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El Brillante en la orilla que no se rinde: Rafael Urdaneta y la sangre patriota de Santa Rita, Por: Lcdo. Dave Roberth Cepeda Lozano

A 238 años del natalicio del héroe más leal de nuestra historia, recordamos cómo la chispa de la libertad cobró vida en nuestra orilla, donde el ingenio militar de Urdaneta se abrazó al coraje de hombres y mujeres de pura cepa ritera.

Mirar el Lago de Maracaibo desde cualquier rincón de nuestra Santa Rita, sintiendo el golpe tibio de la brisa lacustre en la cara y bajo la pepa de este sol que nos curte la piel, es entender que estas aguas no solo guardan peces y canoas: guardan la memoria viva de nuestra libertad. Hoy, 24 de octubre, cuando todo el Zulia se viste de gala para conmemorar el natalicio del más grande de nuestros hijos, el General en Jefe Rafael Urdaneta, es de estricta justicia histórica poner la mirada de este lado de la orilla. Porque Urdaneta no fue una estatua fría de bronce o mármol; fue un hombre de carne y hueso, con barro en las botas y salitre en el uniforme, que supo que para quebrar el yugo español en el occidente venezolano necesitaba del temple y la bravura de la gente de Santa Rita.

​La playa donde se templó el acero de la Patria (1821)

​Tras el grito libertario del 28 de enero de 1821 en Maracaibo, el reto que se le vino encima a Urdaneta fue monumental. Bolívar le encomendó la Campaña de Occidente para avanzar hacia Coro y Barquisimeto, pero había un nudo gordiano: ¿cómo cruzar un ejército completo con pertrechos, caballos, cañones y provisiones a través del inmenso lago?

​Ahí no había titubeos ni cuentos de camino. Urdaneta puso los ojos en las ensenadas de Santa Rita y Punta de Camacho. En estas playas bendecidas, los vecinos no se quedaron mirando los toros desde la barrera: abrieron sus casas, sacrificaron reses de sus hatos, cargaron tinajones de agua dulce y le ofrecieron cobijo a los más de mil soldados del valiente Batallón Tiradores, comandado por el heroico coronel José Rafael de las Heras. Santa Rita se convirtió en el campamento del honor; aquí tomó aliento el ejército que poco después abriría la ruta victoriosa hacia la sabana de Carabobo.

​Los Urribarrí: Estirpe de titanes en aguas bravas

​En esa epopeya, Rafael Urdaneta no estuvo solo. Contó en Santa Rita con aliados excepcionales que conocían cada recoveco de este lago como la palma de su mano: los hermanos Urribarrí Prieto, patriotas cabales nacidos y criados en este suelo.

​Pedro Lucas Urribarrí: Marino curtido de nuestro pueblo, hombre de palabra empeñada y corazón entero. Pedro Lucas ya venía fogueado de la conspiración de la Escuela de Cristo de 1812. Sin dudarlo dos veces, puso al servicio de Urdaneta sus barcos mercantes y su histórico pailebot Pájaro Verde. Urdaneta vio en él al baquiano insustituible para navegar con seguridad entre orillas y burlar a los vigías enemigos. Ese mismo temple ritero lo llevaría dos años después a cubrirse de gloria junto a Padilla en la Batalla Naval de 1823.

​José Cenobio Urribarrí («El Marino Mártir»): Muchacho guapo y resuelto que no le tembló el pulso para jugarse el pellejo por la República. Perseguido por las autoridades coloniales desde muchacho, se enroló de corazón en la marina patriota. Su entrega en los combates navales del lago le costó la vida en la flor de su juventud, sembrando para siempre su nombre en el alma ritera. Con cuánta razón y orgullo nuestra parroquia lleva hoy su nombre, abrazando con dignidad a Palmarejo y a Punta Iguana.

​La moneda del secreto: Una noche de coraje puro

​La gesta guarda también un episodio de esos que hacen que a cualquier zuliano se le infle el pecho de emoción: la noche de la moneda secreta.

​Horas antes de sellar el pronunciamiento de enero de 1821, la conspiración pendía de un hilo. En Santa Rita vivía una dama de temple de acero, doña María de los Dolores Moreno, y su esposo, el capitán Antonio Castro, marino de confianza absoluta de las tropas libertadoras. En la casa de María Dolores se escondió el secreto mejor guardado: un pliego de Urdaneta que contenía una moneda de plata grancolombiana, el santo y seña sagrado que demostraría a los patriotas marabinos que las tropas de avanzada de Tomás Vega ya estaban en tierra firme ritera listas para entrar en combate.

​En medio de una noche cerrada y picada, con el peligro de las cañoneras realistas al acecho, Antonio Castro se echó al lago a fuerza de remo y vela templada. Burló la vigilancia de los españoles, tocó la otra orilla y puso la moneda en manos del gobernador Francisco Delgado. Al ver la pieza, Maracaibo supo que Santa Rita ya estaba alzada y lista para respaldarla. La bandera tricolor ondeó al amanecer sin disparar un solo cartucho, gracias al arrojo de un matrimonio ritero que no tuvo miedo de dar la cara por la libertad.

​Memoria viva en nuestra ribera

​Hoy, cuando el calendario marca 24 de octubre y el Zulia celebra al ilustre Rafael Urdaneta, Santa Rita no puede guardar silencio. Conmemorar al militar intachable, al amigo leal de Bolívar y al hombre probo es, al mismo tiempo, rescatar del olvido a nuestra propia gente: a los lancheros anónimos, a las mujeres que amasaron el pan del ejército libertador y a héroes de la talla de Pedro Lucas y José Cenobio Urribarrí.

​Somos hijos de esa misma tierra noble, marinera y luchadora. Que cada vez que contemplemos nuestro lago inmenso, recordemos que por estas mismas orillas anduvo Urdaneta y que en cada ola ritera sigue latiendo, con vigor y dignidad, la sangre de quienes nos legaron una patria libre.

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