Un sistema que promete redención y produce ruinas. Que habla de justicia mientras perfecciona la injusticia. Que proclama soberanía mientras negocia desesperadamente aquello que juró defender. Que convierte el hambre en estadística, la pobreza en dependencia, la necesidad en mecanismo de control y la esperanza en propaganda.
Eso es, quizás, lo más perverso del chavismo. No es simplemente un mal gobierno. Tampoco es solamente una dictadura.
Es algo más complejo y más cruel: un sistema que ha aprendido a administrar el sufrimiento de los venezolanos.
Porque el chavismo ya no necesita resolver los problemas. Le basta con administrarlos. Administrar el hambre mediante bonos, administrar la pobreza mediante cajas, administrar la enfermedad mediante hospitales sin insumos, administrar la vejez mediante pensiones que parecen una broma escrita por un funcionario con vocación de verdugo, administrar la desesperación mediante promesas, y administrar la esperanza anunciando, cada cierto tiempo, que ahora sí viene el futuro.
Hay que reconocerle algo al chavismo: ha desarrollado una extraordinaria capacidad para convertir sus propios fracasos en instrumentos de poder. En cualquier país medianamente normal, la destrucción de la economía sería una tragedia política para el gobierno. En Venezuela, la destrucción económica terminó convirtiéndose en un método de control.
La incapacidad existe, por supuesto. Está documentada en las ruinas de PDVSA, en los hospitales, en las escuelas, en los apagones, en las carreteras y en los salarios. Pero después de tantos años sería ingenuo atribuirlo todo a la incompetencia.
Hay sistemas que fracasan porque no saben gobernar. Y hay sistemas que descubren que pueden gobernar precisamente gracias al fracaso. El chavismo pertenece a la segunda categoría. La pobreza genera dependencia. La dependencia produce obediencia. La obediencia se alimenta del miedo. Y el miedo termina llamándose estabilidad.
Ese es el milagro político de la revolución bolivariana: destruir la normalidad y luego exigir gratitud cuando administra sus escombros.
Ahora asistimos a una de las escenas más deliciosamente contradictorias de toda la historia chavista. Durante años nos dijeron que Estados Unidos era el enemigo.
Nos repitieron hasta el cansancio que los “yanquis” jamás volverían a controlar el petróleo venezolano. Que PDVSA era roja rojita. Que el petróleo era del pueblo. Que negociar con Estados Unidos era traicionar la patria. Hablar de inversión extranjera era neoliberalismo. Hablar de privatización era entreguismo. Hablar de acuerdos con empresas estadounidenses era vender la soberanía.
Y ahora resulta que los mismos revolucionarios que convirtieron el antiimperialismo en religión han terminado negociando acuerdos petroleros con Donald Trump. La historia tiene un sentido del humor extraordinario. Delcy Eloína Rodríguez agradeciendo a Donald Trump.
Repito la escena para quienes estuvieron demasiado tiempo bajo un apagón: Delcy Eloína Rodríguez agradeciendo a Donald Trump por un acuerdo petrolero.
Después de décadas escuchando consignas contra el capitalismo norteamericano, ver al chavismo sentado a negociar con el gran ogro imperial es una forma de justicia poética. Verlos tragarse sus palabras produce una satisfacción difícil de describir. Porque durante años insultaron a quienes defendían precisamente lo que ahora necesitan: inversión, capital, propiedad, tecnología, empresas privadas y relaciones comerciales internacionales. Descubrieron, un poco tarde, que las consignas no perforan pozos. Que el antiimperialismo no produce gasolina. Que los discursos no sustituyen la inversión. Que expropiar empresas no crea riqueza.
Y que después de destruir una industria petrolera que alguna vez fue orgullo nacional, resulta necesario llamar a la puerta de aquellos a quienes durante años acusaron de querer robarnos el petróleo.
Hay cierta satisfacción en ver al chavismo tragarse sus palabras. Eso no tiene nombre. Pero leer la contradicción es muy distinto a vivir sus consecuencias. El venezolano de a pie no come de la humillación ideológica del régimen.
Una madre no recupera al hijo que emigró porque Delcy Rodríguez haya descubierto súbitamente las bondades de negociar con Estados Unidos. Un preso político no recupera su libertad porque se anuncien futuras inversiones. Una familia no encuentra a un desaparecido entre los dólares del petróleo. Un jubilado no compra medicinas con discursos sobre recuperación económica.
Y quien perdió veinte años de su vida esperando que Venezuela fuera un país normal no recuperará el tiempo perdido porque ahora el chavismo haya decidido hacerse amigo del capital extranjero.
Ese es el punto que parece perderse entre las celebraciones, las especulaciones y los análisis geopolíticos. La contradicción del chavismo puede ser divertida. Sus consecuencias no. Porque mientras ellos cambian de discurso, el venezolano continúa pagando la factura. La factura de haber convertido al país más rico de América Latina en una nación de emigrantes. La factura de hospitales destruidos, universidades empobrecidas y salarios convertidos en limosnas.
Venezuela es posiblemente el único país del mundo que lleva un siglo sentado sobre una montaña de riqueza esperando convertirse en próspero. Tenemos petróleo desde hace generaciones. Lo que nunca hemos tenido de manera sostenida son instituciones capaces de impedir que quienes gobiernan se roben, destruyan o utilicen políticamente esa riqueza.
El chavismo habla nuevamente de inversiones, crecimiento y recuperación.
Pero hay una pregunta que ningún venezolano debería dejar de formular:
¿Riqueza para quién?
Aquí cabe una frase histórica del escritor George Orwell publica en 1945: «Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros». Se usa en la vida real para señalar la corrupción, el amiguismo o cuando las normas y leyes se aplican de forma estricta a los ciudadanos comunes, pero se ignoran para los gobernantes o personas influyentes.
Porque Venezuela ya tuvo petróleo. Muchísimo petróleo. Y, sin embargo, terminó con millones de venezolanos huyendo del país. El problema nunca fue la ausencia de riqueza. Fue la ausencia de libertad.
Por eso el debate venezolano no puede reducirse a cuántos barriles producirá un nuevo acuerdo petrolero. La verdadera pregunta es qué instituciones impedirán que esa riqueza vuelva a desaparecer. Porque entregar dinero a un sistema corrupto no produce desarrollo. Produce corruptos más ricos. No basta con que el chavismo reconozca, mediante sus actos, que estaba equivocado. El problema es que millones de venezolanos pagaron el precio de ese error. Y algunos lo pagaron con su libertad y su vida. Otros con su familia. Otros con el exilio. Otros con la pobreza.
Por eso el verdadero desafío venezolano no es celebrar que el chavismo finalmente descubra aquello que siempre negaron. El desafío es impedir que vuelvan a utilizar la riqueza nacional para perpetuar el mismo sistema que produjo nuestra ruina. Porque Venezuela no necesita simplemente un nuevo contrato petrolero. Necesita terminar con el contrato histórico entre el poder y el sufrimiento.
Y mientras no rompamos ese mecanismo, podrán cambiar los socios, los discursos, los enemigos e incluso las banderas. Pero Venezuela seguirá siendo gobernada por quienes han descubierto la fórmula más miserable de todas: hacer del sufrimiento de un pueblo un sistema de administración política.
Gervis Medina
Abogado, criminólogo y escritor venezolano.
Recuerda seguirnos en nuestra CUENTA DE INSTAGRAM Y LA CUENTA DE WHATSAPP


Comment here