“Cuando alguien te haga una injusticia, recuerda que la paz de espíritu y la serenidad dependen únicamente de ti”, Marco Aurelio
Esta vez, el silencio me tomó de la mano y me acompañó hacia todos los espacios que me desplazaba. Llegó sin permiso ni aviso. No me di cuenta hasta que, comencé a mirar a mi alrededor y no pronunciaba ni una sola palabra. Estaba tan callada, tan silenciosa.
Sólo fijé mis pensamientos en mi mente, los llevé hacia lo más profundo de mi interior que, por instantes, rozaron mi corazón. Y, allí quedaron, sin perturbarme, sin molestarme, solamente acompañándome y haciendo eco dentro de mí.
Que ganas de no hablar, que ganas a la vez de gritar, de abrir mis brazos, soltar mi cabello y salir corriendo. Que ganas de sentirme libre, de no sonreír más sin tener que fingir, que ganas de solo quedarme sentada en el sofá de mi casa con una taza de café contemplando el paisaje a través de la ventana y, respirar PAZ.
En ocasiones, quiero tirar la toalla y en otras, seguir siendo fuerte. No decaer, ser valiente y resiliente. No bajar mi cabeza, levantarla sin rabia, sin miedo a nada, sin tener que dar explicaciones con la mirada.
Aunque, algunas veces me pierdo, vuelvo a dar pasos firmes. La caída por momentos es fuerte, pero siempre salgo a flote. La cadena o el eslabón del mal te puede alcanzar, si eso te pasa, debes ser fuerte y afrontar la realidad.
Nunca pensé que las injusticias y a la vez, la sed de justicia, me dieran una sacudida tan fuerte. ¿Qué haces cuando sabes que se han levantado calumnias y falsos testimonios en torno a ti? ¿Cómo haces para derrumbar las murallas que has construido a tu alrededor?
Te preguntas, acaso vale la pena seguir siendo como soy, acaso será bueno seguir compartiendo mi sonrisa, mi ayuda, mi solidaridad… No siempre lo hacemos con las personas correctas y eso es parte de la vida, del aprendizaje.
Es como cuando cae el ocaso del domingo y llega esa sensación que no deseas que sea lunes. De esa manera, se siente el no querer emerger del bienestar que encuentras en tu hogar, con los seres que amas. En tu espacio, que nadie puede invadir ni dañar.
¿Cómo vuelves a confiar? Pero, confiar en quién, en quiénes. Sólo tienes que confiar en ti misma. Confiar en la persona que eres, de lo que eres capaz, porque sólo tú y los seres que te aman te conocen de verdad.
Cómo haces para ser la misma persona cuando la maldad te ha alcanzado, te ha tocado, te ha herido, te ha dañado y te ha dejado vulnerable.
Entender que la vida está llena de matices, que la luz que irradian las personas puede molestar a otros. Que la alegría, la sonrisa, las respuestas rápidas y efectivas, que la propia vida saca suspicacias en algunos y en otros, envidia.
Entender que la interpretación de las acciones y expresiones son subjetivas, que quizás la intención de las acciones no coincide con las interpretaciones de otros, porque esto depende también, del estado de ánimo, de los sentimientos, de las emociones, de los valores, principios y experiencias de vida.
El Ego malo siempre está jugando a ser el mejor, a sobresalir, a ser el centro de atención, el foco que todos miran, sin importar el daño que causan, sin importar a quien se llevan por delante.
El daño proviene de la oscuridad que puedas tener en tu corazón. Quizás no son los demás, eres tú el que está mal por dentro y, por ende, haces mal a los que te rodean. Debes buscar hacer luz tu interior, sacar la oscuridad de tu corazón, pero no en contra del mundo y los inocentes.
Busca sanar. Tal vez, algo terrible te acecha y es tu responsabilidad buscar la solución. No recargues tu ira, tu falta de amor, tu inconformidad o tu complejo de inferioridad sobre los demás.
Y, tú, si eres víctima de una injusticia, aprende a esperar en el tiempo. Mantén la calma y la serenidad, aunque los días pasan lentos. Es difícil, pero no imposible. Usa tu convicción propia para defenderte.
Al final, la verdad se hace luz. El tiempo sana tu corazón y mente, te reconstruye y hace fuerte. Aprendes del silencio, del dolor y de la miseria de otros. Recuerda que el karma existe y todo el mal que se hace a los demás en esta vida… en esta misma vida se paga.
Las secuelas del daño, te pueden desgastar y agotar. Tal vez, ya no confíes en nadie. Los golpes enseñan y, aprendes en carne propia que la maldad existe y que no todos los seres humanos son buenos ni viven en armonía.
El silencio es un buen aliado en el tiempo.
Aylen Bucobo
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