Opinión

Hastiado de discursos (baratos) Por Antonio José Monagas

En política, son muchas y variadas las concepciones sobre lo que significa el término “gobierno”. Asimismo, el vocablo “régimen”.

Aunque presumen condiciones que exageran o exacerban implicaciones propias de la política, todas se pasean por alusiones que rayan en la apología de la filosofía política, hasta aquellas que ironizan la vida. 

No obstante, las realidades son inexorables. Como dice el buen refrán: “no se puede tapar el sol con un dedo”. Aún así, hay definiciones que pretenden encubrir verdades no sólo inocultables. También, contundentes en virtud del impacto político y social que inducen sus efectos.

Muchos de los problemas propios de situaciones que comprometen complicadas realidades, son causados por la carencia de una cultura política. Esto hace discernir -equivocadamente- al individuo de condiciones manipuladas por la demagogia y el populismo en que se debaten las aludidas realidades políticas. 

Venezuela se convirtió en escenario favorable al opaco propósito de usurpar derechos fundamentales. Es así que quienes ilegítimamente gobiernan, se permiten azuzar u hostigar condiciones para entonces ganar espacios políticos que afiancen, aunque ilegal e inconstitucionalmente, la detentación del poder.

Para lograr tan pérfidos objetivos, en nombre de ideologías, principios, valores  y  hasta de la misma historia, estos gobernantes asumen posturas y decisiones contradictorias. Que chocan con preceptos constitucionales, tanto como con leyes orgánicas que rigen la materia político-administrativa-fiscal-económica-social. En consecuencia, las realidades que se otean en el país dan cuenta de decisiones de gobierno y comportamientos de altos funcionarios que resultan reprensibles en virtud de ser atentatorios contra el Estado de Democrático y Social de Derecho y de Justicia que aduce la Carta Magna. Y de todo esto, la prensa libre es testigo fehaciente. Igualmente, las redes sociales.

En veintidós años de mal gobierno “socialista”, mucha agua ha corrido debajo del puente. Así puede parafrasearse la variedad de situaciones que han determinado el devenir de Venezuela. Devenir éste que ha ocurrido en medio de una permanente y aguda agitación. De amenazas se hace fácil cambiar a discursos cargados de promesas o de pesados anuncios que no terminan en nada. 

¿Hacia dónde conduce tanta opacidad?

La vida nacional ha venido siendo atiborrada de meras intenciones, pero escasa de realizaciones que calcen con las necesidades más reclamadas. Mientras la dinámica política gubernamental le imprime tal grado de incertidumbre al país, la población sigue a la expectativa de concreciones acordes con el declarado desarrollo que acucia la mal llamada “revolución”. 

Sin embargo, el régimen persiste en imponer un estilo que apenas sirve para etiquetar un fantasioso rumbo nacional. Esto hace que los precarios esfuerzos que dicen adelantar, incluso en contrario con el manojo de impedimentos sancionados en su contra por el gobierno norteamericano, se esfumen precipitadamente. 

Es por tanto como las improvisaciones se destapan provocándose el mayúsculo desorden que incita la exigua gestión pública realizada. Al final de todo, el país sigue transitando desnivelado. Peor aún, agobiado de promesas que surcan por donde pueda penetrar el ojo. Promesas que se esfuman tan inmediatamente como son declaradas. Y es lo que lleva a que el país político se vea y se sienta, hastiado de discursos.

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