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El caos como coartada, los venezolanos y la memoria. Por Soc. Ender Arenas Barrios.

Uno lee y escucha los diferentes análisis que se hacen a diario de la situación venezolana sobrevenida después del 3 de enero y poco a poco se observa un ligero cambio en la argumentación de esos análisis sobre la “solución Trump” para la Venezuela post-Maduro.

En su casi totalidad se había asumido, inicialmente, el argumento de la inminencia de un caos que desestabilizaría el país en caso de una transición democrática inmediata.

El relato construido, por la administración Trump (Por cierto, alguien ya sabe a dónde quiere llegar Trump con esta imposición) fue que había que impedir que se repitiera los casos de Irak, Afganistán, Libia. Pero, a diferencia de lo que creen los norteamericanos (¿de verdad lo creen?) Venezuela no es Irak, ni Afganistán ni tampoco Libia, países estos son un entramado complicado de lenguas, religiones y creencias diferentes y hasta contradictorias. Venezuela, es un país homogéneo (étnicamente, también lo es desde el punto de vista religioso y tenemos una lengua en común) y, en general su “cuestión nacional” está resuelta.

¿Peligro de una Guerra civil en el país en el caso de que se haya optado por un escenario diferente al que se adoptó? No lo creo, a pesar de que durante 27 años el chavismo construyó enclaves de poder autoritario en la sociedad civil.

Todavía algunos persisten en esta narrativa y aunque ya se le empieza a intervenir críticamente, el relato Trump-Rubio sigue siendo hegemónico y la palabra “paciencia” empieza a sustituir otras que se habían puesto de moda: “bombardeo quirúrgico”

Otros analistas muy acreditados comienzan a deslizar sus análisis para explicar que los cambios hasta ahora llevados a cabo por el interinato de los Rodríguez parecen estar dirigidos a que sustancialmente no cambie nada. Estos análisis todavía conservan la premisa inicial de la importancia del tiempo como variable fundamental en este proceso de “transición”: insisten en que hay que esperar que se cumplan inexorablemente las tres fases contenidas en el proyecto Rubio.

Y en esas estamos… esperando.

Casi en la totalidad de los análisis se observa un rasgo común: la política deviene siempre en un cálculo instrumental de “los otros”, donde los ciudadanos son simples objetos calculables, medibles, cuantificables, manipulables, incapaces de intervenir autónomamente en el proceso político pues están presos de una regularidad impuesta desde el poder (Trump y el Rodrigato) quien fija su desarrollo.

Por cierto, esta semana la socióloga Mirla Pérez introduce y desarrolla una tesis interesantísima en su nota “Claves silenciosas de la transición venezolana” ( La Gran Aldea, 2/04/2026), en ella señala que: “En un país sometido durante años a presión económica, control institucional, aislamiento social y miedo, el hecho de que la comunidad y la sociedad no hayan sido completamente quebradas no es anecdótico ni constituye un dato cualquiera. Es uno de los significados más relevantes de este momento. Es el punto de partida de cualquier lectura seria sobre la transición. Es el anclaje socio-comunitario hacia la reconstrucción del país y de la democracia” Y concluye que: “en la vida concreta, la expresión “el chavismo no ha podido quebrar al venezolano…” revela que la resistencia no ha sido principalmente política, ni ideológica, ni organizada en términos clásicos. Ha sido vital. Se expresa en lo cotidiano: en la familia que sostiene, en el vecino que resuelve, en la red que aparece cuando todo falla. Allí se deconstruye la dominación política. No como estrategia, sino como forma de vida. Y eso cambia completamente la manera de entender lo que ha ocurrido en el país”

 Ya se leen observaciones y análisis donde se introduce la variable de la psicología colectiva como un factor decisivo, señalando que “…Tras años de crisis, la sociedad venezolana muestra signos de agotamiento profundo. En ese estado, la preferencia por una normalidad imperfecta puede imponerse sobre la aspiración de cambio inmediato. Este desplazamiento reduce el espacio para la confrontación y aumenta la aceptación de soluciones graduales, incluso si implican concesiones significativas”. (De La Cruz, El Nacional, jueves 01/01/2026).

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 Como esta última observación parece estar teniendo peso en la elección “por una normalidad imperfecta” que los venezolanos hacen hoy frente a una crisis que ha destruido sus certezas básicas es que en esta nota yo propongo que los venezolanos antes de dar una respuesta dentro de lo que pudiera llamarse una “racionalidad imperfecta” (el famoso argumento del “mal menor”) hagan memoria.

En este sentido, creo haber leído, en el recientemente fallecido Jürgen Habermas, que rememorar equivale a una especie de “procesamiento de daños” y que la legitimidad, no deviene solo por “el respeto a los procedimientos institucionales”, sino también “por asumir críticamente su pasado (y) recordar sus propias catástrofes”

Los venezolanos que en el pasado apostaron por Chávez y aun por Maduro y que hoy pueden estar pensando que después de 27 años de precariato y sufrimiento no sería nada malo aceptar este presente que nos ha ofrecido Trump (que ha tenido el atrevimiento de sentenciar que es el bien para Venezuela y que es el mal para el país) y los hermanos Rodríguez, ya deben haberse dado cuenta que, como dice David Trueba. “… vivir peor es fácil: solo tienes que dejarte engatusar por las causas equivocadas”

Estoy persuadido que no hay nada más engañoso que este presente y que el actual tutelaje trabaja afanosamente para que los venezolanos vivamos sin pasado, sin futuro y que todo se vuelva un presente continuo e indecible.

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Con motivo del 50 aniversario del terrible golpe que militares argentinos dieron en su país produciendo la catástrofe que dejo 30 mil desaparecidos y más de 500 bebés fueron arrancados de los brazos de su madre, la ensayista y novelista Leila Guerriero se pregunta: “porqué es importante recordar la dictadura militar en la Argentina? Y se responde: Porque ese silencio dice: “no nos arrepentimos”. Porque ese silencio nos dice: “Hicimos lo correcto”. Porque ese silencio nos dice: “Aquí estamos y lo volveríamos hacer”.

¿No es acaso lo mismo que nos dicen los hermanos Rodríguez cada vez que dan sus declaraciones?

Hubo una vez, que, en una entrevista televisada, Delcy Rodríguez hizo una confesión que cayó como una piedra, le dijo al país que su posición en el gobierno chavista le serviría para vengar la muerte de su padre.

Hoy parece haber dejado atrás, su atrabiliario deseo de venganza. Pero, no creo que haya cambiado, tal como nos consta a los que nos hemos tomado el trabajo de lidiar con su trayectoria como gobernante y haber tenido la paciencia de escuchar sus arengas y su apoyo expreso a la sistemática tarea por parte del régimen dictatorial, de la cual era su vicepresidente, de violar los derechos humanos  y asentir expresamente o mediante la omisión de crueles asesinatos como el del concejal Fernando Alban, los jóvenes que, como Juan Pablo Peñaloza, dejaron sus vidas en las calles y avenidas del país o la del teniente Rafael Acosta Arévalo torturado hasta matarlo.  Para nada sería malo que alguien, no su hermano pues él tiene el mismo síndrome, le recordara que “nadie puede vivir bien si odia…. “

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