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Opinión

«Revolucionarios de pacotilla» Por Antonio José Monagas

Ante tan estrafalaria pregunta, muchas respuestas pudieran repararse dentro del sacudido mundo de la política venezolana. Sin embargo, pareciera interesante dar con algún concepto o explicación que recoja parte importante de todo cuanto contiene tan patética postura.

Aún cuando suene excesivamente subjetiva la apreciación, no es para menos, dar con una alusión que ponga al descubierto lo que envuelve tan  trágica figura. Más aún, en medio de la crisis incitada por el régimen “revolucionario”. A sabiendas  que será difícil hallar una consideración que pueda compadecerse de las intenciones que asoma la Constitución de la República. Por cuanto aduce algunos principios de solidaridad, justicia social y democracia participativa entre sus presuntos fundamentos ontológicos y axiológicos.

En opinión de algunos estirados personajes del régimen, “un revolucionario debe tener ética revolucionaria”. Y aunque palabras de esta estirpe fantasiosa y hasta cómica, no luce posible hallar diferencias entre la figura del militante del Partido del régimen y la del “revolucionario”.  Estos discursos resultan inconsistentes toda vez que no sientan base alguna relacionada con lo que plantea el socialismo pretendido. Menos aún, la revolución invocada.

No obstante, esta definición expone alguna preocupación por la formación revolucionaria la cual exige contar con militantes “disciplinados» lo que no significa necesariamente subordinación o mordaza. Pero sí «leales» en la acción e intensos y duros en el debate. La misma, enfatiza además que  un “revolucionario”  no podría ser una persona “pusilánime, genuflexo”. Consideración contraria a lo que las realidades dejan ver.

Sin duda, las apesadumbradas realidades nacionales muestran un cuadro totalmente distinto de la semblanza del “revolucionario” figurada por la utopía arriba aludida. Ni siquiera en quienes, careciendo de la más mínima vergüenza, ejercen altos cargos gubernamentales.

Pues en ellos no existe ningún componente de formación revolucionaria tal como quiere hacerse ver. Particularmente, cuando compromete “una parte ideológica y otra instrumental”. Por el contrario, esos personajes que se califican “revolucionarios”, son descaradamente serviles, introvertidos. Sin capacidad y posibilidad para argumentar ideas propias o críticas. Ello  refleja la vulgar sumisión que estos personajes  mantienen ante cualquier instancia superior del régimen. Particularmente, por temor a verse defenestrado del cargo lo cual le resulta contrario a todo cuanto del poder se aprovechan.

A decir por las deducciones que, en sitio, pueden elaborarse de ese “revolucionario” vulgarmente adepto al régimen, y adicto al modo de perseguir y condenar cualquier expresión y manifestación de resistencia democrática, su comportamiento en nada se corresponde con la que exalta que el “revolucionario” aprecia la vida y las esperanzas de un futuro construido sobre valores y derechos fundamentales.

La conducta de estos revolucionarios de oficio, que por igual padecen de la crisis política que deprime al país, está apegada a la violencia. No sólo política, sino física. Sus escándalos surgen de las obsesiones y obstinaciones que los atormentan. Y que, sin duda, constituye la razón que los mueve a realizar actos atroces contrarios a reglas de civismo, ciudadanía, tolerancia, respeto, convivencia y ética social.

Cuando el mundo desarrollado se lía con la ignorancia encubierta por las fases del oscurantismo ahora denominado como “socialismo del siglo XXI”, Venezuela se observa totalmente desfigurada. Desbaratada. Con el rumbo extraviado en una realidad complicada, propia de la exigencia del siglo XXI.

Sin embargo las equivocadas tendencias gubernamentales, por el testarudo afán de identificarse con experiencias políticas y sociales vetustas, en términos históricos, políticos y culturales, han retrogradado la funcionalidad de las instituciones. Asimismo, del discurrir cívico del venezolano.

Precisamente en el plano en que estas realidades adquieren obtusa razón, se depara la concepción del “revolucionario”. Ello constituye el contexto en el cual se moviliza una trastornada Venezuela. esto hace que los interese de cuanto fulano se jacta al decirse “revolucionario” sirva mejor para comulgar con la antihistoria, la antipolítica y los contravalores, que con la idea de convivir y reconocer las capacidades y virtudes de otro que como él, puede igualmente tener tantas o más razones y argumentos para edificar una sociedad democrática y libre. Justo y contradictoriamente, es la manera de ser y hacer de estos “revolucionarios de pacotilla”.

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