Opinión

Tiempos desesperados Por Antonio José Monagas

Cuando la palabra no es capaz de explicar lo que la mente asoma, es porque no existe la razón, el interés, ni la necesidad que hace brotar lo que guarda el pensamiento. O es porque la impaciencia, confabulada con la desesperanza, induce el conflicto necesario para que asome la desconfianza y la duda. En consecuencia, se traba la palabra y se turban las ideas.

Es exactamente el problema que confunde al hombre cuando se abandona a la suerte de las circunstancias. Es ahí cuando se reduce la posibilidad de entrar “al mañana”. Pero por la puerta grande.

La paciencia y el tiempo, saben actuar en conjunto para así restarle oportunidades a la indecisión toda vez que se viste de angustia. Aunque la dificultad de resistir los ataques que acaecen, de ver lo que el dorso reviste, se convierten en importantes ocasiones para aprender por encima de lo que la fuerza o la pasión son capaces de enseñar. 

El terreno en el que estos avatares son vistos, encajan perfectamente con los contravalores (irrespeto, deshonestidad, injusticia, intolerancia, egoísmo, intransigencia, arrogancia, irresponsabilidad, entre otros) que históricamente han estado del lado de la inmediatez mal concebida. Ello constituye la ruta que lleva a vivir la desesperación la cual siempre ha servido al poder para enrolar cualquier antivalor al ámbito de las realidades. 

Experimentar cualquier conflicto deparado desde los canales de la desesperación, y ayudado por la confusión que dicho problema causa, es desterrar los valores éticos y morales cuya presencia no debe faltar en ningún ámbito de la vida humana. Especialmente, cuando esta se practica en convivencia.

En el plano de tan graves dificultades, se ve afectada la sociedad de manera inconmensurable. Al mismo tiempo, se ven involucrados los gobiernos que las rigen toda pues a sus interioridades se incuban gruesas prácticas de corrupción. Éstas, al diseminarse, irradian problemas que brindan el espacio político suficiente para que la soberbia y la insolencia, asumidos como recursos del poder, provoquen cuantos inconvenientes o contrariedades le resulten útil a los intereses políticos administrados con perversidad e impudor.

Esta situación pareciera haber trascendido del apéndice de los libros que hablan de los contravalores que asedian al hombre, a la actitud humana. Incluso, contagiando la aptitud sobre la cual se asientan las ideas que, supuestamente, conciben el desarrollo de los pueblos. Aquí es posible dar con el problema sobre el cual se suspenden y propenden las crisis que agobian importantes naciones.

Consecuencias de la desesperación

No hay duda de que los tiempos que hoy se viven son tiempos desesperados. Sobre todo cuando, quienes desde el poder administran el discurrir de todo un conglomerado, resbalan en las debilidades que arrastra la desesperación.  

Es cuando, la rutina esclaviza el tiempo de trabajo.  Es cuando la actitud confisca la aptitud convirtiendo al hombre en triste veleta movida por los aires de las intemperancias. Las mismas intemperancias generadas por el clamor disonante de una muchedumbre que sin conocimiento pertinente de las crisis, o extraviada ante el ruido producido por disímiles llamados, amodorran las emociones hasta aplastarlas o neutralizarlas. Justo ahí, las oportunidades se desperdician  o se desgastan entre divagaciones de cualquier color.

En la mitad de tan azarosas condiciones, quienes tienen la difícil misión de actuar en consonancia con las exigencias del destino, caen cuales tristes víctimas de las coyunturas. Es así como el desconcierto los apresa al extremo que, la misma desazón, hace que actúen tan confundidos como perdidos entre los escombros que sus decisiones han ocasionado.

La dificultad más severa que padecen estos personajes, casi todos embelesados por el poder, es aquella que lo hace creer que liberarse del cautiverio que los tiene atrapados, soluciona el problema que los hace andar de trompicón en tropezón. Ahí es cuando ya resulta imposible zafarse de las ataduras que los ha mantenido impávidos e incapaces de actuar a conciencia del problema en su real configuración.  

Las desviaciones que han establecido sus equivocados recorridos o trayectos, les impide tener pleno conocimiento de saber que fueron sus errores lo que los sacó de la ruta correcta. Y todo así sucede, porque han estado viviendo y dejándose someter por los actuales y peligrosos tiempos desesperados.

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