Durante cuarenta años no nos fue difícil darle un nombre al régimen que encabezaron Rómulo Betancourt, Raúl Leoni, Rafael Caldera (dos veces), Carlos Andrés Pérez (dos veces, o una vez y media), Herrera Campins y Jaime Lusinchi. La llamamos Democracia representativa o democracia formal que, efectiva e independientemente de sus vicios, equívocos y alguna que otra desviación (muchas, dirían algunos), era un régimen democrático: separación de poderes, libertad de opinión y alternancia política mediante elecciones libres y justas y un compromiso sustantivo y formal entre los actores más significativos: política, económica y sociales del país (ello incluyó a las Fuerzas Armadas y a la Iglesia).
Después vino el chavismo, satanizó la democracia “realmente existente”, dijo sustituirla por lo que llamó “democracia protagónica y participativa” que derivó en un populismo de izquierda sustituyendo al actor ciudadano por el actor “pueblo” que fue manejado, casi a su antojo, por un líder carismático que en ciertos momentos decía ser la reencarnación de Bolívar y en otros, más delirantes, decía ser el mismísimo Jesucristo, lo que motivó a algunos a calificar su régimen como “populismo teológico”, luego se apropió del concepto de Heinz Dietrich de “Socialismo del siglo XXI” y lo hizo pasar como suyo.
Durante su largo gobierno, pocos, poquísimos diría yo, se atrevieron a llamar su gobierno dictadura, a lo mucho que se atrevieron fue decir que se trataba de un gobierno con “pretensión autoritaria”. A su muerte y la llegada al poder de Nicolás Maduro, entonces sí, el régimen derivó en una dictadura dura y pura.
El 3 de enero se extrajo del poder a Nicolás Maduro y a Cilia Flores mediante la intervención armada de EE. UU. con la complicidad de un sector del chavismo (los hermanos Rodríguez y Diosdado Cabello) y, hoy parece más que evidente la participación (por inacción ordenada) de un sector de las Fuerzas Armadas (Padrino López y el Alto mando Militar)
Lo que ha emergido en consecuencia, trata de recomponerse mediante el tutelaje y protectorado de la administración Trump transmutándose en una transición, con “los mismos de siempre” desde hace veintiocho años, cuya naturaleza parece no ir más allá del tutelaje.
A lo que nos “gobierna” se le ha llamado “transición”. Pero, esta no es una definición que nace desde la interioridad de un régimen que parecía deshacerse después 3 de enero, sino, que ha sido impuesto desde afuera por la administración Trump-Rubio. De esos eventos han transcurrido nueve meses y uno se pregunta: ¿qué, carajo, es esto?
Obviamente no es una democracia, ésta, entre otras maneras de definirla, como dice Guillermo O´Donnel es “una apuesta institucionalizada y legalmente sancionada” Y, ya lo sabemos: desde el 3 de enero se hizo con el gobierno, mediante la imposición tutelada por la administración Trump, alguien que no fue electa mediante el sufragio y que al momento de la extracción de los Maduro-Flores era la vicepresidente de un régimen ilegitimo y fraudulento.
¿Estamos acaso frente a un nuevo presente? No. suscribo la sentencia del escritor irlandés, Sebastián Berry, que señala que: “Presente y pasado son lo mismo, aunque no lo parecen”.
Por ahora no estamos frente a una verdadera transición a la democracia. El tutor del régimen sobrevenido no tiene como objetivo exportar la democracia. La llamada “doctrina Donroe” está muy lejos de desarrollar esa idea, lo que, si es inocultable, es su vocación apropiadora (y depredadora) de los recursos naturales (petróleo, minerales estratégicos, oro, etc.), eso explica porque si bien se tomó a la pareja Maduro-Flores por el pelo, los metió en un helicóptero, luego en un barco, y se los llevó a una cárcel de Nueva York no tocó al chavismo, porque “el chavismo, en la modalidad del “Delcinato” o el “Rodrigato”, llámenlo como lo deseen, le es útil (le es sumamente lucrativo), le facilita la extracción de petróleo y minerales y, por supuesto hacer negocios. Además, le permite presentar la acción militar que terminó con Maduro y Flores en la cárcel como el único éxito de su cuestionado gobierno”. Trump es la más cabal expresión de lo dicho por el articulista de El País Manuel Jabois: hay monstruos que se pueden alquilar por horas.
El contexto geopolítico que rodea a Venezuela está conformado por regímenes de derecha, con la excepción hoy de Brasil, por ahora, pues todo parece indicar que Flavio Bolsonaro ganará las elecciones presidenciales contra Lula Da Silva, lo que daría un paso más a la consolidación de regímenes de derecha ya existentes en el continente cuyos gobiernos actuales ya conforman el llamado “Escudo de las Américas”, que se traduce en una “coalición de gobiernos de derecha liderados por Trump”. Gobiernos, que están subsumidos real y formalmente a los designios del presidente norteamericano (Ángel Jaramillo: “Detrás de la nueva derecha norteamericana”. Entrevista en Letras Libres por Fernando García Ramírez).
En ese contexto -me pregunto- ¿hay en Venezuela un proyecto de país que se enfrente al tutelaje que Trump ejerce sobre el país o todos pasan por subsumirse al proyecto Trump-Rubio?
Hasta ahora, “el liderazgo” opositor habla y hace política de manera prudente, con respecto a Trump. Dirigentes, analistas, influencers, etc. insisten, una y otra vez, que, en las circunstancias políticas actuales, asumir el proyecto de Rubio y Trump garantiza una “efectiva democratización”. De allí que casi toda, por no decir toda, la dirigencia política opositora del país dice que ese logro demanda ser políticamente realista políticamente y en consecuencia ser prudente. Eso es una necesidad.
Realismo político y prudencia se asimilan a éxito político. Ángel Flishfish, en “La política como compromiso democrático”, lo sintetiza así: Se es realista para tener éxito y se tiene éxito si se es realista… y para ser realista, en este caso, se tiene que ser prudente. Sin embargo, ello puede “conducir a resultados indeseables, es decir, la negación de aquello que se perseguía”. En este sentido, señalo, cono ejemplo, el momento en el que María Corina Machado hace entrega de su Nobel de la Paz a Trump.
En ese caso, pudiéramos entender la estrategia implementada por MCM, pero la estrategia puesta en marcha estuvo interferida porque ella no tomó en cuenta la maleabilidad, imprevisibilidad y la poca consistencia en el comportamiento político del personaje que es Donald Trump y la “entrega del nobel” a éste terminó por constituirse en un ejercicio vacuo.
En el mismo texto, Ángel Flisfish, plantea que en situaciones de transición de la dictadura o regímenes autoritarios a procesos de democratización la política deviene en lo que él llama “la política que politiza”, caracterizada por un momento político donde los actores políticos y sociales conducen su práctica y acción política para cambiar las reglas y rutinas políticas establecidas en contraposición a lo que él llama “la política politizada” esto es las reglas, rutinas y gramática política, en este caso, autoritariamente establecidas, dentro de cuyos límites se configura el espacio donde es posible hacer política. Por supuesto hacer política fuera de ese espacio impuesto por el régimen autoritario, es considerado como acciones de naturaleza terrorista, conspirativas y sus actores son calificados de delincuentes sociales o cualquier otro apelativo que los haga objetos de persecución.
Esa gramática oficial que durante más de veintisiete años la dictadura ha impuesto estableciendo autoritariamente lo que es políticamente permitido de lo que políticamente no es permitido (por ejemplo, MCM se le impide hacer política) sigue operando después del 3 de enero y le es funcional a los hermanos Rodríguez y sobre todo a los jefes que ejercen la tutela sobre el régimen imponiendo el guion de las tres fases, y que algunos llaman “transición”.
La pregunta que yo me hago es ¿si el sector opositor representado en la “Mesa de negociación” dirigido por Dinorah Figuera y demás diputados de la Asamblea Nacional 2015 puede hacer que esas reglas no operen?
Quisiera estar equivocado, pero creo que ellos no. Carecen de independencia (creo no exagerar si digo que también carecen de creatividad). Su posición dentro de la mesa, en última instancia, y en primera también, está sujeta a las pautas impuestas desde la administración Trump.
Uds. me perdonaran, pero no puedo evitar al ver a Jorge Rodríguez y a la Sra. Figuera dirigirse a los venezolanos al terminar cada ciclo de reuniones de la mesa de negociación como si no fueran peones de una fuerza superior traer a colación un viejo chiste, que ya no sé en donde lo leí, en la que un prisionero de guerra, cuando descubre que el enemigo le va a ahorcar en lugar de fusilar, dice triunfal a sus compañeros de ejecución: “Esto está ganado, no le quedan balas”.
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