«La ignorancia puede ser curada, pero la estupidez es eterna».
— Nicolás Maquiavelo
El dominio de la intrascendencia en nuestros tiempos
Vivimos en una época donde la mediocridad y lo simple dominan la escena de las noticias. No es solo una incomodidad, sino la triste realidad hacia la cual actúan instituciones, liderazgos y culturas enteras. Lo que antes se consideraba una deficiencia cultural y de formación académica individual se ha convertido, según diversos investigadores, en un sistema estructural que premia el promedio y deja atrás tanto la incompetencia extrema como la excelencia genuina.
El filósofo canadiense Alain Deneault plantea en su ensayo Mediocracia que la mediocridad dejó de ser un rasgo personal para convertirse en el orden social imperante, donde «la media deja de ser una síntesis abstracta… y pasa a ser el estándar impuesto que estamos obligados a acatar». Según su análisis, hoy se exige a los ciudadanos ser resueltamente promedio: ni tan incompetentes que no puedan funcionar, ni tan competentes que desarrollen una conciencia crítica peligrosa para el sistema. Aquellos con visión, cultura sólida o capacidad de transformar las cosas quedan sistemáticamente marginados.
Esta misma lógica opera en el ámbito político y social más amplio. El escritor español Arturo Pérez-Reverte afirma que tenemos escritores que nunca han leído un libro. Hay flojera para leer y, por lo tanto, incapacidad de ser creativos. Las conversaciones se convierten en simplicidades mediocres, llenas de insultos e improperios ante la falta de argumentos. Sucede tanto en las decisiones de políticas públicas como en la toma de decisiones gerenciales privadas: cuando todas las instancias de la vida de quienes dirigen las sociedades carecen de conocimiento claro o valores firmes, el fracaso institucional se vuelve inevitable.
La mayoría prefiere leer resúmenes o solo el título de una obra literaria o de reflexión; incluso de cualquier tema que en el pasado era la fuerza locomotora para respaldar las decisiones.
Antes de que se hablara de lo intrascendente como sistema, el médico y filósofo argentino José Ingenieros ya diagnosticaba el fenómeno a nivel individual en su clásico El hombre mediocre (1913). Ingenieros define la mediocridad como «tener todo lo necesario para ser y conformarse con nada», una renuncia voluntaria a la propia potencialidad. Para él, la excelencia individual es un motor de progreso colectivo, mientras que la mediocridad actúa como un obstáculo que frena tanto al individuo como a la sociedad que lo rodea.
Este diagnóstico sigue planteando una realidad en la cual los sistemas educativos lucen rezagados en sus programas de estudio, a lo cual se le suma la falta de motivación ante una realidad económica que desnuda sus remuneraciones, las cuales están muy lejanas del valor de la canasta básica.
Ahora, el sostenimiento de las instituciones se fundamenta en mecanismos concretos que explican por qué la mediocridad prospera en las estructuras laborales y de poder. Lo intrascendente, tal como se explica, esconde una pereza intelectual detrás de la aplicación del poder. Algo como decir: «Obedece, que tú no entiendes».
El fenómeno también se ha documentado en el terreno educativo. Diversos estudios hacen ver cómo el concepto de intrascendencia se usó entre 1971 y 1983 en los Estados Unidos para describir el «estancamiento» o «fracaso» de los sistemas escolares; una imagen que resulta perfectamente aplicable a otros ámbitos institucionales actuales.
No todas las voces coinciden en que lo intrascendente o mediocre se manifiesta cuando las personas buscan sobresalir en temas de espectáculo y de moda, lo cual puede dañar la salud y el bienestar.
Resulta más cómodo saber quién hizo el gol que preocuparse por los alcances de una dolarización de la economía o por lo conveniente o no de la firma de convenios petroleros.
Solo importa nuestra rutina, carente de calidad de vida y también de razonamiento.
Así solo triunfan los poderosos. No interesa su contenido, la vida familiar se va en una esperanza que parece lejana y en dejar que otros decidan por nosotros.
José Gregorio Figueroa
@figueroazabala
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