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Politólogo Jesús Castillo Molleda: Lo que el discurso propone y lo que queda por construir: una lectura de la intervención de la presidente Delcy Rodríguez ante la 81.ª Asamblea General de la ONU

El discurso que la presidenta Delcy Rodríguez pronunció el 23 de septiembre 2026 en Nueva York tiene una virtud que suele pasar inadvertida en la discusión inmediata: es un texto con arquitectura. Fueron unos dieciocho minutos, y en ellos se articulan tres planos que se refuerzan entre sí. El primero es el lenguaje multilateral, con paz y diálogo frente a la guerra, desarrollo inclusivo, derechos de la naturaleza, el trilema energético entre suministro, precio y sostenibilidad, y la inteligencia artificial como desafío de gobernanza. El segundo es un relato interno de recuperación tras la confrontación política y el doble terremoto del 24 de junio. El tercero es un compromiso político, dicho con una claridad deliberada: en Venezuela habrá elecciones. Leído en conjunto, el texto no improvisa una agenda, sino que presenta a Venezuela como un país que quiere volver al concierto de las naciones con voz propia y con propuestas, y no solo como un caso que otros deben resolver.

La tesis que ordena todo lo demás es la de la transformación conducida desde las propias instituciones. Según la presidenta encargada, algunas de las transiciones democráticas más sólidas del mundo contemporáneo no nacieron de la ruptura, sino de un cambio dirigido con firmeza desde dentro. Es una tesis con respaldo en la experiencia comparada, porque las transiciones que preservan la continuidad del Estado suelen evitar el vacío de autoridad que acompaña a las rupturas, y en un país que acaba de sufrir una operación militar extranjera y una catástrofe natural, la estabilidad es un bien político de primer orden. El desafío de esa tesis, y por eso conviene decirlo con exactitud, es que la continuidad institucional solo se convierte en transición cuando la institucionalidad misma cambia de reglas. Ahí el discurso abre una tarea más que una respuesta, y esa tarea es precisamente lo que ofrece materia para una lectura propositiva.

El compromiso electoral es el núcleo de esa tarea. Rodríguez habló de elecciones en igualdad de condiciones para todos y de garantías para todas las fuerzas políticas, y precisó que el diálogo ya se inició con sectores de la oposición. Su formulación, además, contiene un criterio de calidad que merece tomarse en serio: la democracia no se mide por la existencia de comicios, sino por la calidad de la competencia que los precede, y una elección debe ser una solución y no una fuente de conflictos irreconciliables. Ese es un estándar exigente, y quien lo enuncia se lo aplica a sí mismo. Traducirlo en hechos es el paso natural, y admite una secuencia razonable: fijar una ventana temporal pública, actualizar y auditar el Registro Electoral, acordar en la mesa de diálogo las condiciones de participación de partidos y candidaturas, y convocar observación internacional con un mandato claro. Cada uno de esos pasos convertiría una declaración en un compromiso verificable, y ninguno exige renunciar a la tesis de la conducción institucional; por el contrario, la fortalecería, porque demostraría que las instituciones son capaces de producir reglas aceptables para todos.

La propuesta de reforma de la justicia, que la presidenta calificó de impostergable para que el ciudadano no se sienta atropellado por un poder arbitrario, es probablemente la pieza con mayor potencial de credibilidad interna e internacional. Un sistema judicial percibido como imparcial es la condición que sostiene a la vez las elecciones, la inversión y la reconciliación. Es un terreno en el que el gobierno encargado puede exhibir resultados relativamente rápidos y donde cada avance reforzaría su autoridad para pedir paciencia en otros frentes.

En el plano económico y energético, el discurso apuesta por una idea que puede defenderse con solidez: que la recuperación petrolera y la cooperación con Estados Unidos son instrumentos de reconstrucción y no fines en sí mismos. Hay un dato que respalda esa lectura, y es que en agosto el gobierno informó de una producción de 1,23 millones de barriles diarios, el nivel más alto desde febrero de 2019. El acuerdo energético anunciado con Washington puede financiar la reconstrucción de las zonas afectadas por el terremoto y reactivar la industria. Para que ese potencial se traduzca en legitimidad, el camino más sólido es la transparencia: textos accesibles, régimen fiscal claro, destino público de los ingresos y salvaguardas ambientales coherentes con el discurso sobre los derechos de la naturaleza que la propia presidenta planteó. Un pacto explicado con detalle deja menos espacio a las interpretaciones que lo presentan como una cesión, y esas interpretaciones existen, con fuerza, tanto dentro del país como en el debate estadounidense.

El relato de la reconstrucción ofrece, a su vez, la oportunidad más clara de construir consenso. Rodríguez pidió a los jóvenes creer de nuevo y habló de construir el país al que muchos quieran regresar, y no solo aquel del que muchos quisieron huir. Esa frase contiene una política pública en potencia: una reconstrucción con supervisión ciudadana, un retorno de migrantes con garantías jurídicas y laborales, y un horizonte electoral que dé a las nuevas generaciones motivos institucionales para permanecer o volver. Ella misma advirtió que no promete un camino fácil y que la recuperación tomará tiempo, lo cual es una forma honesta de fijar expectativas, y también una invitación a medir el progreso con indicadores concretos y periódicos.

En política exterior, la combinación de agradecimiento al presidente Trump, cooperación con los vecinos y defensa de un orden internacional respetuoso, sin intromisiones ni prejuzgamientos, apunta a una diplomacia de múltiples vías que ya no depende de la confrontación con un solo país. La reclamación sobre el Esequibo mantiene una línea de continuidad nacional que trasciende a los gobiernos, y su llamado a Guyana para volver a las negociaciones conforme al Acuerdo de Ginebra es coherente con una postura jurídica sostenida durante décadas. Para que esa agenda se consolide, el acompañamiento internacional que la presidenta pidió puede organizarse con reglas claras: alivio progresivo de restricciones a cambio de hitos verificables, y un papel de las Naciones Unidas en buenos oficios, asistencia técnica y observación.

Un análisis riguroso debe registrar también lo que el discurso dejó fuera, y esas ausencias señalan con precisión el trabajo pendiente.

La presidenta encargada entendiendo el momento y el escenario no mencionó a Nicolás Maduro, y describió el pasado en términos de intereses ajenos al bien común y de extremismo.

Tampoco ofreció una fecha electoral, un mecanismo de verificación internacional, una reforma concreta del Consejo Nacional Electoral ni un criterio sobre las candidaturas inhabilitadas, y no precisó quiénes son los sectores opositores con los que dialoga ni qué lugar ocupa quien no acepte una transición administrada desde Miraflores. Quedó igualmente sin mencionar el estatuto jurídico de su mandato.

Ninguna de estas ausencias invalida el discurso, cada una es, más bien, un punto donde el gobierno encargado puede demostrar con hechos lo que aún solo enuncia.

Cabe dejar abierta una pregunta legítima. El discurso puede leerse como el comienzo de una apertura que aún debe llenarse de contenido, o como la formulación cuidadosa de un compromiso cuyo calendario todavía se reserva. Ninguna lectura excluye a la otra, y lo que decida cuál prevalece serán los actos de las próximas semanas y meses. Precisamente por eso, la frase que mejor resume la oportunidad es la que la propia presidenta eligió: en Venezuela habrá elecciones.

Convertirla en un cronograma, un árbitro confiable y unas reglas compartidas es lo que daría a ese compromiso el peso que hoy solo tiene como palabra.

Politólogo, @jesuscastillomolleda

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