En el salón de su casa, la luz no entra de golpe. Entra como quien pide permiso. Ella me recibe con la cortesía de quien aprendió muy joven que la mirada ajena puede ser tanto un altar como una celda. Fue reina de belleza cuando el país aún creía que la perfección se medía en centímetros; luego juró leyes cuando descubrió que las injusticias también tienen rostro; ahora cuida a sus hijos , con amor, mientras negocia con los restos de una exigencia que nunca pidió. Lleva puesta una chaqueta de abogada, pero en los pies unas zapatillas de andar por casa. Esa contradicción es, en realidad, el hilo de esta entrevista. Porque aquí no vamos a hablar de concursos ni de sentencias. Vamos a hablar de lo que ocurre cuando una mujer deja de demostrar y empieza a ser.
1- Cuando leo tu biografía, encuentro tres palabras que la sociedad suele colocar en compartimentos estancos: Miss, abogada, madre. Pero tú las ha habitado de forma simultánea. Si tuviera que elegir una imagen que represente el momento exacto en el que estas tres mujeres que lleva dentro dejaron de negociar y comenzaron a gritar al unísono, ¿qué imagen sería? ¿Dónde estaba, qué veía, qué le dolía?
La imagen que con mayor nitidez contemplo en el espejo de mi vida es aquella en la que sostengo a mis hijas entre mis brazos. Es justo en ese instante, tan frágil como eterno, cuando comprendo que no he dejado de ser abogada ni he renunciado a mi corona de mujer íntegra por el hecho de convertirme en madre. Al contrario: la maternidad ha encendido en mí una responsabilidad más honda, un nuevo desafío que me eleva y me transforma. Tal vez lo más difícil ha sido aprender a habitarme en la multiplicidad de mis roles, a danzar con el tiempo para que cada faceta de quien soy —profesional, mujer, madre— respire, exista y se honre sin traicionar a las demás.
2- Una mujer que estudia leyes sabe que todo contrato tiene letra pequeña. ¿Cuál fue la cláusula que no leíste cuando aceptó que la belleza fuera su pasaporte al mundo? Y más importante: ¿quién la redactó? ¿Su familia, la industria, el espejo?

Considero que portar la corona de reina de belleza no es un camino sencillo. Hay una cláusula invisible, y quizá la más importante de todas, que una debe leer con el alma antes que con los ojos: la de luchar sin tregua contra los estereotipos. Duele decirlo, pero aún hoy se nos niega con demasiada frecuencia la posibilidad de habitar dos reinos al mismo tiempo: el de reina y el de madre, como si la vida nos obligara a elegir. Con eso hay que combatir cada día, con la frente en alto y el corazón firme. Y pienso, profundamente, que esa cláusula no la escribió ningún reglamento humano: la redactó la vida misma cuando puso las oportunidades en mi camino, como un desafío y como un destino.
3- Has sido mirada como pocas personas son miradas. Ahora, desde su ejercicio como abogada y como madre, ¿cómo se sienta en el banquillo del deseo ajeno? ¿Sigue sintiendo la obligación de ser la más bella de la sala cuando defiende una causa, o fue la maternidad la que la absolvió de ese deber?
Siempre he creído que la belleza física no ha sido lo más importante, sino esa otra belleza que no se ve a simple vista: la que se destila en los actos, la que habita en la forma en que una elige vivir y tratar a los demás. Esa es la luz que permanece. Y hoy, la maternidad no ha hecho sino multiplicar esa certeza en mí; me ha dado una fuerza más serena y a la vez más feroz para alzar la voz desde el derecho, para defender con mayor convicción las causas justas. Porque ser madre me ha enseñado que la verdadera belleza se ejerce, se defiende y se co
4- Hay una foto tuya —o quizá no existe, pero debería— en la que apareces con la banda de Miss en una mano y un código legal en la otra. ¿Qué parte tuya tuvo que morir para que ambas pudieran convivir? Porque te pregunto esto con crudeza: la abogacía le exige autoridad; la corona, sumisión estética. ¿A cuál de las dos le costó más perdonar?
Considero que en esta encrucijada de mi vida ha sido necesario construir un equilibrio casi sagrado entre mis dos mundos: mi rol de abogada y mi rol de miss. Ambos laten en mí, me constituyen, forman parte de mi esencia más íntima. Sin embargo, he de confesar algo que me costó sangre y silencio: lo más difícil no fue reconciliarme con la corona, sino perdonar a mi lado de abogada. Porque lo que siempre amó mi alma, lo que desde niña me hizo soñar despierta, fue el universo de las misses. Y durante mucho tiempo sentí que traicionaba ese sueño al ejercer el derecho. Hasta que comprendí que no era una traición, sino una ampliación de mi propio horizonte.
5- Dice una escritora rumana que cuando una mujer pare, algo en ella se vuelve irreductiblemente real. Tú pasaste de ser un ideal —la perfección de una corona— a ser carne que da carne. Describe ese salto sin eufemismos. ¿Fue una pérdida o una fundación? ¿Extrañas la ligereza de ser solo un símbolo?
Dar a luz ha sido, sin duda, el acontecimiento más trascendental de mi vida. Fue ese instante el que me entregó la razón más pura de mi existencia, el motor por el cual avanzar y conquistar nuevas metas. Porque ser madre transforma la vida desde la raíz, la reordena con una dulzura feroz y colma el corazón de una alegría tan honda que no cabe en palabras. Hoy comprendo que el símbolo de ser únicamente una miss ya pertenece a las páginas vividas; ha quedado atrás, en la historia. Ahora toca escribir un nuevo capítulo: la historia de una miss que se convirtió en madre y cuyo amor por sus hijas le transformó el corazón. Ese es el verdadero símbolo que hoy me define: una madre que puede ser, para los demás, ejemplo vivo de lucha y de amor inagotable.
6- Defiendes a otros, pero ¿quién te defiende ? Si tuvieras que llevar su propio caso ante el tribunal de las expectativas femeninas, ¿qué delito te mputarían y cuál sería su mejor argumento para pedir la absolución?
Creo firmemente que lo que me defiende no es un título ni una corona, sino mis propios actos. Es mi persona la que habla a través de cada gesto de amor, de cada acto de caridad y de cada abrazo solidario que entrego a los demás. Tal vez me dirían, en el tribunal implacable de las opiniones ajenas, que no tengo tiempo completo para el derecho ni para los reinados. Pero la verdad, mi verdad, es otra: tengo tiempo para cada cosa importante porque he aprendido a gobernar mis horas con la misma disciplina con la que se sostiene un cetro. Soy una mujer profundamente organizada, y esa es la fuerza silenciosa que me mantiene en pie, triunfante ante cualquier circunstancia.
7- Eres un ideal de mujer para muchas niñas. Ahora te dedicas a tus hijos cría a una . ¿Qué es lo que jamás les pondría en las manos? Y al revés: ¿qué armas —intelectual, emocional, corporal— estás forjando para que carguen con ella sin que nadie pueda arrebatárselas?
Creo que las mejores armas que una madre puede legar a una hija no se forjan en metal, sino en el alma: son los valores, el ejemplo vivo de los actos y el amor incondicional de la familia. Esa es la base fundamental sobre la que se edifica el desarrollo emocional de un niño, el cimiento invisible que sostiene su ser cuando el mundo se vuelve adverso. Porque eso, precisamente eso —los valores, el ejemplo, el amor— no se lo puede arrebatar nadie. Son el único tesoro que crece cuanto más se comparte y la única herencia que permanece intacta a través del tiempo.
8- Sé que has respondido cientos de entrevistas. Pero estoy seguro de que hay una pregunta que siempre te han evitado. Dímela o hazttela y si quieres puedes contestarla aquí en donde sólo te acompañan el papel y tu propia verdad.
Si tuviera que hacerme una pregunta, sería esta: ¿Cómo logras seguir adelante a pesar de tantas pruebas que la vida ha puesto en tu camino? Y me respondería con el corazón en la mano, sin artificios: he podido continuar porque nunca he dejado de luchar por mis sueños, incluso cuando las tormentas arreciaban. Hoy, uno de mis sueños más sagrados ha tomado una forma nueva: ver a mis hijas triunfar en un mundo que a menudo se empeña en ser difícil. Y confío, con toda mi alma, en que el amor, los consejos sembrados con ternura y el buen ejemplo que he procurado darles sean la brújula que las guíe cuando yo no esté para sostenerlas.
9- Cierra esto como si estuvieras escribiendo una carta que tus hijos leerán dentro de veinte años, cuando el mundo ya no te miren como Miss , quizás te miren como abogada o seguramente como el territorio desde el que alguien aprendió a ser libre. ¿Qué frase quiere que les quede grabada?
Quisiera que se les quedase grabada esta frase,
«En la vida aunque las lluvias vienen , luego siempre aparece el arcoiris»
La última respuesta me la da ya de pie, con las llaves del coche en la mano y la urgencia de quien tiene que llegar a casa antes de que la noche se cierre del todo. Me dice: “Lo más valioso que me llevé de los concursos no fue una corona, fue aprender a distinguir cuándo me miraban de verdad y cuándo solo me usaban. Ahora, cuando mis hijos me mira, sé que esa mirada sí es de verdad. Y con eso, ya no necesito nada más.” Cierra la puerta con suavidad. Me quedo solo en el umbral con la sensación de que, en esta hora de entrevista, ella no ha venido a darme respuestas brillantes. Ha venido a mostrarme cómo se sobrevive al hecho de haber sido un símbolo. Y quizá, también, cómo se sale de allí. Afuera, la ciudad sigue su ruido. Pero en mi libreta hay una nota que subrayo tres veces: “La verdadera belleza no es la que se elige; es la que por fin elige uno.”
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