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HEGEL EN MIRAFLORES. El amo que terminó dependiendo del esclavo. Por: Gervis Medina

Hay filósofos que escriben libros y hay filósofos que, sin saberlo, escriben países. Hegel murió en 1831, mucho antes del petróleo venezolano, de Hugo Chávez, de Nicolás Maduro, de las bolsas de comida, de los controles de cambio y de esa extraordinaria habilidad criolla para convertir una tragedia nacional en una cadena de televisión. Sin embargo, basta releer su famosa dialéctica del amo y el esclavo para sentir la incómoda sospecha de que el viejo alemán, en algún momento de su Fenomenología del Espíritu, estaba mirando hacia Caracas.

Hegel sostenía que la conciencia humana necesita reconocimiento. No nos basta simplemente con existir: necesitamos que otro reconozca nuestra existencia, nuestra dignidad, nuestra voluntad. El problema comienza cuando dos conciencias no buscan reconocerse mutuamente como iguales, sino imponerse una sobre la otra.

“Hegel Nunca conoció Miraflores, nunca vio una cadena presidencial y jamás recibió una bolsa CLAP. Sin embargo, escribió una teoría que parece explicar buena parte de nuestra tragedia política.”

Entonces aparece el amo.

Y también aparece el esclavo.

Aclaro algo antes de que algún funcionario de la corrección política solicite una comisión investigadora: no estoy llamando esclavo al venezolano. Utilizo la figura filosófica hegeliana para explicar una relación política en la cual un poder pretende convertir al ciudadano autónomo en un individuo dependiente, agradecido y obediente.

La historia contemporánea venezolana puede leerse precisamente desde esa perspectiva.

El proyecto político que prometió liberar al pueblo terminó necesitando un pueblo dependiente para sobrevivir. Esa es quizá una de las grandes ironías de nuestra historia reciente. Se habló durante años de emancipación mientras se construían mecanismos de dependencia; se proclamó la dignidad mientras se acostumbraba a millones de personas a solicitar del Estado aquello que anteriormente debían obtener mediante instituciones funcionales, salarios suficientes, trabajo productivo y una economía razonablemente normal.

El ciudadano comenzó a dejar de ser ciudadano para convertirse en beneficiario.

Y un beneficiario siempre parece deberle algo a su benefactor.

Primero se destruye su independencia y después se le presenta la dependencia como una conquista social. Es una operación política extraordinaria: romperle las piernas a alguien, regalarle unas muletas y esperar que agradezca eternamente la generosidad del ortopedista.

Allí comienza nuestra dialéctica venezolana del amo y el esclavo.

El poder dice: “Yo te alimento”.

Pero necesita que exista hambre.

Dice: “Yo te protejo”.

Pero necesita que exista miedo.

Dice: “Yo te doy vivienda”.

Pero necesita que el ciudadano olvide que aquello que recibe fue financiado con recursos que también le pertenecían.

Dice: “Yo te garantizo derechos”.

Pero convenientemente omite explicar que un derecho que depende de la benevolencia del gobernante deja de comportarse como derecho y comienza a parecerse demasiado a un favor.

El amo venezolano consiguió durante años exactamente lo que quería: obediencia, propaganda, culto político, funcionarios reverentes, instituciones subordinadas y ciudadanos haciendo interminables filas frente al poder.
Pero aquí aparece Hegel para arruinarle la fiesta.

Porque el amo que domina termina dependiendo del dominado.

El poder venezolano necesitaba al ciudadano mucho más de lo que estaba dispuesto a reconocer. Necesitaba su voto, su silencio, su miedo, su presencia en concentraciones, su obediencia burocrática, su aceptación del relato y, sobre todo, necesitaba convencerlo de que fuera del Estado no existía vida posible.

El supuesto amo comenzó a vivir psicológicamente del esclavo. Sin obediencia no había autoridad. Sin propaganda no había épica. Sin enemigos no había revolución. Sin pobres no había redentores.

Y sin personas esperando una dádiva, el gran benefactor estatal habría tenido que enfrentarse a una pregunta terrible: ¿para qué necesitamos al amo?

Por eso los gobiernos autoritarios temen especialmente al ciudadano que no necesita pedir permiso.

Temen al empresario independiente, al periodista que pregunta, al profesor que piensa, al comerciante que produce, al joven que emprende, al intelectual que contradice, al trabajador que comprende cuánto vale realmente su esfuerzo y al individuo que descubre que la dignidad no viene empaquetada dentro de una bolsa entregada por algún ministerio.

El hombre económicamente independiente representa un problema político para cualquier estructura basada en la dependencia.

Porque puede decir no. Y pocas palabras son más revolucionarias que esa.

Hegel sostenía, paradójicamente, que mientras el amo disfrutaba del producto elaborado por otro, el esclavo entraba en contacto directo con la realidad mediante el trabajo. Transformaba la naturaleza y, al transformarla, terminaba transformándose a sí mismo.

Algo semejante ocurrió con millones de venezolanos.

Cerca de 8 millones de refugiados y migrantes venezolanos habían salido del país según datos internacionales recopilados hasta finales de 2025.

Esa gigantesca diáspora constituye una de nuestras mayores tragedias. Familias separadas, padres envejeciendo sin hijos, abuelos criando nietos, profesionales comenzando nuevamente desde cero y una generación entera aprendiendo la geografía del mundo mediante aeropuertos, terminales y fronteras.
Pero ocurrió también algo filosóficamente fascinante.

Muchos venezolanos descubrieron fuera aquello que el sistema había tratado de hacerles olvidar dentro: que podían producir, competir, ahorrar, emprender, aprender, equivocarse, comenzar nuevamente y construir una vida sin esperar autorización política.

El inmigrante venezolano que vendió café, condujo un taxi, abrió un restaurante, creó una empresa, trabajó en un hospital, programó computadoras o cargó cajas durante doce horas experimentó una versión brutal de la lección hegeliana.

El trabajo transforma el mundo, pero también transforma al trabajador.

Quien descubre que puede mantenerse por sí mismo comienza a mirar al antiguo amo con otros ojos.

Ya no parece gigantesco.

De hecho, empieza a parecer bastante pequeño.

La Venezuela de 2026 introduce ahora otra paradoja. Nicolás Maduro dejó el poder a comienzos del año y Delcy Rodríguez encabeza interinamente un proceso que oficialmente habla de transición y futuras elecciones. Sin embargo, organismos internacionales han advertido que muchas estructuras institucionales y mecanismos vinculados a la represión permanecen sin reformas profundas, mientras continúan existiendo detenciones arbitrarias y serios problemas de independencia institucional.

Y allí aparece nuestra verdadera pregunta histórica.

¿Basta con cambiar al amo?

Hegel probablemente respondería que no.

Una sociedad no alcanza la libertad simplemente porque cambia el rostro colocado sobre la pared de una oficina pública. Puede cambiar el presidente, el uniforme, el partido, el lema y hasta la fotografía oficial mientras continúa intacta la relación fundamental entre gobernante y gobernado.

Una república de ciudadanos libres no necesita un amo bueno.

Necesita dejar de necesitar amos.

Ese quizá sea el debate más importante para la Venezuela que intenta reconstruirse.

Porque sería trágico salir de un autoritarismo para conservar intacta la cultura política que lo hizo posible: el caudillismo, la adoración del Estado, el paternalismo, la búsqueda obsesiva del salvador, la idea de que Miraflores debe resolver nuestra existencia y esa curiosa tradición venezolana de esperar al próximo mesías mientras culpamos al anterior.

Hemos tenido suficientes salvadores.

Quizá ha llegado la hora de tener ciudadanos.

La libertad política necesita instituciones, separación de poderes, justicia independiente y elecciones auténticamente competitivas. Pero también necesita algo más difícil de decretar: una transformación cultural.
Necesitamos personas que comprendan que el Estado debe servir al ciudadano y no educarlo para servir al Estado.

Que el político es empleado y no propietario del país. Que el dinero público no pertenece al gobierno. Que recibir recursos estatales no obliga moralmente a entregar la conciencia. Que disentir no convierte a nadie en enemigo. Que trabajar, crear, comerciar, poseer y prosperar no son pecados sociales.

Y que ningún gobernante tiene derecho a pedir agradecimiento por respetar derechos que jamás debió vulnerar.
Aquí la dialéctica hegeliana adquiere finalmente su sentido venezolano.

El amo pierde verdaderamente cuando el esclavo deja de reconocerse como esclavo. No cuando lo insulta. No cuando cambia de amo. No cuando sustituye una bandera por otra.

Pierde cuando el individuo comprende que puede vivir sin él.

La gran revolución venezolana pendiente, por tanto, quizá no ocurra dentro de un palacio. Ocurrirá dentro de la conciencia.

El día que suficientes venezolanos dejen de preguntar “¿qué me dará el gobierno?” y comiencen a preguntar “¿por qué el gobierno tiene tanto poder sobre mi vida?”, la relación habrá comenzado a invertirse.

Ese día Hegel dejará de ser solamente un filósofo alemán difícil de leer y se convertirá en testigo involuntario de nuestra liberación.

Porque al final la tragedia venezolana nunca consistió únicamente en que existieran hombres deseosos de convertirse en amos. Esos abundan en toda la historia humana.

Nuestra tragedia fue construir instituciones que les permitieron serlo.

La tarea que viene no consiste en encontrar un amo más amable, más moderno, más sonriente o mejor asesorado. Consiste en construir una sociedad en la que ser amo resulte imposible.

Y quizá entonces descubramos la última ironía de esta historia: el venezolano nunca necesitó un amo.
Era el amo quien desesperadamente necesitaba al venezolano.

Y aquí nace una pregunta: ¿puede Venezuela ser políticamente libre mientras el venezolano siga esperando del poder un amo benévolo?

Gervis Medina
Abogado, criminólogo y escritor venezolano

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