Resumen Ejecutivo
Este trabajo académico se desarrolla en dos partes complementarias. La primera analiza el conflicto militar contemporáneo entre Estados Unidos, Israel e Irán desde las dimensiones militar, política, económica y de percepción internacional, destacando la relevancia de la defensa aérea, la claridad de los objetivos estratégicos, la narrativa política y los efectos económicos globales de la guerra. La segunda parte examina la dimensión financiera y energética del conflicto, incluyendo el papel del sistema del petrodólar, las estrategias iraníes para introducir incertidumbre en los mercados energéticos, la diversificación frente al dólar y los impactos internos en la economía estadounidense y la política interna.
El análisis muestra que los conflictos modernos no se limitan al campo militar, sino que se desarrollan simultáneamente en lo económico, financiero y comunicacional. Cada sección del trabajo incluye los datos de fuentes y autores citados, integrando la evidencia disponible para respaldar el desarrollo de las ideas.
Parte I: La guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán: estrategia, desgaste militar y crisis de liderazgo
Introducción
Las guerras del siglo XXI rara vez se desarrollan únicamente en el campo de batalla. Se despliegan simultáneamente en múltiples dimensiones: militar, económica, política y comunicacional. El conflicto actual entre Estados Unidos, Israel e Irán ilustra con particular claridad esta realidad. Lo que comenzó como una serie de operaciones militares dirigidas a debilitar capacidades estratégicas iraníes ha evolucionado rápidamente hacia una confrontación regional con implicaciones globales.
En pocos días, la dinámica del conflicto ha revelado varios elementos que trascienden el enfrentamiento militar directo. El intercambio intensivo de misiles y drones ha puesto a prueba la eficacia y los límites de los sistemas modernos de defensa aérea, mostrando cómo incluso las tecnologías más avanzadas pueden verse sometidas a presiones operativas cuando enfrentan ataques sostenidos y estrategias de saturación. Al mismo tiempo, la escalada militar ha expuesto una serie de tensiones estratégicas relacionadas con la definición de los objetivos políticos de la guerra, la coherencia de la conducción militar y la capacidad de los gobiernos para sostener narrativas convincentes ante sus propias sociedades y ante la comunidad internacional.
A estas dimensiones se suma un factor que históricamente ha convertido al Medio Oriente en un punto neurálgico del sistema internacional: la energía. La inestabilidad generada por el conflicto ha reactivado los temores sobre la seguridad del transporte energético global, particularmente en torno al Estrecho de Ormuz, uno de los corredores marítimos más estratégicos del planeta. Cualquier interrupción, real o percibida, en el flujo de petróleo y gas a través de esta ruta tiene efectos inmediatos en los mercados energéticos, el transporte internacional y, en última instancia, en la estabilidad económica global.
Sin embargo, más allá de sus dimensiones militares y económicas, la guerra también está revelando una crisis más profunda relacionada con la conducción política del conflicto. La claridad de los objetivos estratégicos, la coherencia del liderazgo y la capacidad de los gobiernos para articular una narrativa consistente sobre el propósito y los límites de la guerra se han convertido en factores tan determinantes como las operaciones militares mismas.
Este artículo examina el conflicto desde una perspectiva analítico-crítica que combina fundamentos teóricos de la estrategia militar y la geopolítica con la observación de los acontecimientos recientes. A partir de este enfoque, se argumenta que la guerra actual no solo pone en evidencia las limitaciones operativas de los sistemas militares contemporáneos, sino también las tensiones estructurales que surgen cuando el uso de la fuerza no está acompañado por una definición clara de objetivos políticos, una estrategia coherente y una conducción política capaz de sostener los costos —militares, económicos y políticos— que toda guerra inevitablemente implica.
La guerra moderna y el desgaste de la defensa aérea
Fundamentos teóricos
La defensa aérea moderna opera bajo tres principios: detección, intercepción y destrucción de amenazas antes de que alcancen sus objetivos. Sin embargo, la estrategia de saturación introduce un nuevo desafío: ataques simultáneos masivos que consumen los recursos defensivos a un ritmo superior a su capacidad de reposición, generando lo que se denomina una “economía del desgaste estratégico”.
Aplicación práctica
Uno de los elementos más reveladores del conflicto entre Irán, Israel y Estados Unidos ha sido la presión sostenida que los ataques con misiles y drones han ejercido sobre los sistemas de defensa aérea desplegados en la región. Aunque estos sistemas han sido durante décadas considerados una de las principales ventajas tecnológicas de las potencias militares occidentales, la dinámica reciente del conflicto ha puesto en evidencia sus limitaciones estructurales cuando se enfrentan a ataques prolongados y estrategias de saturación.
La lógica de esta estrategia es relativamente simple pero profundamente efectiva. Mientras que los interceptores utilizados por los sistemas de defensa aérea suelen ser altamente sofisticados —y, por tanto, costosos— los drones y muchos misiles de ataque pueden producirse a una fracción de ese costo. Esta asimetría genera lo que algunos analistas militares denominan la “economía del desgaste”: un modelo en el que el atacante no necesita destruir completamente el sistema defensivo, sino obligarlo a consumir sus recursos a un ritmo superior a su capacidad de reposición.
En el contexto actual del conflicto, esta dinámica se ha manifestado en ataques repetidos que combinan misiles balísticos, misiles de crucero y drones. El objetivo de estas operaciones no es únicamente alcanzar blancos específicos, sino también forzar a los sistemas de defensa aérea a operar de manera constante, incrementando el consumo de interceptores y sometiendo a presión los sistemas de detección, radar y comando.
Este fenómeno no es completamente nuevo en la historia militar, pero adquiere una dimensión distinta en el entorno tecnológico contemporáneo. Los sistemas de defensa aérea más avanzados —como el Domo de Hierro, el sistema Patriot y el sistema Arrow— fueron diseñados para enfrentar amenazas específicas dentro de ciertos parámetros operativos. Cuando esos parámetros se ven superados por la intensidad o la frecuencia de los ataques, incluso los sistemas más sofisticados pueden verse sometidos a un proceso de desgaste progresivo.
A esta presión operativa se suma un segundo factor igualmente relevante: la capacidad industrial para reponer rápidamente los sistemas defensivos utilizados en combate. En una guerra prolongada, la eficacia de la defensa aérea no depende únicamente de la calidad tecnológica de los sistemas desplegados, sino también de la velocidad con la que los interceptores y componentes críticos pueden ser producidos y reemplazados. En este sentido, la guerra contemporánea vuelve a revelar un principio clásico de la estrategia: la capacidad industrial y logística continúa siendo un factor determinante en la sostenibilidad de cualquier esfuerzo militar.
El conflicto actual parece confirmar esta tendencia. A medida que los ataques continúan y los sistemas de defensa aérea se ven obligados a operar de forma sostenida, el problema ya no se limita únicamente a la capacidad de interceptar amenazas individuales. Se convierte, más bien, en una cuestión de resistencia estratégica, donde la pregunta central deja de ser si un sistema puede interceptar un misil, para pasar a ser si puede seguir haciéndolo de manera sostenida durante semanas o meses de combate.
Esta realidad introduce una paradoja estratégica significativa: en la guerra contemporánea, la superioridad tecnológica no garantiza necesariamente una ventaja decisiva si el adversario logra transformar el conflicto en una competencia de desgaste.
La ausencia de objetivos estratégicos claros
Uno de los principios más conocidos de la teoría estratégica moderna fue formulado por Carl von Clausewitz al señalar que “la guerra constituye la continuación de la política por otros medios”. Esta afirmación, citada con frecuencia en los estudios militares, contiene una implicación fundamental: la conducción efectiva de una guerra depende de la existencia de objetivos políticos claros que orienten la estrategia militar.
Cuando esos objetivos no están claramente definidos, o cuando cambian constantemente en el curso del conflicto, la estrategia tiende a volverse incoherente. Las operaciones militares pueden continuar, pero pierden un marco estratégico que permita evaluar su eficacia o determinar cuándo las metas de la guerra han sido alcanzadas.
En el conflicto actual entre Irán, Israel y Estados Unidos, uno de los elementos más debatidos entre analistas estratégicos ha sido precisamente la falta de claridad respecto a los objetivos políticos finales del enfrentamiento. A lo largo de las primeras fases del conflicto, diferentes declaraciones provenientes de autoridades políticas y militares han sugerido metas que van desde la disuasión y la contención hasta la degradación significativa de las capacidades estratégicas iraníes.
El problema estratégico que surge en este contexto es evidente. Cada uno de estos objetivos implica niveles muy distintos de compromiso militar, costos políticos y riesgos de escalada regional. La disuasión, por ejemplo, puede buscarse mediante operaciones limitadas destinadas a enviar una señal de fuerza. En cambio, la degradación profunda de capacidades estratégicas —como programas de misiles o infraestructuras militares— puede requerir campañas prolongadas y un nivel de confrontación mucho mayor.
La ambigüedad en los objetivos no solo afecta la planificación estratégica; también tiene consecuencias directas sobre la moral militar, la percepción pública y la credibilidad internacional del liderazgo político. Cuando los objetivos de una guerra no son claramente comunicados, se vuelve difícil para la opinión pública comprender qué constituye un éxito o un fracaso en el conflicto. De igual manera, los aliados pueden enfrentar dificultades para evaluar hasta qué punto deben comprometer sus propios recursos en apoyo de la operación.
Históricamente, numerosos conflictos han demostrado que la falta de claridad estratégica puede convertirse en uno de los factores que prolongan innecesariamente las guerras. Sin una definición precisa de los objetivos políticos, las operaciones militares tienden a convertirse en respuestas tácticas a eventos inmediatos, en lugar de formar parte de una estrategia coherente orientada hacia un resultado político específico.
En el caso del conflicto actual, esta dinámica parece reflejarse en la tensión existente entre los discursos políticos y la realidad operativa en el terreno. Mientras las operaciones militares continúan desarrollándose con intensidad, el debate internacional revela una creciente incertidumbre sobre cuál sería el punto en el que los actores involucrados considerarían que los objetivos de la guerra han sido alcanzados.
Esta incertidumbre estratégica introduce un elemento adicional de riesgo. Cuando los objetivos de una guerra permanecen ambiguos, el conflicto puede transformarse gradualmente en una dinámica de escalada reactiva, en la que cada acción militar genera nuevas respuestas sin que exista necesariamente un marco político claro que delimite los límites del enfrentamiento.
Desde esta perspectiva, la cuestión central deja de ser únicamente la capacidad militar de los actores involucrados. Pasa a ser, más bien, la capacidad de sus liderazgos políticos para definir con precisión los fines de la guerra y alinear los medios militares con esos objetivos. Sin esa coherencia entre política y estrategia, incluso las operaciones militares más exitosas pueden terminar produciendo resultados estratégicamente inciertos.
El impacto económico global de la guerra: energía, comercio y vulnerabilidad global
A lo largo de la historia contemporánea, el Medio Oriente ha ocupado un lugar central en la geopolítica internacional debido a su papel en el sistema energético global. El conflicto actual entre Irán, Israel y Estados Unidos vuelve a poner en evidencia hasta qué punto la estabilidad de esta región continúa siendo un factor determinante para la economía mundial.
Uno de los elementos más sensibles en este contexto es la seguridad de las rutas marítimas por las que transita una parte sustancial del petróleo y del gas natural que alimentan los mercados internacionales. En particular, el Estrecho de Ormuz constituye uno de los puntos estratégicos más críticos del sistema energético global. Aproximadamente una quinta parte del petróleo comercializado a nivel mundial atraviesa este estrecho corredor marítimo que conecta el Golfo Pérsico con el océano Índico.
Esta concentración del flujo energético en un espacio geográfico relativamente reducido convierte al estrecho en un punto de vulnerabilidad estructural para la economía internacional. Cualquier interrupción —real o potencial— en el tránsito de buques petroleros tiene efectos inmediatos en los mercados energéticos, generando aumentos en los precios del petróleo y del gas que rápidamente se trasladan a otros sectores de la economía.
En el contexto del conflicto actual, la posibilidad de restricciones al tránsito marítimo en esta zona ha reactivado temores que históricamente han acompañado a las crisis en la región. Los mercados energéticos suelen reaccionar no solo ante eventos concretos, sino también ante la percepción de riesgo geopolítico. En este sentido, incluso la amenaza de interrupciones en el suministro puede generar volatilidad significativa en los precios de la energía.
Las consecuencias de estas fluctuaciones van mucho más allá del sector energético. El aumento en el precio del petróleo impacta directamente en el costo del transporte marítimo, terrestre y aéreo, encareciendo las cadenas logísticas globales. En un sistema económico altamente interconectado, esto se traduce en incrementos en el precio de alimentos, bienes industriales y servicios, afectando tanto a economías desarrolladas como a países en desarrollo.
Otro sector particularmente sensible a estas dinámicas es el de los fertilizantes. La producción de muchos fertilizantes depende de insumos energéticos —especialmente gas natural— por lo que cualquier alteración en los mercados energéticos puede repercutir en los costos de producción agrícola. De esta manera, una crisis geopolítica regional puede terminar afectando indirectamente la seguridad alimentaria en distintas partes del mundo.
Esta interconexión entre conflicto militar y estabilidad económica global revela una característica fundamental de las guerras contemporáneas: sus efectos rara vez permanecen confinados al ámbito estrictamente militar. En un sistema internacional profundamente integrado, las tensiones geopolíticas pueden desencadenar reacciones en cadena que afectan mercados, sistemas logísticos y políticas económicas en múltiples regiones.
En este contexto, el conflicto actual no solo debe analizarse desde la perspectiva de sus operaciones militares o de las estrategias de los actores involucrados. También debe entenderse como un fenómeno con implicaciones estructurales para el funcionamiento del sistema económico internacional, donde la estabilidad de rutas marítimas estratégicas, la confianza de los mercados y la percepción de riesgo geopolítico se convierten en variables centrales.
Desde esta perspectiva, la guerra no solo se libra en el campo de batalla. También se proyecta sobre los mercados energéticos, las rutas comerciales y las decisiones económicas de gobiernos y empresas en todo el mundo.
Liderazgo político y narrativa de guerra
La guerra contemporánea no se libra únicamente con misiles y drones; también se libra en la arena de la percepción pública y de la narrativa internacional. En el conflicto actual entre Irán, Israel y Estados Unidos, la coherencia y credibilidad del liderazgo político se han convertido en factores tan determinantes como la capacidad militar.
Desde la perspectiva de la teoría estratégica, un liderazgo político eficaz debe cumplir tres funciones esenciales: definir los objetivos de la guerra, articular una narrativa consistente que explique dichos objetivos y mantener la confianza de aliados, población y adversarios. Cuando estas funciones se debilitan, surgen vacíos de percepción que pueden ser explotados por el enemigo y por medios internacionales, generando efectos negativos en la moral, la credibilidad y la sostenibilidad del conflicto.
Estados Unidos
En el caso de Estados Unidos, se ha observado una notable divergencia de mensajes entre distintas autoridades políticas. Declaraciones contradictorias del presidente, del secretario de Estado y del secretario de Defensa han generado una narrativa fragmentada que dificulta la comprensión de los objetivos y límites de la guerra. Esta incoherencia no solo afecta la percepción externa de la capacidad estadounidense, sino que también tiene repercusiones internas: la población civil y el personal militar enfrentan incertidumbre sobre el propósito y la duración del conflicto.
Israel
Israel, por su parte, ha adoptado una estrategia comunicacional basada en el control extremo de la información. La limitación del acceso de corresponsales extranjeros y la censura sobre eventos críticos, como el estado de alerta de los sistemas de defensa aérea y los movimientos de sus líderes, genera una percepción de seguridad interna, pero restringe la capacidad de la comunidad internacional para evaluar con precisión la situación sobre el terreno. Esto puede producir una narrativa externa de vulnerabilidad o falta de transparencia, aunque internamente fortalezca la disciplina y la confianza en la dirección militar.
Irán
Irán, en contraste, ha utilizado una apertura selectiva de su comunicación. Los líderes iraníes conceden entrevistas a medios internacionales, permiten la cobertura de corresponsales extranjeros y emiten partes diarios sobre ataques y objetivos alcanzados. Esta estrategia proyecta control, capacidad y resiliencia, creando la percepción de que Irán lleva la iniciativa en la guerra, aunque la situación operacional pueda ser más compleja.
Fundamentos científicos de percepción y narrativa estratégica
Desde el punto de vista científico, estas estrategias se explican por la psicología de la percepción y la comunicación estratégica. La teoría de la agenda mediática y el framing indica que la información que se selecciona, la forma en que se presenta y la frecuencia con la que se repite determinan cómo audiencias internas y externas interpretan los eventos. Estudios de guerra psicológica muestran que la percepción de control, eficiencia o vulnerabilidad puede afectar tanto la moral del enemigo como la de aliados y civiles, e incluso incidir en decisiones económicas y políticas.
Un ejemplo reciente que ilustra la relevancia de la narrativa política ocurrió cuando se conoció que el presidente estadounidense solicitó un cese al fuego a Irán. Más allá de su significado militar, este acto envió señales sobre el momento estratégico del conflicto, reflejando limitaciones políticas, costos económicos y presión interna sobre la administración. La percepción pública de debilidad, urgencia o pérdida de iniciativa se convierte en un elemento que puede condicionar futuras decisiones y negociaciones.
En síntesis, la guerra moderna exige que el liderazgo político sea tan competente en la gestión de la percepción como en la conducción de operaciones militares. La capacidad de articular objetivos claros, mantener coherencia en los mensajes y proyectar control en la narrativa internacional es tan crítica como la eficacia de los sistemas defensivos o la capacidad industrial de producción militar. En este conflicto, la divergencia en estas estrategias de comunicación está configurando no solo la percepción de quién “lleva la iniciativa”, sino también las condiciones bajo las cuales se desarrollarán los próximos episodios del enfrentamiento.
Conclusión: la guerra de percepción como factor determinante en la guerra moderna
El análisis del conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán sugiere que la guerra contemporánea no puede comprenderse únicamente en términos de capacidad militar o superioridad tecnológica. Incluso los sistemas más avanzados revelan límites estructurales cuando enfrentan estrategias de desgaste sostenido. Este fenómeno evidencia que el poder militar tiene restricciones inherentes tanto en lo operacional como en lo logístico. Este desgaste no solo condiciona la eficacia de las operaciones, sino que redefine la manera en que los planificadores calculan riesgos y asignan recursos frente a un adversario capaz de transformar el conflicto en una competencia prolongada de resistencia.
La ausencia de objetivos estratégicos claros por parte de algunos actores ha intensificado la complejidad de la guerra, afectando la coherencia de las operaciones, la moral de los efectivos y la percepción de la comunidad internacional. Esta dinámica subraya la interdependencia entre estrategia, economía y liderazgo: decisiones tácticas desconectadas de objetivos políticos precisos generan costos económicos inmediatos y repercusiones en la credibilidad de los gobiernos, afectando la capacidad de sostener el conflicto y de mantener alianzas estratégicas. La vulnerabilidad de corredores estratégicos como el Estrecho de Ormuz demuestra que la seguridad militar y la estabilidad económica global están intrínsecamente ligadas, y que la conducción de la guerra requiere una integración cuidadosa de ambos factores.
El manejo de la narrativa y la percepción internacional emerge como un componente crítico de la guerra moderna. La coherencia comunicacional y la capacidad de proyectar control afectan tanto la moral del adversario como la confianza de aliados y socios estratégicos. La divergencia de mensajes entre líderes políticos, la censura selectiva o la apertura controlada de información se convierten en herramientas estratégicas que pueden amplificar o mitigar los efectos del poder militar. Así, la guerra no se limita al terreno físico: se desarrolla simultáneamente en la esfera cognitiva, donde la percepción del adversario puede condicionar decisiones tácticas y estratégicas.
Finalmente, las implicaciones de este conflicto para el sistema internacional son profundas. La interacción entre límites militares, presión económica, liderazgo político y percepción estratégica no solo determina la conducción del conflicto presente, sino que también configura precedentes sobre la credibilidad de las promesas y compromisos de los estados, la permanencia de fuerzas extranjeras en regiones estratégicas y la estabilidad de mercados globales. El reconocimiento de la fuerza del adversario como un elemento central en la planificación estratégica refuerza la necesidad de integrar política, economía y percepción en el diseño de futuras operaciones militares y decisiones de política internacional.
En síntesis, la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán subraya que el poder militar tiene límites claros, que la estrategia debe articularse con objetivos políticos y económicos definidos, y que la gestión del liderazgo y de la percepción es tan determinante como la fuerza armada. Ignorar cualquiera de estas dimensiones no solo compromete los resultados operativos, sino que puede generar efectos duraderos sobre la credibilidad internacional, la estabilidad regional y la percepción de quién realmente controla la iniciativa en la guerra.
Parte II: Energía, seguridad y la disputa silenciosa por la arquitectura financiera global
Introducción
El conflicto en curso entre Estados Unidos, Israel e Irán trasciende el campo de batalla, transformándose en un enfrentamiento estratégico por la energía, las monedas y la dominancia financiera global. Los recientes ataques en el Golfo y las interrupciones en el Estrecho de Ormuz —un paso crítico para cerca del 20% del petróleo mundial— han generado volatilidad en los mercados y evidenciado la intersección entre seguridad energética y estabilidad económica.
La posibilidad de que Teherán pueda permitir el tránsito de buques petroleros bajo la condición de que las transacciones se realicen en yuanes, en lugar de dólares estadounidenses, refleja un desafío potencial al sistema del petrodólar, mostrando la dimensión financiera de lo que podría llamarse una “guerra paralela” (CNN,2026). Más allá de las maniobras militares, el control de la infraestructura energética, los flujos monetarios y las rutas estratégicas se convierte en un instrumento de influencia geopolítica.
Los shocks energéticos prolongados amenazan no solo los mercados internacionales, sino también las economías y la estabilidad política interna de los países dependientes de la energía, particularmente Estados Unidos. Al mismo tiempo, las economías emergentes y agrupaciones como los BRICS impulsan la diversificación frente al dólar, anticipando un cambio gradual en el orden financiero global.
Como hemos dicho anteriormente, esta guerra invisible demuestra que los conflictos modernos se libran simultáneamente en ámbitos militar, económico y financiero. Su desenlace podría redefinir la influencia global y la arquitectura del comercio y las finanzas internacionales durante las próximas décadas.
El sistema energético global, el papel del dólar en el comercio internacional de petróleo y el control de rutas estratégicas como el Estrecho de Ormuz se convierten en elementos centrales de una confrontación que trasciende lo militar. El petróleo, las monedas y los metales preciosos no son simplemente variables económicas: también constituyen instrumentos de poder dentro de una competencia estratégica más amplia.
El sistema del petrodólar: energía, moneda y seguridad
Desde la década de 1970, el predominio internacional del dólar ha estado estrechamente vinculado al comercio global de petróleo (Hamilton, 2009). Tras el abandono del patrón oro en 1971, Estados Unidos consolidó acuerdos estratégicos con los principales productores del Golfo, particularmente con Arabia Saudita.
Este arreglo, comúnmente conocido como sistema del petrodólar, se sustentaba en tres pilares interrelacionados:
• El petróleo comenzó a comercializarse predominantemente en dólares.
• Los excedentes financieros de los países exportadores se reinvirtieron en activos denominados en esa moneda, especialmente en bonos del Tesoro estadounidense.
• Estados Unidos ofrecía garantías de seguridad y protección militar para la estabilidad de los regímenes productores del Golfo y para la continuidad de las rutas energéticas de la región.
Este circuito financiero fortaleció estructuralmente la demanda global de dólares. Los países importadores de energía necesitaban mantener reservas significativas de esta moneda para adquirir petróleo, mientras que los ingresos petroleros regresaban al sistema financiero estadounidense mediante inversiones en sus mercados de capital.
Durante décadas, este equilibrio contribuyó a consolidar la centralidad del dólar dentro del sistema financiero internacional. Además, la credibilidad del sistema dependía no solo de factores económicos, sino también de la capacidad de Estados Unidos para garantizar la seguridad estratégica de la región.
La estrategia iraní en la guerra actual: cuestionar el pilar de seguridad
Las acciones militares iraníes en el Golfo Pérsico pueden interpretarse también como parte de una estrategia orientada a cuestionar la credibilidad de las garantías de seguridad ofrecidas por Estados Unidos a los países productores de petróleo.
Durante el conflicto, Irán ha llevado a cabo ataques directos contra instalaciones militares estadounidenses en el Golfo, incluyendo la base aérea de Al Udeid en Qatar —la mayor instalación militar estadounidense en Medio Oriente— y el cuartel general de la Quinta Flota de la Marina en Bahréin.
Más allá de su dimensión militar, estos ataques envían un mensaje político a los Estados del Golfo: incluso bajo el paraguas militar estadounidense, sus territorios pueden convertirse en escenarios directos del conflicto.
La estrategia iraní no busca derrotar militarmente a Estados Unidos, sino introducir incertidumbre en el sistema de seguridad que ha sustentado durante décadas el comercio energético global. Si los principales productores de petróleo perciben que la protección militar estadounidense no garantiza estabilidad, podrían diversificar alianzas estratégicas y mecanismos de comercio energético.
El petróleo como instrumento geopolítico
El Estrecho de Ormuz constituye uno de los puntos más sensibles del sistema energético global (U.S. Energy Information Administration, 2023). Aproximadamente el 20% del petróleo consumido en el mundo, cerca de 20 millones de barriles diarios, transita por este corredor que conecta el Golfo Pérsico con los mercados internacionales.
Esta concentración convierte al Estrecho en un punto crítico de vulnerabilidad del entramado energético internacional. Incluso la percepción de riesgo suele generar volatilidad inmediata en los mercados.
Un aumento significativo en los precios del petróleo —por ejemplo, por encima de 100 dólares por barril— se traslada rápidamente a la economía global, elevando los costos de transporte, producción y consumo, generando presiones inflacionarias que obligan a los bancos centrales a endurecer sus políticas monetarias.
Infraestructura energética, efectos en los mercados y la guerra paralela
La seguridad del suministro energético no se limita al tránsito de buques por rutas estratégicas; también depende de la protección de infraestructuras críticas, incluyendo oleoductos, refinerías y terminales de almacenamiento. Ataques selectivos o sabotajes en estas instalaciones pueden interrumpir temporalmente la producción y el flujo de petróleo, generando un efecto dominó en los mercados internacionales (IEA, 2026).
Estas interrupciones reflejan una forma de guerra paralela, en la que la presión estratégica se ejerce sobre el sistema económico global sin necesidad de un enfrentamiento militar directo. Los incrementos abruptos en los precios del crudo y la volatilidad financiera derivada afectan no solo a los importadores de energía, sino también a los mercados de capital que dependen del flujo estable de ingresos petroleros.
La exploración de alternativas al dólar estadounidense en el comercio energético —incluyendo yuanes, rublos y criptomonedas respaldadas por commodities— reflejan la búsqueda de mecanismos financieros que operen fuera de la arquitectura económica dominada por Washington (Bloomberg, 2026). Esta diversificación refleja desconfianza frente a la moneda estadounidense y amplifica la presión sobre los sistemas financieros globales, acelerando la acumulación de reservas en activos como el oro.
En este escenario, la protección de la infraestructura energética se convierte en un factor crítico de seguridad nacional y estabilidad financiera internacional. Cada interrupción, aunque sea temporal, puede desencadenar impactos inmediatos en liquidez, precios y percepción de riesgo, reforzando la importancia de esta dimensión paralela dentro del conflicto. La guerra paralela demuestra que el control del petróleo y la estabilidad de los flujos financieros son instrumentos estratégicos que complementan la acción militar directa.
Energía, deuda y estabilidad del dólar
Las implicaciones financieras de un shock energético adquieren mayor relevancia al considerar las condiciones fiscales actuales de Estados Unidos. La deuda pública estadounidense supera los 37 billones de dólares, mientras que el déficit fiscal se mantiene en niveles elevados (International Monetary Fund, 2023).
Aumentos prolongados en los precios de la energía pueden afectar indirectamente al sistema financiero global. Las presiones inflacionarias obligan a los bancos centrales —incluida la Reserva Federal— a mantener tasas de interés más elevadas durante más tiempo. Esto incrementa el costo del financiamiento de la deuda pública y el peso de los pagos de intereses dentro del presupuesto federal.
Dado que el dólar representa la mayor proporción de las reservas internacionales mantenidas por los bancos centrales, cualquier cambio en la percepción de estabilidad de la economía estadounidense tiene implicaciones globales.
El regreso del oro al centro del sistema financiero
Diversos bancos centrales han incrementado sus reservas de oro como parte de estrategias de diversificación frente a un entorno internacional más volátil (World Gold Council, 2023). El oro, a diferencia de las monedas nacionales, no depende de la política económica de un solo Estado y ha funcionado históricamente como reserva estratégica en períodos de incertidumbre.
El aumento de estas reservas sugiere que varios gobiernos se preparan para un entorno internacional más complejo y menos dependiente de un único sistema monetario dominante.
El impacto doméstico: energía, inflación y política
Los shocks energéticos afectan también la política interna. El aumento en el precio del petróleo se refleja rápidamente en gasolina, transporte y alimentos, impactando el poder adquisitivo de los ciudadanos.
Estas presiones inflacionarias pueden influir en la percepción pública de la gestión económica y en el comportamiento electoral (Ferguson, 2008), mostrando cómo las tensiones energéticas internacionales repercuten en la estabilidad política doméstica.
Crisis energética, cálculo político y riesgo de efecto boomerang
En Estados Unidos, las crisis energéticas pueden beneficiar temporalmente a grandes productores energéticos y estimular la producción nacional de hidrocarburos. Sin embargo, prolongadas tensiones energéticas generan efectos profundos sobre la economía doméstica, afectando el poder adquisitivo de los ciudadanos y provocando reacciones políticas inmediatas.
La percepción pública de una mala gestión de la política exterior puede erosionar la confianza en el liderazgo político y afectar la estabilidad del gobierno, mientras que la crisis prolongada también puede debilitar la credibilidad del liderazgo estadounidense a nivel internacional.
Economías emergentes y la diversificación del sistema financiero
El creciente peso económico de las economías emergentes (BRICS, 2023) impulsa la diversificación frente al dólar, buscando reducir la dependencia del sistema financiero occidental. La incorporación de nuevos miembros y socios refleja el interés por mecanismos financieros alternativos que operen parcialmente fuera de la arquitectura dominada por Occidente.
Aunque estas iniciativas aún no reemplazan el sistema existente, indican la aparición de espacios geoeconómicos alternativos que podrían modificar gradualmente las dinámicas del orden económico global.
Conclusión
Durante más de cuatro décadas, el sistema del petrodólar constituyó un pilar fundamental del orden económico internacional liderado por Estados Unidos. La centralidad del dólar en el comercio energético, combinada con la profundidad de los mercados financieros estadounidenses y la proyección global de su poder militar, consolidó una arquitectura económica que reforzó la influencia estratégica de Washington.
El conflicto actual demuestra que las disputas de poder del siglo XXI no se libran únicamente en el campo de batalla. El petróleo, las monedas y los flujos financieros se han convertido en instrumentos geopolíticos capaces de influir en la estabilidad económica mundial.
Irán parece haber adoptado una estrategia indirecta para explotar vulnerabilidades estructurales del sistema energético y financiero internacional, introduciendo incertidumbre sobre la estabilidad de las rutas energéticas y cuestionando la credibilidad del sistema de seguridad que sustenta el comercio petrolero en el Golfo.
Las crisis energéticas prolongadas también pueden generar tensiones internas en Estados Unidos, presiones inflacionarias, malestar social y cuestionamientos al liderazgo político, poniendo a prueba la estabilidad del sistema financiero internacional y la credibilidad global de su liderazgo.
Los grandes cambios en el sistema internacional rara vez ocurren de forma abrupta; suelen comenzar como procesos graduales que transforman las reglas fundamentales del poder. En esta guerra invisible, el desenlace podría redefinir el equilibrio de poder durante las próximas décadas.
Virginia Contreras, abogada, especialista en seguridad y defensa Para Caiga Quien Caiga
(Traducción del articulo original en inglés publicado en el siguiente link: https://www.upo.es/revistas/index.php/respublica/article/view/13141/11141 de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla, España)
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