Por momentos, Venezuela parece vivir dos realidades paralelas. En una, se celebran hitos geopolíticos en Washington: anuncios, discursos, estrategias de reconstrucción y promesas de inversión. En la otra, mucho más silenciosa, una madre abre su nevera en Caracas y encuentra poco más que vacío. Entre ambas realidades hay un abismo. Y ese abismo define hoy la tragedia venezolana.
Han pasado casi tres meses desde el 3 de enero de 2026, fecha que algunos ya intentan fijar como el inicio de la “liberación” de Venezuela tras la captura de Nicolás Maduro en una operación militar liderada por Estados Unidos. Aquella madrugada, marcada por explosiones en Caracas y sobrevuelos de helicópteros, fue presentada como el punto de quiebre definitivo de una crisis que llevaba más de una década gestándose.
Pero la historia —como tantas veces en América Latina— ha resultado más compleja que la narrativa.
La ilusión del cambio
En Washington, la operación fue vendida como un triunfo estratégico: un golpe decisivo contra el autoritarismo, una oportunidad para estabilizar el mercado petrolero global y, sobre todo, una promesa de reconstrucción democrática. La flexibilización de sanciones petroleras y el acceso potencial a fondos internacionales fueron presentados como herramientas para levantar al país.
Sin embargo, en Caracas, Maracaibo o Valencia, la percepción es radicalmente distinta. La inflación sigue en niveles de tres dígitos, el poder adquisitivo continúa erosionado y la precariedad domina la vida cotidiana. El Fondo Monetario Internacional ha sido claro: la situación económica y humanitaria sigue siendo “frágil”, marcada por pobreza, desigualdad y escasez de servicios básicos.
La pregunta es inevitable: ¿qué cambió realmente?
Los mismos actores, el mismo sistema
Quizás la respuesta más incómoda es también la más evidente: los rostros del poder no son nuevos. La llamada transición ha sido liderada por figuras profundamente asociadas al sistema anterior. La consolidación de liderazgo en manos de actores como Delcy Rodríguez —hoy figura central del poder— refleja una continuidad más que una ruptura.
Esto no es una transición en el sentido clásico. Es una reconfiguración del mismo aparato.
Las estructuras que permitieron el colapso institucional siguen intactas: un sistema judicial debilitado, instituciones capturadas y una cultura política marcada por la opacidad. Décadas de deterioro institucional no se desmantelan con un cambio de liderazgo nominal. Como han señalado diversos análisis, el colapso venezolano no es solo económico, sino profundamente estructural, producto de corrupción, dependencia petrolera y destrucción institucional.
Así, mientras se habla de “nuevo comienzo”, el país sigue operando bajo las mismas lógicas que lo llevaron al abismo.
Hambre en medio de promesas
El contraste más brutal es el de la alimentación. Aunque la hiperinflación extrema de años anteriores ha cedido parcialmente, el acceso a alimentos sigue siendo un lujo para millones. Los precios de la comida continúan en aumento, golpeando especialmente a los sectores más vulnerables.
La economía venezolana sigue siendo una economía de supervivencia. Como describen reportes recientes, gran parte de la población “vive al día”, atrapada entre salarios insuficientes y precios volátiles.
Esta es la realidad que rara vez aparece en los titulares internacionales: no la del gran giro político, sino la del hambre persistente.
Más de nueve millones de venezolanos han abandonado el país en los últimos años, en uno de los mayores éxodos de la historia reciente. Y quienes se quedaron no necesariamente viven mejor hoy.
Pan y circo en la era global
Mientras tanto, el espectáculo continúa.
En el exterior, figuras de la oposición organizan actos, giras y mítines que buscan capitalizar el momento político. Pero para muchos venezolanos dentro del país, estas acciones refuerzan una percepción incómoda: la desconexión entre liderazgo político y realidad social.
La política venezolana, tanto dentro como fuera del país, parece haberse convertido en una puesta en escena donde los símbolos importan más que los resultados. Washington anuncia avances. Los líderes opositores proyectan legitimidad internacional. Pero en los barrios, el cambio sigue sin sentirse.
Es, en esencia, una versión contemporánea del viejo concepto romano: pan y circo. Solo que en este caso, ni siquiera hay pan suficiente.
La paradoja de Trump
Donald Trump emerge como una figura central en esta nueva etapa. Su intervención alteró el tablero político venezolano de manera irreversible. Pero también plantea una paradoja.
Por un lado, su administración facilitó la salida de Maduro y abrió la puerta a inversiones y alivio de sanciones. Por otro, sus decisiones han sido criticadas por fortalecer, directa o indirectamente, a sectores del mismo aparato que se pretendía desmontar.
Además, el enfoque geopolítico —particularmente vinculado al petróleo— ha generado dudas sobre las verdaderas prioridades de Washington. ¿Se trata de democratizar Venezuela o de estabilizar mercados energéticos?
La historia sugiere que ambas cosas no siempre coinciden.
Una transición sin pueblo
Quizás el problema más profundo de la actual “transición” es que parece ocurrir sin el protagonismo del ciudadano común.
No hay un proceso claro hacia elecciones libres. No hay garantías institucionales sólidas. Y, como advierten voces de la oposición, tampoco hay claridad sobre el rumbo político del país.
Sin legitimidad interna, cualquier transición corre el riesgo de convertirse en una simple reconfiguración del poder.
El futuro en suspenso
Venezuela se encuentra hoy en un limbo histórico. Ha dejado atrás una etapa, pero no ha logrado construir la siguiente.
Sí, hay cambios: menor violencia, cierta apertura económica, nuevas dinámicas políticas. Pero estos avances conviven con una realidad persistente de pobreza, desigualdad y fragilidad institucional.
La caída de un líder no equivale a la caída de un sistema.
Conclusión: la deuda pendiente
El 3 de enero fue, sin duda, un momento histórico. Pero la historia no se mide en fechas, sino en resultados.
Hoy, Venezuela sigue siendo un país donde el hambre convive con discursos de progreso, donde las decisiones se celebran en Washington pero se sufren en Caracas, y donde la esperanza sigue siendo un recurso escaso.
Si algo ha demostrado esta nueva etapa es que cambiar el poder no es lo mismo que cambiar el país.
Y hasta que esa diferencia no se entienda —y se actúe en consecuencia— Venezuela seguirá atrapada en el mismo ciclo: promesas arriba, hambre abajo.
Dayana Cristina Duzoglou Ledo
X: @dduzogloul


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