Opinión

El país de la casa del “pez que fuma” Por Antonio José Monagas @AJMonagas

Las rivalidades políticas infundadas, volvieron un desastre a Venezuela. La praxis política que se apoderó del país, se convirtió en grosera razón para injuriar y desdecir de quienes no comparten posturas únicas. O composturas que se arrogan la presunción de estar por encima del resto de consideraciones, apreciaciones, opiniones o definiciones que puedan perfilar alguna situación crítica o que cuestione tribulaciones de coyuntura política.

La política que está estilándose en medio del desespero en que se sumió el país por culpa de las discrepancias que hicieron lugar común en el activismo político nacional, se ha prestado para acelerar la descomposición social y el arrebato de posiciones alcanzadas en el plano del dominio democrático-institucional.

Traer a colación el recuerdo de la película “El pez que fuma” (1977) del eximio director venezolano, Román Chalbaud, es una manera de referir el embrollo (en todo sentido) que ha resultado del ejercicio de la política nacional. No tanto por las desavenencias que en su centro se  dieron y siguen dándose. Sino también, por las contrariedades que asaltan su dinámica por lo cual, han venido desaprovechándose oportunidades que, a primera vista, tienen la potencialidad para encauzar la democracia extraviada.

Si no es porque el desencuentro entre facciones, que a primera vista parecieran apostar al mismo objetivo, se descontextualiza del espacio político donde “valerosamente” sembraron sus iniciativas, es porque sus planes y programas de activismo político lucen enfoques que ahora suenan divergentes. Sobre todo, al momento de precisar el penúltimo detalle de gestión (para no decir el último antes del último, como generalmente así lo dicen quienes se ufanan de fungir como “líderes políticos”)

Es cuando las facciones políticas que antes se mostraban aliadas en tácticas y estrategias, y hasta unidas para el desempeño y trabajo proselitista, ahora suelen asomar ciertos resquemores ante la posibilidad de que alguna organización político-partidista pueda verse esquilmada por el sectarismo o la soberbia manifiesta mediante algún señalamiento público que excluya o acuse (sin mayor razón) al otro.

Es ahí cuando las pasiones políticas obnubilan la visión que la política responsable debe tener de las realidades en las cuales se debate el país político. También es ahí, cuando afloran los resentimientos que actúan como causa del desarreglo que vive Venezuela en todos sus ámbitos de movilidad, creación y producción. ¿Por qué, entonces, relegar o refutar conceptos que comprometen acciones políticas necesarias? Es el problema que emerge de consideraciones obtusas y desalineadas de lo que concibe la teoría y la praxis política en sus terrenos cognitivos y operativos. Pero igualmente, es el problema que sale a flote de apreciaciones famélicas o enclenques en sentido, cuerpo, magnitud y dirección.

Es el problema propio de quienes, de modo oportunista, viven la política como circunstancia. O de quienes, son arrinconados por el egoísmo y la envidia ante situaciones que difícilmente lograrían emular. Precisamente, por carecer de actitudes y aptitudes característica propia de eunucos políticos.

Por tan patético estilo de comprender el ejercicio de la política, Venezuela se redujo a lo que la cinematografía, en su década de oro, motivó al reconocido cineasta Román Chalbaud a retratar las miserias y precariedades de personas que se matan por migajas. Es así como el guión de la película “El pez que fuma” supo copiar al país enfermo social y culturalmente.

Sólo que ahora, el país padece de la enfermedad que el poder asoma a través de un ejercicio de la política gravemente equivocado. Más, cuando la crisis que afectó el comportamiento político de los actuales dirigentes, hizo que se reprodujeran los problemas que caracterizaron el bar-prostíbulo “El pez que fuma”. O sea, las traiciones, acusaciones y apetencias desbocadas. Es lo que lleva a que surjan deformantes rivalidades como conductas que desdibujan la política en Venezuela. O sea, algo que puede parafrasearse desde las realidades que forman parte de lo que cabe en lo que pareciera ser el país de la casa del “pez que fuma”.

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