“En la última etapa de la vida sigo sonriendo con otro sentido”
La sonrisa que vi en tu rostro años atrás, no es la misma que disfruto ahora. Hoy es diferente, incluso tus ojos tienen otra forma de mirar, tu cara otro semblante y color. La manera cómo hablas y caminas, de hecho, como te refieres a los demás y conversas sobre tu vida.
Se nota que el tiempo ha pasado, y no en vano, pues ha definido en ti otro ser, con otra personalidad, mentalidad y cómo hoy observas e interpretas el mundo que te rodea. Ese mundo que en tu juventud no era ni siquiera parecido a la realidad que vives hoy.
Mirarte ser en tu propia esencia, en tu propio espacio y fisonomía, con esa expresividad que te caracteriza al hablar, al palpar las texturas de los objetos y acariciar a los demás: a los seres que más amas en este mundo.
Aunque el tiempo se disipa rápidamente, no pasa inadvertido. Al contrario, todos nos damos cuenta que está allí, persiguiéndonos siempre y sin pretender dejar rastros. Que iluso, tonto o irónico porque, aunque cree ser invisible, todos lo ven.
Cruel o no. Incierto o certero. Amante enamorado o solitario feliz. Eres tú o eres él o ella. Que abraza y no te suelta. Te besa y deja tus labios húmedos, causando agrado o desagrado. Que grita y habla pausado. Que traiciona y es fiel.
Caminante errante por la vida, aprendiendo en cada caída. Subes escaleras, te paseas por los puentes de la ciudad, vas por las calles del centro entre la multitud, pero te aturde la gente, sus rostros, sus voces, su sudor…
No eres la misma, esa sonrisa, aunque hermosa, cambió. Se convirtió en un vestigio de tanto dolor y sufrimiento, pero también maduró. Ahora es una sonrisa con sentimiento, real, que compartes con la vida al caminar, al tomar un café, al conversar incluso con un desconocido.
Qué importa si ya pasaron los años, qué importa si esas fisuras en tus pómulos te recuerdan la vejez, qué importa si tus pasos son lentos, si tu vida cambió de ritmo, si tus días los cuentas de uno a la vez…
Qué importa si descansas temprano y despiertas antes, qué importa la flacidez de tu cuerpo, qué importa esa cicatriz que evoca lo fuerte que eres, qué importa si no tuviste todo lo que materialmente soñaste, qué importa si al final, te cubrirá la tierra y no te llevarás nada.
Quizás te recuerden por tus obras, por las cosas buenas que hiciste mientras vivías, por esa sonrisa que poco a poco se fue apagando y que las arrugas cambiaron. Por ese cabello largo que nunca quisiste usar corto, por esa taza vieja donde tomaste café por años, por ese rosario colgado en la lámpara de tu mesita de noche, que nunca cambiaste de lugar…
Qué importa lo que digan los demás, qué importa los que te hirieron e hicieron llorar, qué importa el que pretendió ofenderte y humillarte, o que mintió para hacer creer de ti algo que no eras…
Ya no importa nada, la misma vida se encarga de cobrar y hacer pagar. La misma vida te pasa la factura y no acepta deuda. Ya no puedes quedar en mora, porque ya no hay más tiempo. Dejó de perseguirte, dejó de acorralarte, dejó de pasar desapercibido, dejó de existir…
Adiós, a mi Yo de la vejez.
Escrito por Aylen Bucobo / En todas las Redes Sociales @aylenbucobo
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