Opinión

Jugar sucio, vieja praxis política Por Antonio José Monagas

Nunca se había entendido la política de la manera como ahora se pretende. Bien pareciera que el mundo se volvió bizarro. Es decir, “al revés”. 

Lo que antes podía comprenderse constructiva y motivadoramente, se procura de modo contrario. Entre sus causas, posiblemente, pudieran reconocerse razones en una perversa dinámica política y económica que incita trastocadas actitudes. Todas, capaces de generar comportamientos torcidos que no atinen a comprender el mundo con medida, racionalidad, equilibrio y ecuanimidad. Asimismo, capaces de justificar argumentos propios de una carencia de propósitos que sigan una pauta, un orden o un método asociado a valores que exaltan respeto, tolerancia, solidaridad y pluralidad. En consecuencia, se apuesta a la falta de una convivencia que dignifique y evidencie la vida en todos sus sentidos.

Por eso, jugar sucio es una antigua praxis política. Es significado no sólo de trampear procesos y procedimientos a fin de lograr triunfos amañados mediante burda manipulación, chantaje y amenaza. Es igualmente, forzar situaciones para así aparentar realidades que resulten finalmente falsas. 

Además, a través de la fuerza se plantean la coacción y la compulsión. Por ello, se acude al engaño y la mentira. En otras palabras, estos agentes políticos se valen de la demagogia, la argucia y la malevolencia para alcanzar un estado de hechos el cual sirve de medio para imponer un modelo de gobierno dominado por la intemperancia. Un modelo  populista con sus componentes de opresión, autoritarismo y arbitrariedad disfrazados de “despotismo”.

Este preámbulo retrata precisamente el caso Venezuela. Más, toda vez que la presunción de una mal llamada “revolución bolivariana” ha derruido el esfuerzo -mal que bien- alcanzado en décadas recientes en aras de disfrutar el estado de bienestar que merece el pueblo venezolano. Sin embargo, los resultados que exhibe el país dejan ver una implacable  y desvergonzada postración de sus instituciones ante la ilusa pretensión de quien ostenta el poder político. Este, en provecho de una condición política que asume y ejecuta en perjuicio de la nación venezolana. 

La obstinada intención del gobernante de haber enmendado la Constitución de la República, sancionada en 1999, sólo por la reelección en cargos políticos, al margen de principios jurídicos que exhortan la alternabilidad, la justicia social y la probidad como praxis de gobierno, reflejan el descomunal abuso por el cual se permite a altos funcionarios, hacer “lo que el antojo le apetezca”. 

No hay medida alguna que restrinja la naturaleza de las decisiones tomadas por el autoritarismo del régimen. Desde las económicas y financieras, hasta las organizacionales y administrativas.  Pasando por aquellas que comprometen la moralidad y ética pública. Todo lo que con base en tan repugnante intención es posible llevarse a cabo, no es escatimado. Aún, para comprometer y mal poner al país sin importar otra cosa que no sea la vanidad gubernamental concentrada en el poder político.

De ahí se tiene como válido el criterio gubernamental de jugar con la improvisación que permiten las circunstancias. Es la interpretación de: jugar sucio, vieja praxis política.

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