Al terminar mi nota semanal, la tarde del miércoles, recibí la noticia de los devastadores terremotos que azotaron al país, la tarde ese día. Cuenta quien lo vivió que: “Primero fue apenas una vibración. Un movimiento leve bajo mis pies. Después, un rumor sordo que parecía venir desde las profundidades de la tierra. Un temblor…(ese) movimiento inicial duró unos 30 segundos…. Pero cuando parecía que estaba terminando, algo cambió. El sonido se volvió más grave, más cercano. El piso empezó a moverse con una violencia distinta. Ya no era una espera incómoda; era una amenaza”. Así lo cuenta la periodista Gabriela Mesones Rojo (El País, 25/06/2026). En solo 45 segundos “el país se rompió en mil pedazos”, tal y como ella titula su nota.
Como siempre he sentido cierta irritación de aquellos que hablan de la bondad de la naturaleza, me pregunté, una vez que se conocía la tragedia y la devastación que los dos terremotos, de 7.2 y 7.5 en la escala de Richter, habían provocado en el país, especialmente en la región norte-costera, ¿si había que asignarle a la naturaleza la responsabilidad de la tragedia que hoy vive el país?
La respuesta es no. La naturaleza no es ni buena ni mala, aunque a veces nos deja ver su brutalidad, pero, en realidad, ella solo es indiferente, y esa indiferencia la padecemos. Ella no mide la cantidad de daño ocasionado, ni el dolor y el desamparo que su acción devastadora produce sobre la humanidad y en este caso sobre los pobladores del centro, la capital y el litoral venezolano.
Los venezolanos, tapiados por los escombros, que están muriendo, asfixiados por los escombros de edificios colapsados y casa derrumbas no lo están porque están siendo castigados por la naturaleza, mueren por la ausencia de Estado cuyas instituciones han sido demolidas durante veintisiete años. Esto a contracorriente del relato de la dictadura que siempre habló de soberanía y de un Estado fuerte y, que muy lejos de eso, lo convirtió en una ficción, en un Estado aparente que solo fortaleció lo más detestable de él: su aparato represivo.
Los terremotos han dejado la terrible evidencia de nuestro desamparo y soledad ciudadana por la ausencia de un Estado cuya obligación es proteger su vida. Basta ver los rostros de Delcy Rodríguez y sus dos acompañantes, Jorge Rodríguez y Diosdado Cabello cuando horas después del seísmo se dirigió al país para informar de la situación, eran los rostros de la sorpresa, de la desesperación y de la incapacidad para enfrentar la emergencia producida, pero, sobre todo, como todo lo que se ha dicho desde el 3 de enero, incapaces de asumir la responsabilidad por la destrucción y el abandono al que sometieron al país durante veintisiete años en los que no dejaron ni un camión volteo para remover escombros.
En 1999, durante el deslave que asoló al entonces estado Vargas, todavía la infraestructura y las instituciones creadas durante el período democrático estaban intactas, pues apenas, empezaba la labor fagocitaria del régimen (justo ese día fue aprobado el instrumento que dio inicio al proceso que demolería al Estado pieza por pieza).
Todo el país, en ese entonces, vio la gran movilización que fue dispuesta para rescatar a sobrevivientes que prácticamente luchaban con el agua y el barro hasta el cuello: helicópteros, maquinarias, el ejército, la defensa civil, refugios, etc. Incluso, Hugo Chávez se dio el lujo, orden de Fidel Castro mediante (ya entonces, el Estado venezolano era una apariencia, pues su soberanía había sido empeñada a una “potencia” extranjera), de rechazar la ayuda de los Estados Unidos, solicitada por el ministro de la defensa de entonces Gral. Raúl Salazar. Claro, la naturaleza de Chávez, trató de convertir esa tragedia en un relato épico, citando como era su costumbre con alguna frase de Bolivar ( quien dijo tantas, una para cada ocasión, frases pret-a-porter) con aquello de “Si la naturaleza se opone lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”
Hoy la presencia del Estado y sus instituciones es ínfima y no guarda correspondencia con la magnitud de esa tragedia y el régimen no tiene la capacidad y el conocimiento de gobierno para enfrentar con eficiencia los estropicios materiales y humanos provocados por el sismo ni el talento para inventarse un relato épico, pues solo le alcanzó a balbucear: “Gracias Donald Trump”
A falta de Estado, de sus instituciones, de recursos y en medio de la peor crisis humanitaria vivida por país alguno en el continente, Venezuela hoy, necesita de la ayuda del mundo y la está recibiendo, no solo de Estados Unidos, que algunos analistas la han ponderado para justificar “la necesidad de la tutela y el protectorado” que la administración Trump ejerce sobre el régimen (“tutela ordenada” la califica uno de las mejores plumas del trumpismo criollo), sino también la ayuda dada por el denostado Bukele, que ha enviado un ejercito de socorristas y de maquinaria pesada desde El Salvador, igualmente la proporcionada la presidente mexicana Sheinbaum, de España, etc. El mundo está respondiendo, porque después de todo la solidaridad es, en momentos de calamidad, superior a lo ideológico y el momento exige que la ayuda que nos den hasta los “indeseables” no será devuelta.
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