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«PREFACIO». La Carta de Jamaica (1815): escrita por Simón Bolívar durante su exilio, contiene una de las reflexiones más profundas sobre el destino de América

«Yo deseo más que otro alguno ver formar en América la más grande nación del mundo, menos por su extensión y riquezas que por su libertad y gloria.»

Más de dos siglos después, cabe preguntarse: ¿qué ocurrió para que aquella visión terminara convirtiéndose en una nación fragmentada, empobrecida y expulsora de millones de sus hijos, es como si el mismo Bolívar en transe de visión estratégica de lo qué podía pasar con Venezuela en el futuro, confundiera ver a Venezuela como la nación más grande de mundo pero anexada a los Estados Unidos, osea la visión fue clara pero Venezuela siendo grande pero como una sola Nación de los Estados Unidos.

  EL ESTADO 51

¿ LA VISIÓN PROFÉTICA DEL LIBERTADOR O LA CONFESIÓN DE NUESTRO FRACASO HISTÓRICO ANEXADO COMO UN ESTADO MAS DE LOS ESTADOS UNIDOS?

Existe una frase popular que afirma que quien no conoce su historia está condenado a repetirla. Aunque repetida hasta el cansancio, encierra una verdad ineludible: las naciones que ignoran las causas de sus fracasos terminan tropezando una y otra vez con las mismas piedras.

Para comprender el laberinto político, social y moral en el que se encuentra Venezuela, es necesario remontarse mucho más atrás de la independencia, e incluso más allá de la llegada de los españoles.

Antes de la conquista existían en el territorio venezolano distintos pueblos con formas diversas de organización social y política.

Los Timoto-Cuicas desarrollaron sociedades agrícolas relativamente complejas y jerarquizadas. Los Caribes se organizaban en cacicazgos guerreros independientes. Los Arawacos poseían estructuras más igualitarias y orientadas al comercio. Los Wayúu construyeron una organización basada en clanes familiares con amplios grados de autonomía.

Cada uno de estos pueblos poseía virtudes y limitaciones, pero todos compartían una característica fundamental: el poder se ejercía principalmente a través de la autoridad personal de líderes locales.

La llegada de España no fusionó estas culturas en un nuevo modelo institucional. Por el contrario, impuso una estructura de poder basada en la autoridad vertical de la Corona, los gobernadores, los encomenderos y posteriormente las élites coloniales.

La independencia destruyó el dominio español, pero no eliminó la cultura política heredada. Cambiaron los nombres de los gobernantes, pero no la forma de ejercer el poder.

El cacique fue sustituido por el caudillo.

El encomendero por el terrateniente.

El capitán general por el hombre fuerte de turno.

Y así comenzó una constante histórica que nos ha acompañado durante más de doscientos años.

La tragedia venezolana no comenzó con Chávez.

Tampoco con Maduro.

Ni siquiera con Gómez.

La tragedia venezolana comenzó cuando el respeto a la ley fue sustituido por la obediencia al hombre fuerte.

Desde entonces, Venezuela ha transitado por una larga sucesión de caudillos, generales, partidos políticos, líderes carismáticos y supuestos salvadores que prometieron resolver todos los problemas nacionales concentrando aún más poder en sus propias manos.

El resultado está a la vista.

Uno de los países más ricos en recursos naturales del planeta terminó convirtiéndose en una nación donde millones de ciudadanos huyeron buscando aquello que su propia tierra fue incapaz de garantizarles: estabilidad, seguridad jurídica, oportunidades económicas y libertad.

Quizás la característica más contradictoria de nuestra cultura política sea que cada venezolano se considera perfectamente capacitado para gobernar el país, pero muy pocos están dispuestos a someterse voluntariamente a las normas que hacen posible una república funcional.

Queremos jueces honestos, pero justificamos la corrupción cuando beneficia a los nuestros.

Queremos instituciones fuertes, pero admiramos al líder que las atropella cuando coincide con nuestras preferencias políticas.

Queremos democracia, pero muchas veces actuamos como súbditos esperando la llegada de un nuevo mesías.

Por ello resulta inevitable formular una pregunta incómoda.

Si Simón Bolívar pudiera observar hoy la realidad venezolana, después de dos siglos de guerras civiles, golpes de Estado, caudillismo, corrupción, colapso institucional y éxodo masivo, ¿seguiría creyendo que el principal problema de Venezuela es la falta de independencia?

¿O concluiría que el verdadero problema ha sido nuestra incapacidad para construir una cultura republicana basada en el respeto a la ley?

La provocadora idea de convertir a Venezuela en el Estado número 51 de los Estados Unidos no debe interpretarse necesariamente como una propuesta política literal.

Debe entenderse como una pregunta incómoda dirigida a nuestra conciencia colectiva.

¿Por qué millones de venezolanos han decidido emigrar precisamente hacia países cuyas instituciones funcionan mejor que las nuestras?

¿Por qué quienes condenan públicamente el modelo estadounidense suelen enviar allí a sus hijos, proteger allí sus fortunas o buscar refugio bajo sus leyes?

¿Por qué tantos venezolanos prefieren vivir bajo normas creadas por otros antes que bajo las creadas por nosotros mismos?

Tal vez la respuesta sea tan dolorosa como evidente.

El problema de Venezuela nunca ha sido la falta de recursos.

Nunca ha sido la falta de talento.

Nunca ha sido la falta de héroes.

El problema ha sido nuestra incapacidad histórica para construir instituciones más fuertes que los hombres que las gobiernan.

Y mientras sigamos buscando salvadores en lugar de ciudadanos responsables, seguiremos repitiendo el mismo ciclo que comenzó hace siglos.

Quizás el verdadero Estado 51 no sea una anexión territorial.

Quizás sea la silenciosa confesión de millones de venezolanos que, al emigrar, han votado con sus pies por un sistema que les ofrece aquello que su propia patria no logró garantizarles.

CULMINACIÓN DEL ANÁLISIS HISTÓRICO.

«Después de estudiar dos siglos de guerras civiles, caudillismos, revoluciones, dictaduras, golpes de Estado y proyectos políticos fallidos, he llegado a una conclusión que muchos considerarán polémica e incluso antipatriótica mi opinión, sin embargo, mi conciencia me obliga a expresarla.

Creo que el problema fundamental de Venezuela no ha sido la escasez de recursos ni la falta de talento de su gente. El verdadero problema ha sido la incapacidad histórica de construir instituciones estables capaces de limitar la ambición de quienes han llegado al poder prometiendo redención, incluyendo a Militares golpistas con complejos de Libertadores.

Desde los caudillos del siglo XIX hasta los proyectos revolucionarios del siglo XXI, la historia parece repetirse una y otra vez: aparece un nuevo salvador, promete rescatar la República y termina fortaleciendo su propio poder y amasando inmensas fortunas.

Por ello considero que el futuro de Venezuela no debe buscarse en un nuevo caudillo, en un nuevo partido ni en otro experimento ideológico. Personalmente creo que la integración política, económica y jurídica con los Estados Unidos representaría la mejor oportunidad histórica para garantizar estabilidad, prosperidad y libertad a las futuras generaciones de venezolanos, contrarrestando a cualquier imbécil Militar que pretenda tomar el poder por la fuerza.

Muchos rechazarán esta idea. Están en su derecho. Pero también están obligados a responder una pregunta incómoda: ¿cuántas veces más debemos repetir los mismos errores esperando resultados distintos?
Si algo me ha enseñado la historia es que los pueblos no prosperan únicamente por sus riquezas naturales, sino por la fortaleza de sus instituciones. Y en mi opinión, ninguna nación ha demostrado mayor capacidad para transformar recursos en poder económico, científico y militar que los Estados Unidos de América.

Algunos verán estas palabras como una herejía política. Yo las veo como una reflexión nacida de la observación de nuestra propia historia. Y si esta convicción habita en mi corazón, es porque creo que el poderoso YAHWH gobierna sobre las naciones y dirige el curso de la historia según sus propósitos.

Por ello no temo expresar lo que pienso, aunque resulte impopular. El tiempo será quien juzgue si esta visión es un error, una utopía o una posibilidad que algún día las futuras generaciones contemplarán con otros ojos.»

Un detalle histórico importante: en la propia Carta de Jamaica, Bolívar expresó su deseo de ver surgir «la más grande nación del mundo», pero también manifestó dudas sobre la viabilidad de una sola gran república americana debido a las diferencias geográficas, económicas y políticas entre los pueblos de América.

Mi visión moderna del sueño bolivariano es sin dudar a dudas diferente, aunque orientada hacia una integración con los Estados Unidos en lugar de la confederación hispanoamericana que imaginó el Libertador.

George L. F.

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