Venezuela no está simplemente atravesando una crisis económica; vive un desfase evolutivo. Mientras el mundo discute los avances y aplicaciones de la inteligencia artificial generativa o los efectos de la economía cuántica, nuestra nación intenta aterrizar en el Siglo XXI sin paracaídas y con los motores apagados tras 27 años de obsolescencia programada. El diagnóstico es crudo: según la encuesta ENCOVI, el sistema educativo ha sufrido una descapitalización sin precedentes, donde la escolaridad ya no garantiza aprendizaje y el título universitario ha perdido completamente su valor. Con una desescolarización del 34% y una inasistencia escolar del 40% por causas graves como falta de comida o servicios públicos, el país pasó de ser la promesa energética del continente a una nación que debe reconstruirse desde sus cimientos y reaprender a producir valor desde el conocimiento, en un entorno donde hoy, la infraestructura básica es un lujo.
Este aterrizaje forzoso nos sitúa ante un hito gravitacional. No se trata solo de cambiar un modelo político o de inyectar divisas al Banco Central; se trata de un imperativo de actualización intelectual, ya que el mundo avanzó sin esperarnos. La tesis es clara: la única salida estratégica que garantiza que Venezuela no sea un «Estado fallido eterno» es la implementación inmediata de un Plan Marshall pero de habilidades. Necesitamos una reconstrucción no de asfalto, sino de mentalidad, de capacidades y de visión; un esfuerzo masivo de reskilling (formación en destrezas que abren nuevas oportunidades) para que así los venezolanos podamos reinsertarnos y competir en el mercado global.
El espejo histórico: del Plan Marshall europeo al reto venezolano
Cuando en 1947 George Marshall propuso el plan de reconstrucción para una Europa devastada, el mundo entendió que los créditos bancarios eran insuficientes si no venían acompañados de un rediseño de las capacidades productivas. Europa no solo necesitaba acero; necesitaba ingenieros, administradores y una visión técnica moderna que sustituyera el rastro de la guerra. Venezuela hoy es una nación de posguerra sin haber vivido un conflicto bélico sino un socialismo que destruyó totalmente la institucionalidad y que desmanteló por completo la industria petrolera dejando ruinas productivas similares a la de la Alemania de 1945. La analogía es precisa: el Plan Marshall original destinó cerca del 5% del PIB de los países receptores a la modernización tecnológica; Venezuela requiere hoy un compromiso similar para reconstruir su capital humano, el patrimonio vivo que solo prospera con inversión en ciudadanos.
Como es evidente, nuestro reto es más complejo, ya que en Venezuela impera la economía de supervivencia o “buhoneril”. Debemos capacitar el 50 por ciento de los empleos para el año 2030 lo que nos plantea la dificultad de tener que reconstruir el país con herramientas tecnológicas que ni siquiera son conocidas o han sido implementadas. El Plan Marshall de habilidades debe convertirse en la palanca que saque a Venezuela del anacronismo y la reincorpore a la mesa de las naciones prósperas. La buena noticia es que existe una ventaja estratégica: el 79,1% de la población cuenta con un teléfono inteligente activo. Esa penetración tecnológica abre la posibilidad de implementar, a través de aplicaciones diseñadas por el Estado, un programa de capacitación masiva en múltiples áreas. Claro está, este esfuerzo solo será viable si el nuevo gobierno asume con seriedad el compromiso de liderar la transición y de convertir la conectividad en un puente hacia el conocimiento y la productividad.
Radiografía del déficit de habilidades: La anatomía de un vacío
No estamos ante una simple crisis de desempleo en donde el fenómeno de la fuga de cerebros mutó en una hemorragia de competencias. Se estima que más de 9 millones de personas emigraron, y entre ellas, un gran porcentaje posee formación técnica o universitaria de alto nivel. Esto ha generado lo que los economistas denominan un desierto de habilidades, donde las industrias remanentes no logran cubrir vacantes básicas por la obsolescencia técnica de los perfiles disponibles.
A este drenaje se suma una brecha tecnológica interna catastrófica. Mientras que en países como Chile o Uruguay la inversión en tecnología educativa ha permitido que la mayoría de los estudiantes de secundaria tengan contacto regular con programación básica, en Venezuela la desconexión es tanto física como cognitiva. La infraestructura escolar colapsada y la deserción docente han creado una generación de «nómadas del aprendizaje» que dominan la economía informal, pero desconocen las métricas de la productividad moderna. La brecha tecnológica no es solo la falta de internet; es la incapacidad de procesar información y de utilizar softwares que hoy mueven el comercio mundial.
El Siglo XXI exige nuevas competencias: más allá de la alfabetización tradicional
Entender la urgencia del Plan Marshall de habilidades requiere comprender que el concepto de «estar capacitado» cambió radicalmente. Ya no basta con manejar una hoja de cálculo básica. La economía del 2026 está cimentada en lo que el MIT denomina»Habilidades de la Cuarta Revolución Industrial». Necesitamos una alfabetización digital masiva, donde tengamos expertos en muchas áreas como por ejemplo, en ciberseguridad para proteger nuestras futuras instituciones, analistas de datos para optimizar la reconstrucción agrícola además de especialistas en Inteligencia Artificial para agilizar una burocracia que hoy es un lastre. El reskilling o recapacitación de habilidades no es un lujo académico; es el combustible necesario para que la pequeña y mediana empresa venezolana pueda insertarse en las cadenas globales de valor.
Pilares para la reconstrucción
La implementación de este plan Marshall de habilidades requiere:
| Pilar | Descripción | Objetivo estratégico |
| Educación disruptiva | Alianzas con universidades de prestigio para certificar jóvenes en meses, no en años. | Acelerar la formación técnica y profesional para cerrar brechas de conocimiento. |
| Reconexión con la diáspora | Programa de “mentoría nacional” donde el talento venezolano en el exterior multiplique conocimiento de forma remota. | Aprovechar el capital humano emigrado como motor de transferencia de saberes. |
| Hubs de innovación por región | Espacios impulsados por el sector privado, con incentivos fiscales, para reentrenar la fuerza laboral bajo estándares internacionales. | Elevar la productividad y crear ecosistemas de innovación descentralizados. |
| Ciudadanos activos | Formación en liderazgo ético (también para políticos) y participación democrática para trabajadores. | Blindar la fuerza laboral contra el populismo y la corrupción, fortaleciendo la cultura cívica. |
Conclusión
La reconstrucción de Venezuela no empieza, esta vez, en los campos petroleros, empieza en la mente de cada ciudadano que decida que su talento es desarrrollable y superior a su circunstancia. No hay tiempo para dosificar el cambio cuando el mundo se mueve a la velocidad de la fibra óptica. El Plan Marshall de habilidades es el paracaídas que puede convertir nuestra crisis en una oportunidad de reinvención nacional exitosa.
Hoy, la verdadera fortaleza de Venezuela radica en la capacidad de los ciudadanos quienes deben reeducarse para crear y liderar el futuro que por tantos años nos ha sido arrebatado.
Dayana Cristina Duzoglou L para Caiga Quien Caiga
X: @dduzogloul
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