Durante más de un siglo, Venezuela creyó que su destino estaba escrito bajo la tierra. El 31 de julio de 1914, cuando en el pozo Zumaque I brotó petróleo en la cuenca del Lago de Maracaibo, no solo comenzó la era petrolera: nació una forma de entender la riqueza, el poder y el futuro nacional. Desde entonces, el país aprendió a mirar hacia el subsuelo en busca de respuestas, operando bajo la lógica de que cada barril extraído era una promesa de progreso. Sin embargo, esa misma riqueza que nos proyectó al mundo también sembró una dependencia profunda que terminaría definiendo todas nuestras crisis.
Durante décadas, el petróleo fue celebrado como la bendición que modernizó al país y lo convirtió en referencia regional; pero para otros, como Juan Pablo Pérez Alfonzo, siempre fue “el excremento del diablo”: una riqueza capaz de seducirnos con la ilusión de prosperidad ilimitada mientras alimentaba el rentismo, el estatismo asfixiante y una peligrosa cultura de dependencia.
Esa dependencia extrema, agudizada por una corrupción desatada en la era Chávez-Maduro, allanó el camino hacia un periodo que congeló a Venezuela en el tiempo mientras el resto del mundo avanzaba hacia la vanguardia digital. Hoy, en medio de una nueva etapa histórica, surge una pregunta inevitable: ¿y si la verdadera riqueza de Venezuela nunca estuvo solo bajo la tierra, sino en el talento de su gente?
Sin embargo, hay que enfrentar una verdad ineludible en esta etapa que inicia: ningún plan serio de reconstrucción puede ejecutarse mientras el control político y económico permanezca en manos de quienes participaron en la estructura que llevó al país a la ruina. Pretender que un modelo basado en innovación, transparencia y libertad pueda florecer bajo el tutelaje de actores vinculados a prácticas autoritarias y redes de corrupción no es solo ingenuidad; es un oxímoron político.
También es importante entender que no se puede ofrecer una hoja de ruta que sea apenas un retoque cosmético. Es necesario diseñar un plan país que, tras elecciones limpias, marque una ruptura definitiva con la lógica que empobreció a la nación.
El giro necesario: del petróleo al talento
El petróleo es finito y volátil; el talento venezolano, en cambio, es renovable y expansivo. Corea del Sur lo entendió antes que muchos: sin grandes reservas minerales, convirtió su cultura y su tecnología en motores económicos globales. España y México transformaron el turismo en una fuente constante de divisas. Venezuela, con su biodiversidad incomparable y su ubicación estratégica, posee condiciones para aspirar a algo aún más ambicioso: una economía basada en innovación, creatividad y apertura al mundo.
Cualquier nuevo marco de cooperación internacional debe trascender el ámbito energético y sustentarse en brindar seguridad jurídica, ya que ninguna gran empresa tecnológica apostará por un país donde las reglas cambian según intereses políticos o donde la corrupción continúa marcando el ritmo de la economía. La reconstrucción exige algo más que inversión: exige confianza, y la confianza solo nace de una democracia sin los actores vinculados a la estructura criminal que saqueó las arcas de la nación y secuestró el futuro de todos.
Venezuela tiene hoy la oportunidad de reconstruirse desde cero con herramientas propias del siglo XXI. Sustituir el modelo del “oro negro” por el cultivo del “oro intelectual” significa romper con la lógica de la dependencia y apostar por una prosperidad que no fluctúe al ritmo del mercado energético, sino que crezca al compás de la creatividad ciudadana.
Una nueva etapa democrática
En el momento en que un gobierno democrático legítimo asuma plenamente el control institucional del país, el Estado debe convertirse en facilitador de oportunidades.
Durante los primeros tres a seis meses, Venezuela debería concentrarse en convertirse en una nación de aprendizaje acelerado. Una emergencia educativa y tecnológica permitiría eliminar aranceles a equipos esenciales (laptops, servidores, impresoras 3D) y garantizar conectividad plena en los centros educativos mediante alianzas estratégicas. Convenios con empresas como Google, Microsoft, Meta o Amazon Web Services podrían transformar ciudades enteras en polos de capacitación rápida y enviar al mundo una señal inequívoca de renovación.
Además, la llegada de importantes startups y grandes marcas internacionales no tendría únicamente un impacto económico; debería convertirse también en una plataforma formativa. Espacios vinculados a Apple, Tesla o Amazon podrían funcionar como laboratorios de aprendizaje en experiencia digital del cliente y logística avanzada, ofreciendo oportunidades laborales reales para cientos de miles de jóvenes.
Si existe una revolución posible para Venezuela, es la del conocimiento. Programas intensivos y carreras cortas permitirían capacitar a ciudadanos de todas las edades en habilidades disruptivas como inteligencia artificial, ingeniería de prompts, programación, ciberseguridad y monetización de contenido digital. Pero esta transformación educativa solo puede prosperar en un entorno donde la meritocracia sustituya al clientelismo y donde la innovación y la iniciativa privada dejen de ser rehenes de intereses políticos.
En paralelo, debería activarse el mercado global mediante ferias de empleo tecnológico que conecten a los recién formados con startups internacionales interesadas en talento remoto. Una Zona Franca del Arte abriría el camino para exportar creatividad venezolana como activo digital protegido legalmente, mientras la instalación de granjas de impresión 3D operadas por técnicos capacitados permitiría reactivar la producción nacional con una lógica moderna y descentralizada.
La premisa es clara: un venezolano capacitado en tecnología puede generar más valor que mil barriles de petróleo. Salarios competitivos inyectarían liquidez inmediata a la economía local y contribuirían a transformar la imagen internacional del país, pasando de la narrativa de crisis a la de una auténtica nación startup en América Latina.
En este proceso, la diáspora venezolana desempeña un papel decisivo. Los millones de profesionales formados en el exterior pueden convertirse en mentores, inversionistas y conectores que traigan contratos, conocimiento y oportunidades hacia una nueva Venezuela. Sin embargo, ese regreso solo será posible cuando exista la certeza de que el país dejó atrás el ciclo de corrupción y arbitrariedad que los expulsó.
Conclusión
Venezuela no necesita otro espejismo petrolero; necesita reconstruir su identidad sobre el talento de su gente. El tránsito del excremento del diablo hacia el oro intelectual es el cambio de mentalidad más importante de nuestra historia. Significa aceptar que la riqueza más poderosa de Venezuela no se perfora, se cultiva.
Nuestro mayor yacimiento no está bajo el suelo, sino en la inteligencia y las habilidades profesionales de cada ciudadano. Por eso, solo cabe augurar un gran renacimiento, en el que el petróleo, como utopía fallida, sea parte del pasado y el ingenio se consolide como el mayor activo de nuestro presente y nuestro futuro.
Dayana Cristina Duzoglou Para Caiga Quien Caiga
X: @dduzogloul


Comment here