Por múltiples estudios es evidente que la democracia viene perdiendo respaldo de los ciudadanos, y la situación tiende a agravarse cada día más.
La democracia no está muriendo porque la gente se fatigara de ella como ideal, lo está porque el ciudadano se ha agotado por no tener el acceso efectivo, oportuno y de calidad a sus derechos y al desarrollo integral dentro de la sociedad para crecer por y con sus propios esfuerzos.
Lo está porque cada día siente que el futuro es incierto, lo está porque los Estados no lo protegen, en especial lo está, porque con sus ingresos ni siquiera logra proveer y alimentar a sus familias.
Con frecuencia nos referimos a la democracia como un valor, como un principio ético y político fundamental que garantiza la dignidad humana, la libertad y la convivencia pacífica, gracias a la voluntad de los ciudadanos.
Ahora bien, según la reconocida conceptualización de Larry Diamond, sociólogo político estadounidense y un académico especializado en estudios de democracia y otros teóricos de la ciencia política, hay cuatro elementos fundamentales de la democracia, siendo estos:
Primero, elecciones libres y justas, las cuales permiten a los ciudadanos elegir a sus gobernantes y cambiar de líderes de forma pacífica y transparente.
Segundo, la participación ciudadana activa, significando que la población participe en la vida cívica y política para influir de esa manera en las decisiones públicas.
Tercero, la protección de los derechos humanos y libertades civiles. Dicho de otra manera, la democracia debe garantizar la libertad de expresión, de asociación y la igualdad ante la ley para todos los habitantes.
Por último, y no menos importante, según Diamond, el estado de derecho asegura que las leyes se apliquen por igual a todos, incluyendo a los propios gobernantes y funcionarios del Estado.
Hasta acá podremos decir que Diamond sienta las bases (a lo menos en teoría) de lo que una democracia debe ser, sin embargo, el alcalde la ciudad de New York, Zohran Mamdani, en una reciente entrevista de manera cruda y sin cortapisas, puso el dedo en la llaga al cuestionarse y señalar: “Pero ¿de qué sirve ese valor si las personas no pueden cubrir sus necesidades básicas?”
Agrego además que: “Mucha gente trabaja en Nueva York, pero no puede permitirse vivir aquí. Para mí, eso representa una amenaza para la democracia tan grande como cualquier otra, porque la democracia debe tener un significado real para la gente trabajadora.”
Indistintamente si se está de acuerdo o no con el pensamiento político de Mandani, si se comparte o no su estilo de gobernar, no hay duda que aterrizo el drama que hoy sufre la democracia, sin teorizar, lo evidencio de la manera más pragmática que se pudiere hacer.
La democracia debe ir más allá del crecimiento económico y examinar las exigencias más amplias del desarrollo económico, incluyendo la necesidad de seguridad económica y social, lo que significa que esta debe además de promover el bien común debe poder garantizar un estado de bienestar para todos los ciudadanos.
En este contexto, los derechos políticos y civiles brindan a las personas la oportunidad de participar en la toma de decisiones, además de llamar la atención con solidez sobre las necesidades generales y exigir acciones públicas apropiadas.
La respuesta del Estado ante el sufrimiento del ciudadano a menudo depende de la presión que estos ejerzan sobre el gobierno. Sin embargo, la democracia, con todas las imperfecciones, es un sistema que permite el ejercicio de los derechos políticos (votar, criticar, protestar, etc.) marcando una diferencia real en los incentivos políticos que operan sobre un gobierno.
El mayor aporte que podemos hacer hoy para revitalizar la democracia es cambiar la forma de entenderla, dejando de verla como un monumento intocable a la que rendimos culto cada vez que hay elecciones, y empezar a usarla como herramienta incluyente y constructora del colectivo social.
Entendido que la supervivencia del sistema no depende de la clase política, sino de cada ciudadano, su rol no termina con el depósito del voto, por el contrario, es ahí donde comienza su construcción.
Así que, si el sistema hoy no está garantizando el bienestar de las mayorías, es nuestro deber usar las reglas democráticas (la crítica, la asociación, la protesta y el voto informado) para forzar un cambio en las prioridades del Estado. Una democracia que no se defiende y se ejerce con fuerza en la calle y en la vida cotidiana, es una democracia que, irremediablemente, morirá famélica por indefensión.
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