Hay una escena que Maquiavelo habría admirado: un hombre elegido por las urnas usa las mismas urnas para vaciarlas de sentido. No las derriba: las corrompe desde dentro. No prohíbe las elecciones: las convierte en un ritual vacío. No cierra el Congreso: lo domestica. No encarcela a los jueces: los intimida hasta que se doblegan. Este es el manual del autoritarismo del siglo XXI, y su ejecutor más eficaz tiene un nombre: Pedro Sánchez.
Maquiavelo escribió en El Príncipe que un gobernante astuto debe parecer virtuoso sin serlo, y que «es mejor ser temido que amado». No se si Pedro Sánchez ha leído a Maquiavelo, pero lo ejecuta con la precisión de un discípulo aventajado. Un reconocido filósofo lo describió como «un príncipe sin plan»: impulsivo, contradictorio, adicto a la autodramatización, pero con un instinto infalible para el poder desnudo. La diferencia es que Maquiavelo aconsejaba manejar el dinero con cautela; Pedro Sánchez endeuda al Estado mientras enriquece a su círculo. El príncipe florentino al menos fingía servir a Florencia. Sánchez sirve a Sánchez
El politólogo de Harvard Steven Levitsky, coautor del concepto de «autoritarismo competitivo», lo ha dicho sin ambigüedades: «No llamaría a España un régimen plenamente democrático hoy». Lo que existe, según Levitsky, es un régimen híbrido: elecciones formales que se celebran, sí, pero con un campo de juego sistemáticamente inclinado. El Departamento de Justicia se ha convertido en un arma contra críticos, universidades, bufetes de abogados y prensa. La manipulación de distritos electorales y el dinero corporativo coaccionado sesgan la competencia. La democracia no ha muerto, pero está prostituida.
España ha entrado en el autoritarismo competitivo, comparable a la Hungría de Viktor Orbán, aunque en el lado opuesto. Destacados historiadores van más lejos: «España es un régimen híbrido con un líder fascista y supuestamente progresista y una Constitución liberal». España a estas fechas es una «anocracia» —democracia defectuosa— y gracias a la gestión de Pedro Sánchez.
Un dictador clásico cierra parlamentos. Sánchez prefiere algo más elegante: usa la ley como garrote y la Constitución como papel higiénico.
Contra el poder judicial: Sánchez y s gobierno insulta rutinariamente a los jueces que fallan en su contra, llamándolos «corruptos», «una desgracia». El mensaje es claro: ningún juez está a salvo.
Contra la prensa: Sanchez veta y critica a la prensa que no le apoya y los acusa de difundir «noticias falsas». El veto no es una anécdota: es la construcción de un ecosistema mediático domesticado.
Contra los ciudadanos: la lógica es simple: gobernar por decreto, confrontar a los tribunales, agotar la resistencia.
Maquiavelo habría reconocido el método: no destruir la democracia de un golpe, sino estrangularla lentamente con sus propias instituciones.
Las elecciones siguen siendo reales, pero los titulares del poder abusan sistemáticamente de las instituciones estatales para inclinar el campo de juego contra sus oponentes. No es una dictadura al estilo de Corea del Norte. Es algo más sofisticado: una democracia de fachada donde el resultado está predeterminado por el abuso estructural.
La buena noticia es que España tiene una sociedad civil vasta, riqueza y un sector privado que diluyen el abuso autoritario. La mala: el relevo electoral no significaría que la democracia sobreviviera intacta. Una vez que las normas se rompen, no se reparan solas.
Maquiavelo terminó El Príncipe con una súplica: que los Medici liberaran Italia de los bárbaros. Pedro Sánchez no ha leído ese final. Él es el bárbaro que Maquiavelo nunca imaginó: uno que usa las urnas como arma y la Constitución como rehén.
La democracia no se pierde en un solo día. Se pierde en miles de pequeños ataques, en cada juez intimidado, en cada periodista vetado, en cada inmigrante abusado, en cada ciudadano engañado. Se pierde cuando un presidente actua como “ un dictador» y nadie lo detiene. Se pierde cuando el pueblo mira hacia otro lado.
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