Opinión

Cuando la indiferencia mata: el peligro de perder la humanidad Por Virginia Contreras

humanidad

La indiferencia frente al sufrimiento ajeno es un fenómeno social capaz de erosionar la ética colectiva y debilitar la cohesión de las sociedades. Este artículo analiza sus raíces psicológicas, sociales y culturales, así como sus consecuencias éticas y políticas, con énfasis en el contexto venezolano. Se exploran mecanismos de deshumanización, polarización interna y normalización del daño indiscriminado, así como el efecto estructural que la indiferencia produce al debilitar la exigencia de responsabilidad frente a la violencia. A partir de ejemplos contemporáneos y referencias históricas, se argumenta que ninguna reconstrucción democrática es posible sin una transformación ética previa en la conciencia individual.

Introducción

En enero de 2026, un ataque militar en Venezuela dejó más de cien personas afectadas, con graves daños físicos, psicológicos y sociales. Más allá de la magnitud del hecho, resultó inquietante la reacción de parte de la opinión pública: indiferencia, e incluso aprobación, bajo la premisa de que las víctimas estaban asociadas a un determinado sector político. Lo más sorprendente es que la mayoría eran personas comunes y corrientes, cuyo único hecho relevante fue encontrarse allí cuando ocurrió el ataque.

Cuando el sufrimiento humano comienza a evaluarse según afinidades ideológicas o proximidad circunstancial, se produce una fractura ética profunda. La identificación automática de víctimas con estructuras de poder transforma personas concretas en símbolos colectivos, desplazando su humanidad individual. Y cuando eso ocurre, la empatía se debilita. La indiferencia no es nueva en la historia humana, pero su normalización es lo preocupante: cuando el dolor ajeno deja de importar, se erosionan los fundamentos morales que sostienen la convivencia y la reconstrucción democrática.

I. Desensibilización y fatiga emocional

La exposición constante a guerras, conflictos y tragedias produce lo que la literatura psicológica denomina fatiga por compasión (Figley, 1995). La repetición del sufrimiento disminuye la respuesta empática y puede generar desensibilización emocional (Carnagey et al., 2007).

Cuando esta desensibilización se transforma en aceptación moral del daño, el fenómeno adquiere también una dimensión ética y política.

II. Violencia moderna y normalización del daño indiscriminado

La violencia contemporánea, aun cuando se presenta como estratégica o dirigida, rara vez es completamente selectiva. Sus efectos alcanzan a personas que no toman decisiones políticas ni militares. El daño colateral —físico, psicológico y social— forma parte de la realidad de los conflictos armados.

El problema no es únicamente la existencia del conflicto, sino la reacción social frente a sus consecuencias. Cuando las víctimas son percibidas como “merecedoras” del daño por su supuesta afiliación política, se introduce la lógica del castigo colectivo. La responsabilidad individual se diluye y se acepta implícitamente que ciertos ciudadanos son sacrificables.

Este fenómeno se agrava cuando la sociedad utiliza su propio sufrimiento para justificar o relativizar el daño a otros. Expresiones como “yo también he sufrido”, “mi familia lo perdió todo” o “llevamos años de oprobio” funcionan como racionalizaciones que desplazan la compasión y permiten normalizar la violencia.

III. Distancia psicológica y deshumanización

La teoría de la distancia psicológica (Trope & Liberman, 2010) explica que cuanto mayor es la distancia percibida entre “nosotros” y “ellos”, menor es la empatía hacia el otro. En contextos polarizados, esta distancia se intensifica. La deshumanización (Haslam, 2006) facilita este proceso: el adversario deja de ser individuo y se convierte en categoría.

Un ejemplo contemporáneo es Gaza. Tras el ataque de Hamás contra Israel en octubre de 2023, parte del discurso público asoció automáticamente a la población palestina de la Franja con esa organización armada. La pertenencia territorial se convirtió en identidad política, y la muerte de civiles empezó a justificarse como efecto colateral aceptable. Esta racionalización desplaza la atención de la humanidad de cada víctima y reduce la exigencia de responsabilidad, garantizando la impunidad de quienes ejercen la violencia.

No se trata de una cultura específica ni de una religión determinada; se trata de un mecanismo humano recurrente: cuando las víctimas son vistas como símbolos o categorías, su humanidad desaparece, y la sociedad pierde la capacidad de responder ética y moralmente.

IV. La indiferencia como legitimación pasiva

La indiferencia no es neutral. Cuando se acepta que quienes sufren o mueren “algo habrán hecho” por pertenecer a un grupo, se reduce la presión moral, social y política para exigir responsabilidad, investigación y reparación. La apatía colectiva funciona como permiso implícito. La violencia deja de ser un hecho que demanda justicia y se convierte en un acontecimiento tolerado o relativizado. En ese contexto, la rendición de cuentas se debilita y quien ejerce la violencia se beneficia de la fragmentación moral de la sociedad.

V. Consecuencias para Venezuela

Si la indiferencia se consolida como patrón cultural, las perspectivas de reconstrucción democrática se reducen:

  • Se fortalecen los ciclos de revancha.
  • Se profundiza la fragmentación social.
  • Se debilita la confianza interpersonal.
  • Aumenta el riesgo de radicalización futura.

Desde la perspectiva de seguridad nacional, la deshumanización interna reduce la resiliencia social y amplifica la vulnerabilidad frente a crisis posteriores. Las sociedades que legitiman el sufrimiento del “otro” se debilitan desde dentro.

VI. La reconstrucción comienza en la conciencia individual

Ninguna sociedad puede reconstruirse únicamente mediante reformas institucionales. La reconstrucción ética precede a la reconstrucción política. Si una sociedad pierde la capacidad de reconocer el dolor del otro —incluso cuando ese otro piensa distinto—, la reconciliación se convierte en discurso vacío. La normalización de la indiferencia se infiltra en la vida cotidiana: en la familia, en la comunidad, en el tejido social. Una cultura que legitima el sufrimiento ajeno como castigo político erosiona sus propios vínculos internos. La reconstrucción de un país comienza en un acto íntimo: rechazar la idea de que una diferencia ideológica convierte a un ser humano en descartable.

VII. Breve referencia histórica: Alemania y la reconstrucción ética

La experiencia alemana posterior a la Segunda Guerra Mundial ilustra un principio central: sin una cultura de reconciliación, humanización y respeto al sufrimiento ajeno, ninguna reconstrucción profunda es posible. Alemania dedicó esfuerzos a educar a las nuevas generaciones y fomentar la memoria crítica, pero el eje del éxito estuvo en transformar la conciencia colectiva: reconocer la dignidad del “otro” y rechazar la indiferencia frente al sufrimiento. Esta capacidad ética fue la base sobre la cual se reconstruyó una sociedad democrática y estable. La lección para otras sociedades es clara: la reconstrucción comienza en la conciencia individual y colectiva antes que en cualquier institución o política formal.

Conclusión

La indiferencia no es simplemente ausencia de emoción; es una posición moral. Cada vez que aceptamos que el sufrimiento de otros es “merecido”, debilitamos el principio que nos protege a todos. La violencia indiscriminada no distingue entre bandos cuando se normaliza. Hoy puede afectar a quienes consideramos adversarios. Mañana puede alcanzar a cualquiera. La reconstrucción democrática no comienza en decretos ni en discursos oficiales. Comienza en la conciencia individual, en la decisión de reconocer la dignidad humana sin condiciones políticas. Sin esa base ética, ninguna sociedad puede aspirar a reconstruirse verdaderamente.

Virginia Contreras para Caiga Quien Caiga

Abogada, especialista en seguridad y defensa, consultora en gobernanza y derechos humanos.

Bibliografía

  • Arendt, H. (1963). Eichmann in Jerusalem.
  • Bauman, Z. (1989). Modernity and the Holocaust.
  • Bandura, A. (1999). Moral disengagement in the perpetration of inhumanities.
  • Carnagey, N. L., Anderson, C. A., & Bushman, B. J. (2007). Desensitization to violence.
  • Figley, C. R. (1995). Compassion Fatigue.
  • Haslam, N. (2006). Dehumanization.
  • Trope, Y., & Liberman, N. (2010). Construal-Level Theory.
  • Cohen, S. (2001). States of Denial.
  • Decety, J., & Ickes, W. (2009). The Social Neuroscience of Empathy.

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