La crisis eléctrica en Maracaibo no se mide únicamente en horas sin servicio, sino en el impacto psicológico y económico de un sistema que no da tregua. Este fin de semana largo de junio de 2026 volvió a poner a prueba la resistencia de los zulianos, quienes enfrentaron una jornada de fluctuaciones continuas que reactivó el estado de alerta permanente en los hogares.
El temor a perder los electrodomésticos, en una economía donde reponerlos es casi imposible, marcó el ritmo de un sábado y un domingo críticos.
El sábado la inestabilidad del fluido eléctrico fue inclemente. Se registraron al menos diez fluctuaciones severas a lo largo de todo el día. En las viviendas de la ciudad, la rutina se transformó en una carrera de obstáculos: escuchar el clic de los protectores, correr a desenchufar las neveras y esperar con incertidumbre.
El peligro es constante, ya que tras un bajón severo, el retorno abrupto de la energía suele golpear con un voltaje capaz de quemar cualquier equipo que permanezca conectado.
Hoy domingo el panorama no muestra mejoría y mantiene el mismo patrón de inestabilidad. A las constantes fluctuaciones se suman cortes sorpresivos del servicio, algunos de unos 20 minutos, que rompen el descanso familiar. Para los habitantes del Zulia, la situación genera una paradoja desgastante: el momento en que se intenta reconectar un aparato tras el regreso de la luz coincide muchas veces con el siguiente bajón, anulando cualquier intento de proteger los bienes básicos del hogar.
Esta realidad se vive con especial angustia en la parroquia Manuel Dagnino, donde habita Yusleny. Su caso ilustra el ciclo de pérdida y sacrificio que define al marabino. En el año 2017, las fallas eléctricas le quemaron los cuatro aires acondicionados de su casa. Le tomó cuatro años de enorme esfuerzo familiar y el apoyo económico indispensable de sus hijos en el extranjero para poder adquirirlos de nuevo en 2021.
Este fin de semana, al ver parpadear las luces de su hogar una y otra vez, Yusleny revivió el trauma del pasado. Hoy la invade el miedo latente de quedar nuevamente desprotegida ante el clima de la ciudad, reflejando el agotamiento de una población que siente que su esfuerzo se desvanece con cada bajón.
Más allá del daño material evidente en los protectores y compresores, el verdadero estrago de este fin de semana se mide en el plano emocional. La incertidumbre crónica de no saber en qué momento se dañará el patrimonio familiar genera un estado de ansiedad continuo.
Los ciudadanos viven con la certeza de que su salario actual no les permite comprar una nevera o un aire acondicionado nuevo si estos se dañan. Como coinciden muchos vecinos de la entidad, ya no hay cuerpo ni equipo que aguante este ritmo de vida.
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