Nicaragua no llega sola esta semana a la gran tribuna de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). La precede una preocupación hemisférica que ya quedó expresada en la Organización de los Estados Americanos (OEA) y que ahora encuentra otra formidable vitrina diplomática en Nueva York.
Pero esta vez hay algo más.
Mientras mandatarios y cancilleres participan en el Debate General de la ONU, el presidente Donald Trump ha colocado sobre la mesa una definición que modifica el tono político y estratégico del hemisferio: Estados Unidos no permitirá que amenazas contra sus intereses se afiancen en esta parte del mundo y, de ser necesario, utilizará su poderío militar para defenderlos.
Trump habló del hemisferio, no específicamente de Nicaragua. Pero sería ingenuo analizar semejante declaración como si el nuevo escenario geopolítico terminara en las fronteras de los países mencionados expresamente en su discurso.
Horas después, el propio Trump y el secretario de Estado, Marco Rubio, se reunieron con mandatarios y representantes latinoamericanos del Escudo de las Américas, cuya declaración conjunta incorpora un elemento que hasta hace poco habría parecido impensable: recurrir al Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), mediante la convocatoria de su Órgano de Consulta, para estudiar acciones colectivas contra organizaciones narcoterroristas.
No significa que el TIAR haya sido activado contra Nicaragua ni que exista una decisión militar relacionada con nuestro país. Significa algo políticamente distinto y de enorme importancia: el hemisferio está desempolvando instrumentos de acción colectiva y Washington está proclamando abiertamente su disposición a ejercer poder, incluso militar, cuando considere amenazados sus intereses vitales.
Y Nicaragua no estuvo ausente del escenario.
Durante la reunión del Escudo, el presidente de Paraguay, Santiago Peña, llamó a trabajar por la democratización de Cuba y Nicaragua. Costa Rica, por su parte, insistió en mantener la atención regional sobre la evolución de ambos países.
A ello se agrega otro frente: el Consejo Permanente de la OEA ha fijado la Reunión de Consulta de Ministros de Relaciones Exteriores dedicada específicamente a “la situación en Nicaragua y las acciones apropiadas”.
¡Tremendo combo hemisférico!
Y aunque no deben confundirse los engranajes de esta dinámica, quedando claro que una cosa es el combate contra el narcoterrorismo; otra, la crisis política nicaragüense. Pero ambos acontecimientos revelan una transformación política que Managua no puede ignorar: América está pasando progresivamente del lenguaje de la preocupación y la denuncia al lenguaje de la acción.
En junio pasado, la Asamblea General de la OEA expresó su profunda preocupación por la situación de los derechos humanos y el deterioro del orden democrático en Nicaragua. Reclamó libertades fundamentales, participación política y respeto al Estado de derecho. Ahora la discusión continúa en un ambiente hemisférico mucho más dinámico, lo que obliga a no cerrar los ojos ante una nueva realidad ya en marcha.
Cuando quince gobiernos americanos hablan de acciones colectivas; cuando el TIAR vuelve al vocabulario diplomático; cuando desde la ONU el presidente estadounidense anuncia que ejercerá el poder de su país en el hemisferio cuando considere amenazados sus intereses; cuando dentro del Escudo se menciona expresamente la situación crítica de los Derechos Humanos de Nicaragua, y cuando paralelamente la OEA vuelve a reunir a sus cancilleres para discutir la crisis del país centroamericano, es porque el tablero se está moviendo, no olvidando que, siempre dentro de este eje continental recientemente el Departamento de Estado incluyó a Nicaragua como país de tránsito de drogas, vinculando en este proceso el combate al totalitarismo así como al narcotráfico y el crimen organizado en una misma agenda a combatir.
Y mientras la Gran Manzana reafirma su esplendor entre sus selvas de cemento y Washington conserva en su mármol el lenguaje del poder, Nicaragua busca, entre ambas ciudades, la luz al final del túnel: la de una patria libre, hermosa y valiente.
El autor es escritor nicaragüense exiliado en Estados Unidos. Columnista internacional.
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