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2027: Cuando todo empieza a conectar

2027

Hay años que simplemente pasan y otros que, vistos en retrospectiva, terminan marcando el comienzo de una nueva época. Tal vez el 2027 sea uno de ellos. No porque vaya a aparecer una máquina milagrosa capaz de cambiarlo todo de la noche a la mañana, sino porque varias tecnologías que hoy evolucionan por caminos separados podrían comenzar a encontrarse y modificar, al mismo tiempo, nuestra manera de trabajar, vivir, producir energía y gobernar.

La inteligencia artificial avanza hacia sistemas capaces de ejecutar tareas completas; la biotecnología intenta comprender y modificar algunos mecanismos asociados al envejecimiento; la computación cuántica busca resolver problemas que desafían a las máquinas convencionales, mientras los centros de datos exigen cada vez más electricidad. No estamos frente a un avance aislado. Estamos frente a varias corrientes de innovación que empiezan a tocarse.

Y cuando estos vectores tecnológicos comienzan a conectarse, el cambio deja de ser exclusivamente técnico. Se convierte en económico, social, político y, finalmente, humano.

La inteligencia artificial deja de esperar nuestras órdenes

Durante los últimos años nos acostumbramos a una inteligencia artificial que esperaba nuestras instrucciones. Le pedíamos que escribiera, resumiera, tradujera o analizara. La próxima etapa es más radical: sistemas a los que podremos entregar un objetivo y que serán capaces de decidir qué pasos necesitan ejecutar para alcanzarlo.

Ese es el territorio de la IA agéntica. Un agente puede investigar, dividir un problema en tareas, utilizar herramientas, consultar información, detectar errores y modificar su estrategia. Ya no se trata solamente de preguntar “¿cómo hago esto?”, sino de decir “hazlo”, dentro de límites definidos por un ser humano.

Imaginemos una empresa en la que un agente recibe la instrucción de reducir costos: podría analizar proveedores, comparar precios, revisar contratos y preparar una recomendación para aprobación humana. La persona seguiría definiendo la estrategia, pero dejaría de operar cada engranaje.

Durante décadas aprendimos a utilizar programas mediante botones, formularios y pantallas. Ahora podríamos comenzar a relacionarnos con el software explicando qué necesitamos y dejando que agentes especializados encuentren la ruta para conseguirlo.

Y entonces aparece la pregunta inevitable: si una máquina puede ejecutar en minutos una tarea que antes requería semanas de trabajo humano, ¿seguiremos definiendo el valor de una persona exclusivamente por el empleo que desempeña?

¿Y si vivir más también cambia nuestra idea de la vida?

La segunda disrupción es todavía más íntima porque ocurre dentro de nosotros.

La ciencia de la longevidad estudia por qué nuestras células pierden progresivamente su capacidad de funcionar y si algunos de esos procesos pueden modificarse. Entre sus líneas de investigación están la senescencia celular, la reprogramación epigenética y los senolíticos. Los relojes epigenéticos también intentan estimar determinados aspectos de la edad biológica mediante patrones moleculares.

Conviene separar la ciencia de la fantasía: no existe hoy una terapia capaz de devolver integralmente a una persona la biología de sus veinte años y 2027 no traerá la inmortalidad. Lo extraordinario es otra cosa: la medicina está pasando de preguntarse solamente cómo tratar enfermedades a investigar cómo preservar durante más tiempo la funcionalidad del organismo.

Si algún día conseguimos ampliar significativamente los años de vida saludable, tendremos que replantearnos pensiones, seguros, educación y carreras profesionales. Quizás una persona pueda tener varias profesiones durante su vida y la educación deje de ser una etapa de la juventud para convertirse en una actividad permanente.

La promesa de la longevidad, por tanto, no sería simplemente vivir más. Sería obligarnos a diseñar una sociedad preparada para vidas diferentes.

La paradoja digital: cuanto más virtual, más energía

Existe una paradoja fascinante: mientras más digital parece hacerse nuestra vida, más física se vuelve la infraestructura que la sostiene.

Cada pregunta que hacemos a una inteligencia artificial, cada modelo entrenado y cada servicio digital necesita servidores, chips, redes, refrigeración y electricidad. La nube no está en el cielo. Está en edificios llenos de máquinas.

La Agencia Internacional de Energía estima que el consumo eléctrico de los centros de datos podría aproximadamente duplicarse hacia el 2030, impulsado principalmente por la IA y otros servicios digitales. La era digital dependerá, por tanto, de un salto energético.

La computación cuántica forma parte de este nuevo paisaje. Todavía estamos lejos de máquinas cuánticas capaces de reemplazar a las computadoras convencionales, pero sus avances podrían permitir abordar problemas de química, materiales y optimización extremadamente complejos.

Y después está la fusión nuclear, una de las apuestas más ambiciosas de la humanidad: reproducir de manera controlada el proceso que alimenta al Sol. Todavía existe distancia entre los avances experimentales y una industria comercial, pero acercarnos a esa meta transformaría nuestra capacidad energética.

La pregunta ya no es solamente qué puede hacer la tecnología. Tenemos que preguntarnos cuánta energía necesitaremos para hacer todo lo que la tecnología será capaz de hacer.

Gobernar un mundo que puede simularse

Ningún gran salto tecnológico permanece encerrado en los laboratorios. Cuando una herramienta alcanza suficiente capacidad, termina modificando la forma en que las sociedades toman decisiones.

Imaginemos un gobierno que, antes de aprobar una reforma económica, pudiera construir una representación digital de su economía y probar diferentes escenarios sobre inflación, empleo, inversión o consumo. Los gemelos digitales podrían ofrecer a los responsables públicos una capacidad de simulación que hasta hace pocos años parecía ciencia ficción.

Pero existe una diferencia fundamental entre simular una decisión y decidirla.

Una computadora puede mostrarnos escenarios. No puede decidir qué sociedad queremos ser. Puede calcular consecuencias, pero la decisión final continúa perteneciendo a las personas y a las instituciones.

Y mientras más poderosas sean nuestras herramientas para simular el mundo, más importante será proteger la autenticidad dentro de él.

En una época en la que una fotografía puede ser fabricada, una voz clonada y un video manipulado, demostrar quiénes somos y qué información es auténtica será cada vez más importante. Tecnologías criptográficas como las pruebas de conocimiento cero podrían permitirnos demostrar determinados atributos sin revelar toda nuestra información personal.

Y entonces, la pregunta ya no será únicamente “¿quién eres?” También tendremos que preguntar: “¿Cómo sabemos que realmente eres tú?”

El verdadero cambio será humano

Quizás por eso la pregunta más importante al mirar hacia 2027 no sea si tendremos agentes autónomos más eficientes, tratamientos biológicos más avanzados, computadoras cuánticas más poderosas o nuevas fuentes de energía. La pregunta verdaderamente trascendental es qué haremos los seres humanos con todo ese poder acumulado.

Si una red inteligente puede ejecutar en minutos lo que antes exigía semanas de trabajo, tendremos que redefinir el valor del trabajo. Si conseguimos extender los años de vida saludable, tendremos que rediseñar las etapas de la existencia. Si podemos simular las consecuencias de una política antes de aplicarla, tendremos que exigir instituciones capaces de utilizar esas herramientas sin convertirlas en sustitutos de la libertad humana. Y si podemos fabricar voces, imágenes y realidades digitales, tendremos que aprender nuevamente a distinguir información de manipulación.

A lo largo de nuestra historia hemos perseguido tres grandes fronteras: el tiempo, el conocimiento y la energía. Hoy comenzamos a avanzar sobre las tres simultáneamente.

Por eso 2027 no debería ser entendido como una fecha mágica. Puede ser algo mucho más interesante: el comienzo de una época en la que varias tecnologías dejan de evolucionar por separado y empiezan a transformar, juntas, las reglas de nuestra vida.

La gran pregunta es si nosotros seremos suficientemente inteligentes para utilizar todo ese poder sin perder aquello que ninguna máquina puede decidir por nosotros: qué mundo queremos construir.

Como recordaba Mahatma Gandhi, el futuro depende de lo que hacemos en el presente. Y quizá nunca esa idea haya tenido tanta urgencia como hoy, en las vísperas del 2027.

Dayana Cristina Duzoglou Ledo para Caiga Quien Caiga

X: @dduzogloul

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