EENY, MEENY, MINY, MOE”
De tin marín, de dos pingüé,
cúcara, mácara, títere fue.
Yo no fui, fue Teté,
pégale, pégale, que ella fue.
En política internacional, los principales actores empiezan a echarse las culpas mutuamente. Algo parecido a la famosa retahíla infantil “De tin marín”, que no posee un significado literal claro, pero funciona perfectamente para escoger a alguien: se señala sucesivamente a los participantes hasta que la última sílaba decide quién fue.
O, en términos geopolíticos modernos: quién será Teté esta semana.
Los gobiernos hablan frente a las cámaras mientras los intereses económicos negocian silenciosamente detrás del escenario.
Se pronuncian discursos solemnes sobre la paz, la soberanía y el derecho de los pueblos a defenderse. Pero cuando el precio del combustible comienza a subir, la solemnidad puede evaporarse con mayor rapidez que la gasolina derramada bajo el sol.
Entonces ya no importa únicamente quién inició la guerra, quién invadió el territorio ajeno o quién lleva años destruyendo ciudades. Aparece otra pregunta, domésticamente mucho más incómoda:
¿Cuánto costará llenar el tanque antes de las elecciones?
Y cuando una potencia comienza a medir la política internacional con la aguja de una bomba de gasolina, la diplomacia corre el riesgo de dejar de buscar solamente soluciones para empezar también a buscar culpables convenientes.
Donald Trump quiere detener la guerra en Ucrania.
Al mismo tiempo, su gobierno enfrenta otra preocupación: las consecuencias económicas de los ataques ucranianos contra la infraestructura petrolera rusa.
No es una preocupación insignificante. Ucrania ha intensificado sus ataques contra refinerías rusas, mientras Rusia continúa golpeando ciudades e infraestructura energética ucraniana. Zelensky ha manifestado que su país estaría dispuesto a adoptar medidas de desescalada sobre objetivos energéticos si Moscú hace lo propio.
La idea, sobre el papel, parece bastante sencilla:
—Tú dejas de destruir mi infraestructura energética y yo dejo de destruir la tuya.
Reciprocidad.
Una palabra extraordinariamente sencilla en el diccionario y sorprendentemente complicada cuando llega a una mesa de negociaciones.
Trump ha expresado preocupación por los daños provocados por Ucrania a las refinerías rusas y sus posibles repercusiones sobre el mercado energético. Esa preocupación llega, además, antes de las elecciones legislativas estadounidenses de noviembre, en un contexto en el que los precios de los combustibles y el costo de vida constituyen problemas políticos internos importantes.
Aquí aparece una contradicción que merece atención.
Ucrania no comenzó esta guerra: Rusia lanzó la invasión a gran escala de territorio ucraniano en 2022.
Durante años, Moscú ha atacado la red energética ucraniana, afectando electricidad y calefacción. Ahora que Ucrania ha demostrado capacidad para alcanzar instalaciones petroleras rusas, la destrucción de infraestructura energética ha adquirido una nueva dimensión diplomática.
Uno podría imaginar la conversación:
—Ucrania, por favor, deje de atacar las refinerías rusas.
—¿Y Rusia dejará de atacar nuestra infraestructura energética?
—No compliquemos una negociación internacional con preguntas tan específicas.
Sería la diplomacia del bombero que llega al incendio y descubre que, además del fuego, existe otro problema gravísimo: el agua está mojando la calle.
Pero aquí entra un actor que suele ser olvidado cuando toda la conversación se concentra en Ucrania: el mercado mundial del petróleo no está siendo alterado únicamente por las refinerías rusas.
El estrecho de Ormuz se ha convertido en uno de los grandes epicentros de la crisis energética.
Antes del actual conflicto con Irán, alrededor de una quinta parte del petróleo y gas natural licuado mundial transitaba por esa vía. El tráfico comercial visible se ha desplomado y algunos buques navegan incluso con sus sistemas de identificación apagados.
Y mientras el mundo mira hacia Ormuz, al otro lado de la península arábiga apareció otra sorpresa.
Los hutíes decidieron que una crisis energética internacional todavía tenía espacio para una complicación adicional.
Sus fuerzas avanzaron por la costa occidental de Yemen, tomaron Mocha y alcanzaron posiciones próximas al estrecho de Bab el-Mandeb, la puerta meridional del mar Rojo y otra de las arterias fundamentales del comercio marítimo internacional.
Es decir: cuando el mundo apenas intentaba encontrar una alternativa al problema de Ormuz, alguien decidió colocar otro problema en la puerta de emergencia.
Una eficiencia geopolítica verdaderamente admirable.
Arabia Saudita depende especialmente de la ruta del mar Rojo cuando Hormuz queda comprometido. El avance hutí, por tanto, no constituye únicamente otra batalla perdida o ganada en el interminable conflicto yemení: amenaza con aumentar la inseguridad alrededor de una segunda vía estratégica para el transporte energético.
Y allí comienza a verse la fotografía completa.
Refinerías rusas atacadas.
Infraestructura energética ucraniana atacada.
Hormuz prácticamente estrangulado.
Buques atacados.
Bab el-Mandeb bajo creciente presión.
Los hutíes avanzando.
Y después alguien mira el precio del combustible y concluye:
—¡Zelensky, deja quieta esa refinería!
No porque los ataques ucranianos carezcan de consecuencias económicas. Las tienen. El problema consiste en pretender explicar mediante una sola pieza un tablero en el que casi todas las piezas están incendiándose simultáneamente.
Presentar los ataques ucranianos como explicación suficiente del encarecimiento de los combustibles sería, por tanto, una simplificación. El mercado energético está siendo sacudido simultáneamente por la guerra ruso-ucraniana, la confrontación con Irán, las restricciones marítimas, los ataques contra embarcaciones, el avance hutí y el temor permanente de nuevas interrupciones del suministro.
Pero existe otra dimensión todavía más peligrosa.
Europa.
La guerra de Ucrania ya no puede observarse exclusivamente desde las trincheras ucranianas.
Durante las últimas semanas, gobiernos europeos han denunciado una intensificación de acciones híbridas atribuidas a Rusia. Francia ha hablado de amenazas mediante drones, sabotaje y operaciones cibernéticas. Alemania responsabilizó a Moscú por un incidente con drones en el aeropuerto de Leipzig/Halle; Rusia rechazó esa acusación.
La respuesta de Moscú elevó todavía más la temperatura verbal.
El ministro ruso de Exteriores, Sergei Lavrov, calificó las acusaciones occidentales relacionadas con el episodio de Leipzig como el comienzo, en términos generales, de una “guerra real” y acusó al canciller alemán Friedrich Merz de estar, en los hechos, declarando la guerra a Rusia.
Moscú, por su parte, sostiene que no pretende atacar a Europa y rechaza las acusaciones occidentales de sabotaje y agresión híbrida.
Por eso conviene ser exactos: Rusia no ha anunciado que vaya a atacar militarmente a la OTAN. Pero el lenguaje empleado por ambas partes y las acusaciones sobre operaciones híbridas muestran hasta qué punto la frontera entre la guerra de Ucrania y una confrontación más amplia se ha vuelto políticamente sensible.
Y allí aparece una paradoja digna nuevamente de nuestro De tin marín.
Europa teme que la guerra termine acercándose a territorio de la OTAN.
Rusia acusa a determinados gobiernos europeos de acercar a la OTAN hacia una confrontación con Rusia.
Ucrania sostiene que necesita más apoyo occidental precisamente para impedir que Rusia pueda avanzar más.
Y todos aseguran que el otro está acercando la guerra.
Yo no fui, fue Teté.
Mientras tanto, la OTAN sostiene que permanece vigilante, aunque recientemente señaló que no observaba una amenaza inminente de ataque directo contra la Alianza.
Eso no elimina el peligro de una escalada accidental, una provocación, un error de cálculo o un incidente híbrido que obligue a gobiernos europeos a decidir hasta dónde responder.
Y en geopolítica, los errores de cálculo suelen ser considerablemente más caros que los errores de ortografía.
Europa también enfrenta sus propias contradicciones. Sus dirigentes condenan la invasión, anuncian sanciones y proclaman solidaridad con Ucrania; al mismo tiempo, existen disputas internas sobre costos, defensa, energía y hasta sobre cuánto apoyo debe mantenerse.
Rusia observa.
Irán observa.
China observa.
Los hutíes, evidentemente, tampoco están precisamente distraídos viendo Netflix.
Todos los gobiernos interesados en modificar fronteras, desafiar alianzas o alterar rutas comerciales estudian no solamente lo que las grandes potencias dicen, sino aquello que finalmente están dispuestas a hacer y cuánto tiempo están dispuestas a sostenerlo.
Esa es una dimensión esencial del problema.
No se trata únicamente de las refinerías rusas ni del precio de la gasolina estadounidense. Se trata también de qué condiciones pueden producir una negociación sostenible y qué incentivos generan las concesiones realizadas durante una guerra.
Putin no necesita necesariamente convencer a Occidente de su interpretación del conflicto para obtener ventajas.
Puede apostar por algo mucho más humano:
el cansancio.
Y mientras Washington calcula costos políticos, Europa calcula riesgos militares, Moscú calcula resistencia económica y los consumidores calculan cuánto les costará llenar el tanque, Ucrania calcula cuántos misiles y drones podrá interceptar antes del invierno.
He allí el gran espectáculo de nuestra época:
Rusia reclama garantías de seguridad.
Ucrania exige garantías para su supervivencia y soberanía.
Europa busca evitar que la guerra alcance directamente a la OTAN.
Estados Unidos intenta contener simultáneamente conflictos y costos energéticos.
Irán disputa influencia regional.
Los hutíes avanzan hacia una de las rutas marítimas más importantes del planeta.
Y el ciudadano común únicamente desea saber por qué llenar el tanque cuesta cada vez más.
Trump asegura que quiere detener la guerra. Una negociación sostenible, sin embargo, tendría que definir obligaciones verificables para las partes y mecanismos capaces de hacerlas cumplir.
Porque una tregua energética que únicamente proteja las refinerías de un lado mientras permite continuar los ataques contra la infraestructura del otro difícilmente podría funcionar durante mucho tiempo.
Y aquí regresamos al principio.
Quizás el verdadero problema de nuestra época sea que hemos construido una economía mundial extraordinariamente sofisticada sobre unas pocas rutas marítimas, oleoductos, refinerías y estrechos geográficos capaces de transmitir una guerra ocurrida a miles de kilómetros directamente hasta la tarjeta de crédito de un ciudadano que simplemente quería llenar el tanque antes de ir al trabajo.
Ormuz estornuda y sube el petróleo.
Bab el-Mandeb tose y aumenta el transporte.
Una refinería rusa arde y los mercados hacen cuentas.
Un dron aparece cerca de territorio de la OTAN y Europa contiene la respiración.
Y después comienza la ceremonia internacional de buscar al responsable de la factura.
Washington señala.
Moscú señala.
Teherán señala.
Europa señala.
Kiev señala.
Los hutíes probablemente también señalarían, si no estuvieran demasiado ocupados avanzando hacia Bab el-Mandeb.
Y nosotros, espectadores de esta gigantesca guardería geopolítica con armas nucleares, misiles hipersónicos, drones y barriles de petróleo, terminamos escuchando nuevamente aquella canción infantil:
De tin marín, de dos pingüé,
cúcara, mácara, títere fue.
Yo no fui, fue Teté,
pégale, pégale, que ella fue.
Solo existe una pequeña diferencia.
Cuando éramos niños, quien perdía aquel juego simplemente salía de la ronda.
«En esta ronda, la cuenta puede terminar pagándola el mundo entero con consecuencias inimaginables «
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