¿Quién es ahora amigo de quién? ¿Y quién pasó a ser el enemigo del otro, dentro del contexto real de lo que actualmente acontece en Venezuela entre los Estados Unidos, la tiranía asesina encabezada por los hermanos Rodríguez y Diosdado Cabello, y la verdadera oposición venezolana presidida por la líder María Corina Machado?
Esta angustiante, pero muy importante pregunta, parece una paradoja. Pero no lo es.
Pasemos al análisis del escenario político actual de Venezuela dominado por intereses comerciales supremos sobre el petróleo y las riquezas minerales de esa Nación. Lo social, por supuesto, no figura como prioridad. Este aspecto ha sido desplazado a un segundo, tercero o incluso quinto plano por parte de los dos actores principales que hoy dominan el tablero: la administración actual de los Estados Unidos y el interinato que gobierna Venezuela como presidente encargado, sin una estructura legal sustentada en elecciones plenamente democráticas.
En este escenario tan deplorable para el pueblo venezolano, lo social queda relegado al último lugar, incluso dentro del llamado plan “Tres Fases”,presentado por el secretario de Estado Marcos Rubio.
Y no es casualidad que lo social históricamente ha sido lo que menos importa, tanto para potencias extranjeras como para dictadores de sus propios pueblos.
Conviene detenerse aquí y precisar qué entendemos por “lo social”: el conjunto de condiciones que garantizan el bienestar humano, la estabilidad económica y la dignidad de una sociedad. Sin ello, ningún proyecto político puede considerarse legítimo en términos humanos.
A lo largo de la historia, en la filosofía política de las luchas por el poder absoluto, ha emergido una idea recurrente: “El enemigo de mi enemigo es mi amigo”. Esta noción, asociada a estrategias de alianzas, tiene raíces en textos antiguos como el Arthashastra de Chanakya (siglo IV a.C.), donde se plantean pactos estratégicos entre reinos. También se vincula con la visión de Sun Tzu en El arte de la guerra, aunque no como una cita literal de la obra, sino como una máxima de pensamiento estratégico ampliamente utilizada en política, guerra y diplomacia.
Ahora bien, al unir esta lógica estratégica con los intereses de quienes la aplican, surge una pregunta inevitable:
¿Por qué el aspecto social se vuelve “irrelevante» en Venezuela en este tipo de escenarios?
La respuesta es más simple de lo que parece: porque el objetivo principal pasa a ser la conservación del poder o la imposición de un proyecto ideológico a cualquier costo para mantener los privilegios y fortunas adquiridas sin ser perseguidos. A ello se suma el control de las inmensas riquezas de una nación, en función de una hegemonía global por parte de la potencia más poderosa del Planeta.
En este contexto, las personas dejan de ser fines y pasan a ser medios: piezas dentro de una maquinaria de poder, control o conflicto. El daño se justifica como “necesario” en nombre de un supuesto bien mayor. La disidencia se reprime o se elimina, y con ella desaparece la presión social que podría corregir el rumbo de los errores.
Para las potencias extranjeras, el cálculo es eminentemente geopolítico: estabilidad, recursos e influencia pesan más que el bienestar de la población local. Y cuando no existen límites claros —instituciones fuertes, prensa libre, oposición real— el costo humano deja de ser un freno y se convierte en una variable más dentro de la ecuación para obtener el control total.
Entonces, ¿qué significa realmente esta frase y por qué la tomo como título de esta columna?
Se trata de una estrategia pragmática, no emocional, que no implica una amistad genuina entre los Rodriguez y la administración actual de los Estados Unidos, sino una coincidencia temporal de intereses.
Dos adversarios pueden cooperar si comparten un objetivo común. En el caso de Venezuela, uno busca perpetuarse en el poder, mientras el otro procura mantener o ampliar su influencia económica y energética.
Pero estas alianzas suelen ser frágiles y transitorias. Una vez desaparece el enemigo común, la relación puede romperse… o, peor aún, mantenerse únicamente mientras resulte útil para una de las partes.
Aquí radica el punto clave: Esta lógica es útil, pero profundamente peligrosa si se interpreta de forma literal.
No garantiza lealtad.
Puede derivar en alianzas inestables o traiciones. Y, como la historia lo ha demostrado, el “amigo” de hoy puede convertirse en el enemigo de mañana.
Por ello, cabe una reflexión final: ojalá esta dinámica no termine marcando negativamente la relación entre los Estados Unidos y la oposición liderada por María Corina Machado. De ser así, el daño para Venezuela sería devastador.
Se correría el riesgo de pasar de una era poschavista-madurista a una nueva forma de dependencia, una especie de “virreinato moderno”, donde la soberanía y la justicia social quedarían subordinadas a intereses externos. Un modelo donde una élite privilegiada, alineada con poderes globales, sustituya al sistema actual sin transformar verdaderamente las condiciones del pueblo.
Sería, en términos simples, cambiar una forma de dominación por otra. Espero sinceramente que este no sea el destino que se esté trazando. Sin embargo, por los vientos que soplan, todo indica que Venezuela se encamina peligrosamente en esa dirección.
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