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Patrones de tortura: el expediente de la ONU sobre el Sebin y la Dgcim

La Misión Internacional Independiente de Determinación de los Hechos sobre Venezuela presentará este jueves 12 de marzo de 2026 una actualización oral ante el Consejo de Derechos Humanos de la ONU en Ginebra. Será durante su 61° periodo de sesiones.

Carlos aún siente el rastro gélido del metal en sus muñecas cuando intenta conciliar el sueño en su casa de Petare. No es solo el recuerdo; es la memoria eléctrica de un cuerpo que conoció «el pulpo» —ese cinturón metálico diseñado para inmovilizar extremidades— en las sombras de la Dirección General de Contrainteligencia Militar (Dgcim). Además, en la Venezuela de esta «tensa calma» de 2026, las cicatrices no son solo marcas en la piel. Son el testimonio vivo de una política de Estado que convirtió el dolor en un engranaje burocrático.

Este jueves 12 de marzo de 2026, la Misión Internacional Independiente de Determinación de los Hechos sobre Venezuela presentará una actualización oral ante el Consejo de Derechos Humanos de la ONU en Ginebra. Será durante su 61° periodo de sesiones. Queda claro que la transición política de enero con dificultad logrará disipar el hedor de las celdas de Boleíta o El Helicoide. En estos lugares, la tortura no fue un exceso sino un método.

El nudo gordiano de la cadena de mando

Para los investigadores, el cambio de mando no es borrón y cuenta nueva. La Misión ha sido categórica al establecer que el Sebin y la Dgcim forman parte de una maquinaria diseñada para ejecutar un plan gubernamental de represión. Por lo tanto, no se trata de agentes insubordinados. Es una estructura donde las directrices bajaban con precisión desde la cúspide del Ejecutivo.

En los pasillos del Sebin, la represión tuvo nombres propios: líderes políticos, periodistas y voces de la sociedad civil. Allí, la «crucifixión» —brazos extendidos y esposados a rejillas— y las descargas eléctricas en los genitales eran parte del catálogo del horror institucionalizado.

El silencio de los taladros y la cifra del espanto

El ensañamiento en la sede de Boleíta y en centros clandestinos tuvo un foco particular: los militares. La Misión documentó 122 casos de víctimas que sufrieron tortura y violencia sexual. Detalló mutilaciones y el uso de drogas para inducir confesiones, bajo condiciones de oscuridad constante y privación de alimentos.

Frente a las voces que en esta transición sugieren «pasar la página», Marta Valiñas, presidenta de la Misión, ha mantenido una postura innegociable: «los crímenes de lesa humanidad no prescriben ni pueden ser amnistiados». Además, olvidar, sugieren los expertos, sería pavimentar el camino para que los taladros del horror vuelvan a encenderse en cualquier momento.

La carcasa contra el desencanto

La sesión en Ginebra ocurre en un tablero político complejo, donde el pragmatismo energético y el papel de Washington marcan el ritmo de la transición. Sin embargo, los informes de la Misión funcionan como una carcasa ética. Recuerdan que la paz social no puede edificarse sobre el silencio de las víctimas.

Venezuela camina hoy sobre un cristal delgado. Mientras los nuevos actores del poder intentan proyectar normalidad, los 122 casos de la Dgcim y las sombras de La Tumba permanecen como recordatorios de que una democracia genuina solo se construye sobre el cimiento de la justicia. Sin rendición de cuentas, la libertad no es más que un permiso temporal.

elnacional

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