El termómetro más preciso de la salud de una sociedad no se mide por la cantidad de leyes promulgadas ni por los discursos altisonantes, sino por la fluidez de sus interacciones diarias. Es en la calle, en el transporte, en la cola del mercado o en el gimnasio donde verdaderamente se pone a prueba la calidad de la ciudadanía. Lamentablemente, de un tiempo a esta parte, parecemos haber entrado en una dinámica donde el respeto al espacio ajeno y el sentido del deber colectivo se diluyen frente a la prisa, la conveniencia personal y el individualismo salvaje.
Un ejemplo cotidiano de esta degradación lo encontramos en el tránsito terrestre, un escenario convertido en una jungla sin reglas claras. Resulta indignante observar cómo vehículos particulares y el creciente número de motorizados se apoderan del rayado peatonal, invaden las aceras y acorralan al caminante. La acera, que históricamente había sido el refugio sagrado de las familias y los ancianos, hoy es un viaducto peligroso donde se estacionan y transitan motocicletas a alta velocidad. Tampoco se salvan los propios peatones, quienes a menudo cruzan las avenidas con imprudencia y desdén hacia el semáforo.
A este panorama se suma el grave peligro que se vive en las avenidas principales y autopistas. Filas de motorizados que se desplazan a altísima velocidad por el estrecho canal intermedio entre vehículos, confiando su suerte únicamente al sonido implacable de su corneta. Pareciera que a muchos se les olvida la existencia de un mecanismo llamado freno, limitándose a acelerar en espacios reducidos donde el menor imprevisto desencadena una tragedia. Diariamente presenciamos accidentes lamentables donde la apertura de una puerta o un leve roce termina con el motorizado en el pavimento, pagando con su propia integridad física la falta de prudencia y prevención.
La falta de cortesía al volante no se limita a la invasión de espacios. El principio del paso intermitente en las intersecciones, esa regla básica de convivencia que permite que el tráfico fluya con elegancia y sentido común, ha sido reemplazado por la agresividad y el afán de meter el carro a la fuerza. No ceder el paso al vehículo que cruza, no dar prioridad a las personas mayores o ignorar el derecho de paso de un peatón en un cruce no son faltas menores; son síntomas de una sociedad impulsiva que ha perdido la noción de la empatía y la cortesía elemental.
Esta misma falta de consideración se traslada sin filtros a las dinámicas de la vida comunitaria diaria. El arte de la cola urbana parece haber perdido su código de honor social. El acto de meterse en una fila donde otros han esperado pacientemente para un trámite o compra ya no produce vergüenza en quien lo ejecuta. Se asume la viveza como virtud y el respeto como debilidad. A esto se le suma la indiferencia hacia los adultos mayores o las personas con movilidad reducida, a quienes se les niega el asiento o la preferencia de atención de forma indolente.
Incluso los espacios destinados al esparcimiento y la salud, como los gimnasios, se han transformado en microambientes de insensibilidad. Allí abundan usuarios desconsiderados que acaparan dos y tres máquinas simultáneamente para revisar el teléfono celular, sin importarles el tiempo de quienes esperan su turno. Otros dejan los equipos sudados por no usar toalla —o compartiendo apenas una pequeña entre varios—, mientras abandonan mancuernas y discos regados por el suelo. Esta falta de respeto demuestra que el problema no radica en la infraestructura, sino en la ausencia de una educación ciudadana básica que entienda que todo espacio compartido exige empatía y cuidado mutuo.
A estas conductas indeseables se suman la contaminación acústica descontrolada de quienes colocan música a alto volumen sin importar la hora ni el descanso del vecino, la costumbre de arrojar desperdicios desde las ventanas de los automóviles, el uso abusivo de la corneta en todos los espacios públicos, incluso ante clínicas y hospitales. Todas estas acciones, aunque parezcan aisladas, componen un tejido social fracturado que genera frustración, agresividad y desconfianza constante entre los ciudadanos.
Rescatar la convivencia urbana exige, ante todo, una profunda siembra de educación vial y civismo en todos los niveles. La verdadera libertad no consiste en hacer lo que nos venga en gana en perjuicio del prójimo, sino en ejercer nuestros derechos respetando escrupulosamente los límites que garantizan la paz, la seguridad y el bienestar de toda la comunidad.
*Coordinador Nacional del Movimiento Político GENTE
noelalvarez10@gmail.com
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