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«PREFACIO». Por el Dr George Fereira

«De la realización de cada uno depende el destino de todos». — Alejandro Magno.

«LA BATALLA DEL HONOR»

De Libertadores a Ambiciosos Traidores.

El ejército que ganó mil batallas durante su independencia terminó perdiendo una sola; la más importante de todas las guerras que pueda librar ejército alguno: la batalla del honor.

El Ejército Libertador, comandado principalmente por Simón Bolívar, protagonizó algunas de las campañas militares más extraordinarias de la independencia hispanoamericana y de la historia universal. La Campaña Admirable de 1813 permitió la liberación de gran parte de Venezuela y le otorgó a Bolívar el título de Libertador.

La travesía de los Andes y la Campaña de Nueva Granada de 1819 constituyen una de las mayores hazañas militares de todos los tiempos. Hombres hambrientos, mal vestidos y exhaustos cruzaron el Páramo de Pisba en condiciones extremas para sorprender a las fuerzas españolas.

La Batalla de Boyacá aseguró la independencia de Nueva Granada y dio nacimiento a la Gran Colombia.Carabobo consolidó la independencia de Venezuela.

Pichincha abrió las puertas de la libertad para Ecuador.
Junín y Ayacucho sellaron el fin del dominio español en Sudamérica.
Aquellos soldados no solo derrotaron a uno de los imperios más poderosos de su época. Cambiaron el mapa político del continente y contribuyeron decisivamente a la independencia de Venezuela, Colombia, Ecuador, Panamá, Perú y Bolivia.

Algunos historiadores han comparado aquella epopeya con las campañas de Napoleón Bonaparte y George Washington.
Pero las naciones, como los hombres, no son juzgadas únicamente por las batallas que ganan, sino por los principios que son capaces de preservar cuando llegan las épocas de oscuridad.
Porque en la vida republicana de cualquier nación siempre llega el momento en que se pone a prueba su estirpe fundacional.

Y entonces surge una pregunta incómoda:
¿De qué sirve poseer tanques, misiles, generales cubiertos de medallas y una inmensa maquinaria militar, si el alma misma del ejército ha sido derrotada y corrompida por la corrupción?

Porque existe una batalla superior a todas las demás. La batalla del honor.

DEFINICIÓN DE HONOR.

Desde un punto de vista filosófico, el honor es la cualidad moral por la cual una persona procura vivir de acuerdo con principios de dignidad, rectitud y fidelidad a su conciencia, incluso cuando hacerlo implique sacrificios personales.
El honor no depende únicamente de la reputación externa, sino de la coherencia entre lo que una persona cree, dice y hace.

Aristóteles afirmaba:
«El honor es la recompensa de la virtud». Marco Tulio Cicerón escribió:
«La vida de los muertos perdura en la memoria de los vivos, y el honor es la herencia de los hombres virtuosos».
William Shakespeare expresó: «Mi corona es mi honor; mi honor, mi vida». Miguel de Cervantes dejó una sentencia inmortal:
«Por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida». Dietrich Bonhoeffer, quien contempló la rendición moral de una nación culta ante el nazismo, comprendió una verdad terrible: «La prueba suprema de la moralidad es estar dispuesto a sacrificarlo todo por aquello que es justo».

En otras palabras, el honor es el puente entre la conciencia y la acción. Es aquello que impide al hombre vender sus principios por miedo, comodidad o conveniencia. Porque una vida sin honor puede seguir respirando, pero ya está espiritualmente muerta.
Un militar jamás puede anteponer sus ambiciones personales a su deber sagrado con su pueblo.

Y es precisamente allí, donde aquel heroico Ejército Libertador parece haberse perdido para siempre, no en los campos de batalla de Carabobo o Ayacucho, sino en un lodazal simbólico de ambición, privilegios y miseria moral. Porque los imperios extranjeros jamás lograron destruir aquella institución.
La derrota vino desde adentro. Como un árbol gigantesco que no es derribado por la tormenta, sino devorado lentamente por las termitas.

«ÉRAMOS MUCHOS Y PARIÓ LA ABUELA»

Dice el viejo refrán popular: «Éramos muchos y parió la abuela». Cuando todo parecía estar mal, llegó algo peor.

Como si sobre una herida abierta se derramara sal.
Como si sobre una casa en ruinas cayera un nuevo terremoto.
Porque a los males políticos, económicos y sociales que han golpeado a Venezuela, muchos añaden una profunda decadencia espiritual.

Y entonces surge otra pregunta: ¿Cómo puede esperar prosperidad un pueblo que se aleja del Altísimo y Poderoso YAHWH? Para adorar deidades africanas, Cubanos y Haitianas.
¿Cómo puede existir paz cuando el hombre convierte el poder en ídolo y el dinero en religión? La historia demuestra que las civilizaciones no suelen morir por invasiones extranjeras, sino por el cáncer de la inmoralidad y deshoras que carcome sus instituciones.

Roma se corrompió antes de caer. Alemania entregó su conciencia antes de ser derrotada. Y las naciones, al igual que los hombres, primero se derrumban por dentro. Porque el verdadero campo de batalla siempre ha sido el alma. ¡ SI EL ALMA DE LOS HOMBRES ! Quizás por eso la tragedia Venezolana no consiste únicamente en la ruina económica, ni en la corrupción descomunal Militar, ni siquiera en la destrucción de las instituciones.

La tragedia más profunda consiste en que muchos hombres que juraron defender a su pueblo terminaron cambiando el honor por privilegios, la dignidad por riquezas y la conciencia por silencio para masacrar a su propio Pueblo.

Y entonces comprendemos que Bolívar, Sucre, Páez y aquellos llaneros que atravesaron los Andes jamás imaginaron que dos siglos después el enemigo más peligroso no estaría al otro lado de las fronteras ni del continente. Sino dentro del corazón del hombre Militar Venezolano en estos últimos tiempos.
Porque la batalla más importante no era Carabobo.
Ni Boyacá.
Ni Ayacucho. La batalla definitiva era otra. «La batalla del honor» Y esa, desgraciadamente, fue la única que no podía ganarse con fusiles.

EPÍLOGO.
A veces resulta inevitable imaginar a Bolívar y a Sucre contemplando desde el Chimborazo la eternidad del destino de aquella institución que un día condujeron entre el barro, el hambre y la pólvora. Quizás, al observar los uniformes repletos de soles, medallas y charreteras, esperarían encontrar la misma fibra moral de aquellos llaneros descalzos que cruzaron los Andes. Pero se encontrarían con algo mucho más doloroso.
Descubrirían que la mayor tragedia de una nación no es perder territorios.
Ni la inflación. Ni el hambre. Ni siquiera la emigración de millones de sus hijos. La mayor tragedia es cuando quienes juraron defender a su pueblo terminan olvidando el significado mismo de su juramento.

Porque las repúblicas no mueren solamente por culpa de malos gobernantes. Mueren también cuando los hombres llamados a protegerlas renuncian a su deber histórico. Y quizás Bolívar, con la amargura de quien contempló la destrucción de la Gran Colombia, repetiría una vez más:

«He Arado en el Mar».
Porque el Ejército Libertador jamás fue vencido por España.
Su derrota llegó dos siglos después. Y no vino desde Madrid.
Vino desde la cobardía.
Desde el silencio.
Desde la comodidad.
Desde la ambición.

Y desde la renuncia al honor. Porque un ejército puede perder una guerra y conservar su honor. Lo que jamás debería perder es el alma. Las estrellas sobre los hombros no hacen generales.
Los ascensos no fabrican grandeza.
Las medallas no producen honor. Y la obediencia al poder jamás sustituirá la lealtad a la Nación y a su Pueblo.

La mediocridad profesional, la ausencia de visión estratégica, la degradación institucional y la subordinación de la conciencia a los privilegios, constituyen una de las páginas más tristes de la historia Militar venezolana.
No por falta de armas.
No por falta de hombres. Sino por falta de carácter. Porque el día que un general cambió el honor por la comodidad, la verdad por el silencio y el deber por la conveniencia, dejó de ser guardián de la República para convertirse en administrador de su decadencia humana.

Y entonces, mientras las estatuas de Bolívar continúan señalando el horizonte con sus espadas desenvainadas, pareciera escucharse desde las sombras de la historia una pregunta terrible que retumba en Boyacá, Carabobo y Ayacucho:

«¿Para esto cruzamos los Andes?» Porque al final, las naciones sobreviven a los tiranos. Sobreviven a las crisis. Sobreviven incluso a las guerras más despiadadas. Pero ninguna nación sobrevive mucho tiempo cuando sus guardianes pierden el honor.

Y cuando el juicio implacable de la historia finalmente llegue, no será recordado quién ocupó un ministerio, quién lució más estrellas en el uniforme o quién acumuló más riquezas. La historia solamente escribirá una frase lapidaria sobre aquel generalato que recibió en herencia el Ejército Libertador más glorioso de América y terminó entregando a sus hijos una institución disminuida, silenciosa y mediocre:

«Ganaron todos los ascensos. Ganaron todos los privilegios.
Ganaron todas las riquezas. Pero perdieron la única batalla que un soldado no puede permitirse perder. La Batalla Del Honor».

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