#NoticiaOpinión

VENEZUELA NO FUE UNA CRISIS, FUE UN CRIMEN. Por Gervis Medina.

La destrucción económica de Venezuela no fue un accidente de la historia, sino la consecuencia de un sistema de poder que convirtió la pobreza, la dependencia y la ruina en instrumentos de dominación.

Venezuela no ha sufrido por falta de salvadores; ha sufrido por exceso de ellos. Militares, caudillos, revolucionarios, opositores, empresarios políticos y profetas electorales han prometido salvar al pueblo, mientras el ciudadano ha ido perdiendo progresivamente su autonomía. Venezuela ofrece una tragedia política tan compleja que todavía quedan muchas heridas por convertir en reflexión. ¿A quiénes les parece que lo de Venezuela es una simple crisis y no una catástrofe ideológica, criminal y económica sin comparación? Hagamos un breve recorrido por lo que significa levantarse cada mañana con datos como este. Un dólar actual equivale a 100 billones de bolívares de 1999. La hiperinflación que estalló a finales de 2017 destruyó por completo el valor del salario de los ciudadanos.

La destrucción económica venezolana no fue simplemente un fracaso administrativo: fue parte de un sistema de poder que convirtió la pobreza, la dependencia y la precariedad en mecanismos de dominación política.

No fue solamente una economía que fracasó. Fue un sistema político que destruyó las condiciones materiales necesarias para que el ciudadano pudiera ser libre.

El dinero guardado perdió su valor real en cuestión de días o semanas. Imagina pasar toda una vida siendo ordenado y conservador económicamente, para luego descubrir que los ahorros de tus años de trabajo simplemente no alcanzaban ni para comprar una empanada. Las personas que, en una economía que ya venía arrastrando dudas, confiaron en cajas de ahorro, seguros de vida, fondos de pensiones u otros mecanismos tradicionales de asegurar su vejez, vieron cómo la política monetaria del país, con las reservas de petróleo más grandes del mundo, terminó de evaporarlas, hasta dejarlas en la pobreza absoluta.

Esto no es un evento fortuito. Esto no fue un accidente económico. Fue la consecuencia de una enfermedad política que terminó invadiendo el alma institucional del país, el chavismo convertido en sistema de poder; un crimen ideológico y financiero que no tiene un solo personaje rindiendo cuentas ante la justicia. Mientras el mundo conocía de inversiones, líneas de crédito y pagos alternativos, comprábamos enlatados y otros productos no perecederos para poder congelar el poco dinero que manejábamos.

El colapso ha sido evidente. La peor crisis mundial no la vimos en Netflix. Nos tocó la puerta.

Nuestra tragedia vestía de rojo se escudaba en la división entre la oscuridad y la miseria humana mientras destrozaba todos nuestros recursos. Ha pasado el tiempo y esos capitales andan por el mundo como grandes magnates manchados de sudor, sangre y lágrimas.

Mientras millones de venezolanos éramos perseguidos, empobrecidos o expulsados por las consecuencias de ese modelo, el dinero producto de la corrupción comenzaba a recorrer el mundo en busca de mecanismos para borrar el rastro del delito a nivel internacional. ¿Qué sociedad puede resistir una inflación del 130.000% como la de esos años? ¿Entiende el mundo por qué millones salieron por una selva, a pie, en autobús, por avión o hasta en pequeñas embarcaciones? ¿Qué ciudadano puede levantarse y saber que el dinero se quema en sus manos porque no vale nada? No existe una historia similar en el hemisferio occidental, ni siquiera en países en guerra. Pasamos de ser referencia de potencial a ver cómo los documentales más crudos de History Channel parecían una novela rosa ante nuestra realidad.

Los sueldos fijados en moneda nacional perdieron toda capacidad de compra, lo que obligó a gran parte de la población a buscar ingresos adicionales de subsistencia o a depender estrictamente de remesas familiares externas. Pero el 2017 y el 2018 no son efectos de la nostalgia. Hoy, en pleno 2026, la realidad está maquillada, pero el hueco financiero sigue afectando a una sociedad golpeada que resiste como puede.

Salir a la calle es ver una cacería comercial donde se normaliza a ingenieros vendiendo tortas, abogados litigando en la limpieza de baños, y jubilados vendiendo caramelos. No se puede justificar la tragedia y disfrazarla de emprendimiento. Es necesidad pura en un espectro sin oportunidades.

Dejemos esa historia de normalizar la lucha cuando no existen empleos dignos ni beneficios laborales, y de llamar heroísmo al tener que ir siempre contra la corriente. No existe el país perfecto, pero no romanticemos la pobreza como sinónimo de valentía. No se trata de una percepción subjetiva ni de un sesgo político.

La frialdad de los indicadores macroeconómicos internacionales lo expone con total claridad. El peor derrumbe financiero en la historia contemporánea del hemisferio occidental lo vemos entre dolor, angustia y preocupación. El poder de compra real dentro del territorio sigue asfixiado bajo el peso de un costo de vida que se indexa en dólares de forma desmedida, mientras el aparato productivo intenta operar en un entorno de fragilidad.

Por eso, hablar de recuperación basándose en porcentajes superficiales es ignorar la profundidad del caos. El tejido social quedó tan agrietado que, para retornar apenas a los niveles mínimos de producción que el país registraba en 2012-2013, se requeriría una tasa de crecimiento sostenida de un 6% anual durante casi tres décadas consecutivas. La economía, el chavismo y el crimen se conectan porque la tragedia es absolutamente integrada.

La política entra en todos los hogares y en todos los sectores sin preguntar, alterando el tejido más íntimo de las familias. En medio de la historia, protesta, violencia y opresión. Pero también hay un factor oculto, el venezolano de lo que fue la clase media resistiendo en silencio.

Ese grupo de profesionales jóvenes y personas con oficios, remunerados históricamente por encima del promedio y encargados de dinamizar el aparato productivo, fue completamente aplanados del contexto financiero. Sus casas terminaron en remate y sus apartamentos prácticamente regalados. A veces, desde la comodidad de la distancia, los ciudadanos son señalados o incluso acusados de pasividad.

¿Pero acaso no es suficiente haber sido condenado socialmente por una política que le robó las esperanzas a más de 30 millones de personas? ¿Es una tremenda injusticia ignorar a quienes terminaron en centros de tortura por motivos políticos? ¿O borrar de la memoria las protestas masivas, como en ningún otro lugar del mundo donde una sociedad civil entera exigía paz y democracia? Se pedían principios básicos, mientras se reprimía con crueldad a jóvenes y mujeres que tenían como única defensa banderas y escudos de cartón. Esa misma gente fue la que se plegó a un mensaje de cambio y victoria electoral en el 2024. Un proceso que se fue transformando en la mayor conquista ciudadana de la historia de la República.

Sin embargo, cobrar esa inmensa victoria por vías civiles o pacíficas era imposible, pues la estructura que sostiene al régimen no cedería bajo las reglas comunes. Quien no entienda la complejidad del contexto venezolano, debe analizar lo ocurrido el pasado 3 de enero de 2026. Un escenario donde tuvo que intervenir directamente la potencia militar más fuerte del mundo.

El ciudadano común lo dio todo y demostró su voluntad en las urnas. Culparlo de inacción es ignorar que se enfrentaba a un nudo que sólo una fuerza de esa magnitud podía desatar. El venezolano no tiene deudas con la patria, lo ha dado todo.

El tema electoral no es sólo cerrar los ojos y apuntar al calendario mientras la gente aplaude. Existen leyes que deben garantizar el acto, pero ya conocemos de sobra la realidad del terreno que pisamos. Hay verdades que el tiempo ha dejado claras.

No existe una economía libre sin una democracia real, y jamás se podrá construir democracia robando elecciones. Es una quimera pretender gritar libertad si ni siquiera se carga un billete con valor real en la cartera. ¿Cómo olvidar a héroes como Franklin Brito u Oscar Pérez y otros, que partieron al cielo luchando por la libertad de nuestros hijos? ¿Cómo no entender las batallas personales e institucionales como la del capitán Juan Carlos Caguaripano, quien lejos de responder a las directrices de un partido político dio un paso firme por sus convicciones, y hoy, tras años de aislamiento y brutales torturas, sigue tras las rejas siendo tratado de manera inhumana? Son miles de ciudadanos los que cayeron por el país y otros tantos los que han pasado años arrastrando las secuelas de la persecución.

Venezuela no necesita más hombres providenciales ni nuevos administradores de la esperanza. Necesita instituciones que impidan que un hombre, un partido o una ideología vuelva a tener el poder suficiente para destruir la vida de millones.

Porque una nación verdaderamente libre no es aquella que espera permanentemente ser salvada. Es aquella que construye mecanismos para que nadie vuelva a tener que salvarla.

Eso debe ser Venezuela. Una nación herida, dispersa y empobrecida, pero todavía viva.

Gervis Medina
Abogado, criminólogo y escritor venezolano

Recuerda seguirnos en nuestra CUENTA DE INSTAGRAM Y LA CUENTA  DE  WHATSAPP

Comment here