está encadenado a una silla, sino a una urna. Cada cuatro años camina dócilmente hacia ella para refrendar su amor eterno por quien lo ha despojado de servicios públicos, dignidad institucional y futuro colectivo. Y lo hace convencido de que ‘esta vez sí’, el victimario ha cambiado, madurado, o al menos aprendido nuevas mañas con más discreción.

El político nuestro, es resiliente por excelencia y entiende perfectamente la dinámica. Sabe que no necesita resultados, solo relatos. No requiere gestión, basta con el libreto del miedo: “si no soy yo, la vaina se pone peor”, “yo al menos conozco Bogotá, los otros no”. Y el elector, como rehén emocional, asiente con la cabeza mientras ajusta la cuerda que lo ata. La democracia, en este contexto, no está secuestrada: está amueblada. Decorada con discursos grandilocuentes, promesas recicladas y una coreografía electoral donde los mismos apellidos rotan como si se tratara de una nobleza hereditaria. Padres, hijos, esposas, primos y compadres desfilan por el poder con la bendición popular, como si gobernar fuera un derecho de sangre y no una responsabilidad pública.

Lo más fascinante del síndrome no es la crueldad del captor, sino la creatividad del cautivo para justificarlo. “Roba, pero hace”, “todos son iguales”, “al menos ayuda a la gente”. Frases que funcionan como analgésicos morales para soportar el dolor de la evidencia: hospitales sin insumos, escuelas en ruinas, carreteras que solo existen en las vallas publicitarias. Y así, el elector defiende a su verdugo con una pasión que ya quisieran las causas nobles. Ataca al que denuncia, ridiculiza al que propone cambios y mira con sospecha al que no pertenece al club de siempre. No vaya a ser que la libertad resulte más incómoda que el cautiverio conocido.

Observen el fenómeno con lupa clínica: el político asume el rol del secuestrador. Nos priva de hospitales dignos, de carreteras que no se deshagan con la primera lluvia, de escuelas donde los niños no estudien bajo la enramada con el sol. Nos tiene en el sótano de la precariedad, entretanto, él se pasea por los cambuches repartiendo mercados navideños como si fueran dádivas divinas y no migajas de lo que se apropió en la vigencia anterior.

Esta relación simbiótica entre el político y su electorado cautivo tiene todos los síntomas del síndrome de Estocolmo: el miedo a que sin el victimario el mundo se desplome (¿quién nos dará el empleo precario si cae el cacique?), la dependencia emocional forjada en décadas de clientelismo, y esa resignación cómoda que prefiere el diablo conocido al infierno incierto. Hasta celebramos cuando el mismo personaje que lleva veinte años en el poder anuncia su nueva candidatura como si fuera un acto de generosidad y no de cinismo puro.

Las élites políticas han convertido la democracia en un teatro de marionetas donde el único libre albedrío permitido es elegir entre el mismo rostro con distintos sombreros. Se eternizan en el poder no porque sean invencibles, sino porque hemos normalizado que el político sea un depredador con corbata. Lo defendemos cuando la prensa lo señala: «es un refrito, pura persecución política». Lo reelegimos cuando termina su periodo: «necesita más tiempo para cumplir». Hasta justificamos sus fortunas inexplicables: «es que es buen administrador o legislador».

El verdadero triunfo-objetivo de la politiquería no es robarse el presupuesto, sino secuestrar la conciencia. Convertir la indignación en costumbre y la resignación en cultura política. Lograr que el ciudadano confunda estabilidad con estancamiento y gobernabilidad con sumisión. Pues este sistema no se sostiene solo con políticos sin escrúpulos; se sostiene con ciudadanos que, por miedo, comodidad o ignorancia, deciden que lo mejor es arrodillarse para besar la mano que los azota. Y de esa manera, sin ningún pudor o remordimiento, seguimos abrazando al secuestrador como si fuera nuestro salvador. Mientras él construye mansiones con piscina en Miami, nosotros defendemos su ‘honor’ en el sardinel o en la tienda de la esquina. Mientras sus hijos estudian en universidades de élite, nosotros celebramos que haya regalado tres tabletas en el Día del Niño. Es el romance más disfuncional de la historia: el del pueblo que ama a quien lo humilla, defiende a quien lo empobrece y recompensa a quien lo traiciona.

Tal vez ha llegado el momento de aceptar una verdad incómoda: ningún secuestro se sostiene eternamente sin algún grado de consentimiento. Entonces, en este al atardecer democrático, la pregunta que quema no es por qué siguen ahí los de siempre, sino por qué seguimos votando por ellos como si el cautiverio fuera una forma de hogar. Porque, al final, el síndrome de Estocolmo en la política no es una patología individual: es una elección colectiva. Y como toda elección, también puede —si se quiere— dejar de repetirse.

Gervis Medina
Abogado, criminólogo y escritor venezolano.

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