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«Cajón de Sastre» Aitana : la melodía del Silencio Por José Luis Ortiz Güell

Hay artistas que iluminan escenarios con destellos de fama, y luego está Aitana. Detrás de la voz que ha colonizado listas de éxitos y emociones a través de continentes, late un pulso íntimo, casi secreto. No es solo la chica de ojos claros y sonrisa eléctrica que emerge de las pantallas, sino una arquitecta de sentimientos, una compositora de su propia resiliencia. Hoy, en una sala tranquila alejada del rugido del público, nos sentamos no para hablar de cifras o giras, sino para escuchar la música que suena cuando nadie graba, la historia entre nota y nota, en la vida de una de las artistas españolas más influyentes de su generación. Esta es una conversación para descubrir a la mujer detrás del arte, la que habita en los silencios entre acordes.


1-Aitana, tu carrera es un viaje meteórico visto desde fuera: de Operación Triunfo a llenar estadios. Pero toda luz proyecta una sombra. ¿Qué persona o momento en la sombra, ese que el éxito no ilumina, consideras el verdadero cimiento de quien eres hoy?


Una pregunta bonita para empezar.  Mira, creo que el cimiento… no es un momento de éxito, sino más bien de quietud. Fue justo después de OT, cuando todo parecía que debería ser ruido y fiesta. Yo estaba en mi habitación de toda la vida, en Sant Climent, y de repente sentí un vacío enorme. El proyecto había acabado, y con él, una identidad. Ahí, en esa sombra de ‘¿y ahora qué soy?’, tuve que elegir: dejarme definir por lo que el mundo esperaba o escuchar qué quería decir yo. Fue un proceso silencioso y aterrador, pero fue mío. Y de ahí nació todo lo que vino después. Mi familia, sobre todo mi madre, fue mi ancla en ese camino. Me recordaba quién era antes de que me llamaran ‘Aitana’ en la tele.


2-Tu música a menudo navega entre la euforia y la vulnerabilidad. En canciones como «Corazón sin vida» o «Mariposas» se trasluce una dualidad emocional muy profunda. ¿Hay alguna letra que hayas escrito que, al escucharla ahora, te desvele una verdad sobre ti misma que entonces no eras plenamente consciente?


¡Totalmente! Es curioso cómo las canciones son como cápsulas del tiempo emocional. Si tuviera que elegir… ‘Mariposas’. Cuando la escribí, pensaba en ese nerviosismo bonito del enamoramiento, en la ligereza. Pero al escucharla ahora, desde la distancia, me doy cuenta de que en realidad estaba hablando de mi miedo a la libertad, a soltarme de verdad. La letra dice «Voy a darte alas, que tú me das paz». Ahora entiendo que, en ese momento, yo anhelaba esa paz interior que sentía que me faltaba, más que las propias alas. Era como si, inconscientemente, supiera que necesitaba estabilidad para volar. Me descubro a mí misma en esas frases, años después. Es mágico y un poco raro.


3-El mundo te ve como un símbolo de fortaleza y empoderamiento para millones de jóvenes. ¿En qué momento de fragilidad o duda reciente encontraste que era más poderoso rendirse a esa vulnerabilidad que pretender ser invencible?


Ay, esta es muy real. Creo que fue durante los preparativos de la última gira. La presión de la producción, de querer que todo fuera perfecto, de ser ‘la Aitana’ que todo lo puede… me colapsé. Lloré en un ensayo, delante de mi equipo. Fue vergonzoso en el momento, pero fue lo más liberador. Al dejar salir ese ‘no puedo con todo’, mi equipo no me vio más débil; al contrario, se acercaron más. Fue como quitar una capa de armadura que pesaba toneladas. Aprendí que el empoderamiento no es fingir que no te afecta nada, sino tener el valor de decir ‘hoy no estoy bien’, y seguir adelante con esa verdad. Eso te hace más fuerte, más auténtica, y conecta de otra manera con la gente.


4-Imagina por un momento que la música te fuera arrebatada. No como profesión, sino como lenguaje. ¿Con qué otra forma de arte o expresión silenciosa crees que podrías comunicar el universo emocional que hoy depositas en tus canciones?


¡Qué difícil! . La música es mi oxígeno, pero… creo que sería la escritura. No letras, sino prosa, quizás diarios o relatos cortos. Desde pequeña he llenado cuadernos. Y si no, quizás la fotografía analógica. Hay algo en capturar un instante único, imperfecto, que no vuelve, que para mí tiene la misma esencia que una buena canción: es puro sentimiento congelado en el tiempo. La fotografía, como la música, habla sin hacer ruido. Pero oye, no me quites la música, que me da un poco de ansiedad solo pensarlo.


5-Has hablado antes de la importancia de tu círculo íntimo. En una industria que a menudo trata a las personas como proyectos, ¿qué gesto simple, genuino y no relacionado con tu fama, por parte de alguien querido, te ha reconectado últimamente con la Aitana que existe más allá del apellido Ocaña Morales?


Hace poco, volví a casa agotada después de semanas de promoción. Mi mejor amiga, la de toda la vida, vino a vernos. No hablamos de trabajo, ni de números, ni de críticas. Simplemente nos pusimos a hacer galletas, nos manchamos de harina, reímos como tontas por tonterías de cuando teníamos 15 años y vimos una película mala en el sofá. En ese momento, no era ‘la cantante’. Era solo yo. Ese gesto tan normal, tan mundano… es el mayor lujo que tengo. Me recuerda que mi valor no está en los streams, sino en poder ser la peor haciendo galletas y que a alguien le siga haciendo gracia.


6-Mirando hacia el futuro, más allá de los próximos álbumes o metas profesionales… ¿Qué semilla emocional o de carácter te gustaría estar regando hoy, en lo personal, para que dentro de veinte años puedas mirar atrás y decir: ‘ahí empezó lo mejor de mí’?


La semilla de la paciencia y la compasión conmigo misma. Soy muy exigente, muy auto-crítica. Mi mente va a mil por hora. Pero últimamente estoy intentando aprender a escucharme sin juzgarme, a aceptar que algunos días son para producir y otros solo para existir. Quiero regar esa calma interior. Porque creo que si consigo estar en paz con la persona que soy cuando se apagan los focos, todo lo demás —el arte, las relaciones, la vida— florecerá de una manera más sana y verdadera. Dentro de veinte años, me gustaría mirar atrás y pensar: ‘qué bien que aprendiste a ser tu propia mejor amiga’.


Al final de la conversación, Aitana guarda un silencio que no es vacío, sino pleno. Como un compás de espera antes de la siguiente nota. Quizás esa sea su verdadera esencia: no solo la artista que domina el sonido, sino la mujer que comprende el valor del silencio. Porque en él, germinan las melodías más honestas. Su legado no serán solo las canciones que atrapan en la radio, sino el coraje de mostrarse frágil en un mundo de brillo, de recordarnos que detrás de cada «gran artista internacional» hay una persona que, como cualquiera, busca, siente y sueña. Y es en esa humanidad compartida, precisamente, donde Aitana encuentra su resonancia más universal, su tono más perdurable. La entrevista termina, pero su eco, como la mejor de sus canciones, permanece.

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