Aunque no ocurre en la mayoría de los casos, el número de personas que sufren un ataque al corazón o un accidente cerebrovascular se duplica durante el primer mes posterior a la pérdida de un ser querido. En comparación con quienes no están atravesando un proceso de duelo
¿Quién no ha escuchado alguna vez la expresión «murió de pena» o «murió de amor»? Lo que por mucho tiempo se consideró una simple figura literaria hoy se traduce en una realidad.

La reciente muerte de Marjane Satrapi a sus 56 años, recordada por la novela gráfica Persépolis, ha conmocionado al mundo cultural. Más allá de su legado artístico, lo que ha impactado al público son las declaraciones de sus allegados, quienes atribuyeron su deceso a la profunda tristeza que padecía tras el fallecimiento de su esposo, Mattías Ripa, ocurrido en abril del 2025. Según cercanos a Satrapi, nunca pudo superar la pérdida del amor de su vida.
Esta situación se asemeja drásticamente al caso de Carmen Nava, una madre que buscó inalcanzablemente a su hijo, Víctor Quero Navas, tras ser arrestado.

En una búsqueda larga e inagotable, Carmen recibió la peor de las noticias: su hijo había fallecido tiempo atrás y ya había sido sepultado. Su cuerpo no pudo resistir el dolor de la muerte de su hijo y Carmen falleció apenas nueve días después de recibir la notificación.
Ante estos casos cabe preguntarse: ¿Realmente tiene la tristeza el poder de apagar una vida?
Una investigación clave publicada por la prestigiosa revista médica JAMA Internal Medicine reveló que, aunque no ocurre en la mayoría de los casos, el número de personas que sufren un ataque al corazón o un accidente cerebrovascular se duplica durante el primer mes posterior a la pérdida de un ser querido. En comparación con quienes no están atravesando un proceso de duelo.
Juan Carlos Pascual, psiquiatra y miembro del comité ejecutivo de la sociedad especializada, señaló en una nota para el periódico El País que los estados emocionales desencadenan una respuesta neuroendocrina masiva.
El especialista detalló: «Hay una afectación a nivel del eje hipotalámico-hipofisario-adrenal, el sistema que regula la respuesta del cuerpo al estrés». Al alterarse este mecanismo, aumenta exponencialmente el cortisol (la hormona del estrés), lo que provoca que el sistema inmune esté más deprimido y vulnerable, dejando a la persona desarmada ante cualquier enfermedad
Sentir pena o desolación tras la pérdida de un ser querido es una reacción completamente humana y es clave para asimilar la nueva realidad; el verdadero peligro aparece cuando estos sentimientos se vuelven permanentes y la persona se queda estancada en ellos. Una investigación realizada en Dinamarca descubrió que aquellos que viven un luto más extremo y duradero van con mayor frecuencia al doctor y recurren más a los medicamentos, lo que eleva sus probabilidades de morir hasta en un 88%.
Por su parte, un análisis de la revista médica The Lancet halló que el peligro de que una persona fallezca es especialmente elevado durante el primer medio año desde la partida del ser querido. Aunque tiende a disminuir con los meses, existen situaciones extremas —como la de los padres que afrontan la partida de un hijo— donde el riesgo puede mantenerse elevado durante muchísimos años.
El dolor por una ausencia tan cercana logra descompensar por completo el organismo, alterando el estado de ánimo y la convivencia con los demás. Pese a esto, no necesariamente este proceso tiene que abordarse con medicamentos; el duelo es, simplemente, un camino que se debe afrontar. En este difícil trayecto, es importante mantenerse cerca de los seres queridos y no dudar en solicitar ayuda adicional si el peso de la pérdida se vuelve abrumador.
Saray Corena/Pasante
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