Está claro que transición no es lo que se experimenta en el país con el tutelaje ejercido por la administración Trump sobre el régimen que “ejerce” Delcy Rodíguez y su hermano.
Lo que vive el país lo caracterizo y lo califico como un “proceso de mierdificación” el escatológico concepto acuñado, en 2022, por el periodista canadiense Cory Doctorow para abordar “…la decadencia de plataformas de medios y servicios en internet..” Yo solo lo parafraseo para calificar el proceso que vive el país desde el 3 de enero de 2026.
En efecto, en la madrugada de ese 3 de enero, los venezolanos celebramos que Trump y su secretario de Estado, Marco Rubio, habían “cumplido su promesa” de sacar a Maduro del poder y depositarlo en una cárcel de Nueva York junto a su mujer.
A esa hora los venezolanos (allí sí bailando, creo que ha sido el único momento desde entonces) exclamaron en un solo grito: ¡Se acabó! ¡Al fin!
Esa certeza tuvo una duración limitada. Al mediodía de ese día, Donald Trump da un giro sustancial a su narrativa. Empezó a hablar de los elevados costos que significaría una transición en manos de la oposición democrática pues su líder, María Corina Machado, no contaba con el respaldo que exigía la situación sobrevenida con la extracción de Maduro y la acción colectiva que ella encabezaría, pero, sin respaldo de la Fuerza armada y de sectores chavistas que mantienen el control de los aparatos armados traerían problemas insuperables produciendo resultados que podrían desembocar en las experiencias fallidas de Irak o Libia.
De allí que, Trump, dispuso que fuese Delcy Rodríguez la que se encargara de dirigir la “transición”, casi, como los dispuso Chávez en su momento preagónico cuando impuso a Nicolás Maduro. Esta decisión de Trump, también, igual que la de Chávez, ha sido una decisión “firme y plena como la luna llena, irrevocable, absoluta, total” (Creo que esas fueron más o menos las palabras de Chávez el día que anunció su despedida temporal del país, pero que ha resultado en una ausencia absoluta y eterna, que casualidad, como la de Maduro hoy).
A partir de esa alocución los venezolanos volvimos a quedar atrapados dentro de los mismos muros, los muros de la dictadura, solo que ahora vivimos dentro de un “ejercicio de simulación” llamado de “las tres fases” de Marco Rubio, ejercicio, que como dice Buadrillard en “Cultura y simulacro”, nos advierte que protegen y perpetúan el poder al oscurecer su colapso.
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El proceso de “mierdificación” y no de “transición” impuesto por la administración Trump, “se convirtió en el principio organizador” del tutelado régimen de los Rodríguez y ha comenzado a exprimir al país para conseguir lo que realmente le interesa: Petróleo y oro. Podemos decir, parafraseando a Marx Carney, el Primer Ministro canadiense, (“Trump ha monetizado su hegemonía”) que, en el caso venezolano, sería que Trump ha petrolizado (o mineralizado) su hegemonía, llegando hasta el extremo de plantear de que piensa considerar a Venezuela como estado 51 de la unión americana (en broma dicen que lo dijo, pero “suavecito” y “despacito” nos…), cuestión que algunos, muchos, venezolanos se les hace la boca agua y aplauden a rabiar.
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La extracción de Maduro del poder introdujo dos elementos que sacuden todos las días, horas, minutos y segundos al régimen de los hermanos Rodríguez y Diosdado Cabello: el miedo y la obediencia, que no resta que ejecuten su estrategia de mantenerse en el poder ofreciéndose como los únicos que son capaces de mantener el orden y evitar un eventual caos.
En todo caso, Trump ha logrado conseguir del régimen todo lo que quiere y los hermanos Rodríguez han seguido supinamente “las órdenes del imperio” pues de no hacerlo, dada la naturaleza y el carácter de las decisiones de Trump, pudiera, de ser desobedecido, movilizar sus helicópteros Apache, sus F-35, el portaviones Gerald Ford y hasta misiles similares al que, prácticamente, obliteró al Niño Guerrero que se escondía en un rancho en la Amazonía venezolana.
Así el miedo y la obediencia, pero, también la ambición de garantizarse su permanencia en el poder convirtió los viejos relatos fundacionales chavistas de la soberanía nacional y el antiimperialismo en harapos inservibles (Boris Muñoz en “Bombas, oro y amnesia” El País; 17 /06/2026)
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Estimo que la nueva realidad del país que se ha producido desde el 3 de enero que, ha mantenido las mismas estructuras del poder dictatorial y pretende su regeneración política (es decir “la mierdificación”) hacen de la independencia real de Venezuela de los Estados Unidos ahora, y no sé hasta cuando, en algo inviable.
Todo parece indicar que el tutelaje que ejerce les EE. UU sobre el régimen de los Rodríguez se prolongará más allá de la dictadura. Y el Estado venezolano, tengo la presunción de que será una parte pequeña de un todo cuyos factores fundamentales de decisión estarán por un largo tiempo fuera de sus fronteras y esto parece ser así aun con un gobierno opositor al actual régimen dictatorial.
Los venezolanos pusieron su fe en Trump para recuperar la democracia, pero, qué duda cabe, Trump la tiene puesta en sus negocios.
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Nota: Esta semana murió un amigo, Ronald Rodríguez. Intelectualmente inquieto que lo hacía leer todo lo que fuese posible leer (“El librero” era su heterónimo, con el que nos proporcionaba el análisis y resumen de los libros que leía a diario), pues amaba la literatura. Pero, también, amaba el cine, la política de la que era un agudo observador de los que la hacen y, sobre todo, amaba a Maracaibo, su ciudad (Sal y Pimienta se llamaba su columna por donde desfilaba sus críticas a la política que hacían los políticos regionales y nacionales con sus virtudes y defectos y también el movimiento cultural de la ciudad con la cual nos enterábamos de espectáculos, gastronomía y en general de la idiosincrasia del maracucho)
Fue mi crítico y a él le debo observaciones duras y pertinentes de lo que he escrito hasta ahora. Tuvimos encontronazos algunos agrios, pero siempre respetuosos de las diferencias que teníamos.
Ronald, fue la persona que sábado a sábado era capaz de decirme: “esto que escribiste esta semana me gustó o esto que dices en tú nota de este sábado no me gustó para nada”. Me decía, lo que es deber de un amigo verdadero y yo siempre le agradecí que me lo expresara en un sentido o en otro, porque con él siempre tuve la certeza que me leía.
Un día se acercó a dos profesores, uno de ellos, Francisco Rojas, profesor de esa cosa oscura llamada “Teoría económica” y el otro era de una no tan oscura, pero algo compleja, “Análisis sociopolítico”. Ese era yo y nos puso frente a dos microprogramas de tres minutos de humor y economía uno y humor y política el otro. Siempre le agradecimos la apuesta y la confianza en nosotros que se extendió a un programa de radio y TV, “Unas son de Rojas y otras son de Arenas”. El creía en la gente. En nosotros creyó y siempre nos unió una amistad sin complacencias.
Lo extrañamos. Junio; 20/06/2026
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