La política tiene una virtud y una crueldad al mismo tiempo: revela quién es quién. En el camino aparecen personas que, incluso en medio de las diferencias, se convierten en amigos sinceros, seres humanos con los que se puede conversar, disentir y construir. Pero también aparecen otros. Aquellos que ven la política como un simple negocio, una temporada de cosecha donde el voto se convierte en moneda y la ética en un obstáculo incómodo. Un ejemplo de integridad en estos tiempos es Luis Eduardo Cuao: La dignidad no se negocia.
Es la cara menos noble de la democracia.
Quienes hemos vivido la experiencia de emigrar entendemos estas cosas de una manera distinta. Para un inmigrante, los principios no son un discurso; son la única brújula posible.
Hace más de treinta años salí de Colombia buscando un futuro mejor. Como millones de colombianos, llegué a un país que no era el mío con más sueños que certezas. Con la maleta llena de esperanza, pero también con la conciencia clara de que el respeto se gana trabajando y viviendo con rectitud.
En ese camino hubo días difíciles. Días en los que la necesidad tocó la puerta con insistencia. Hubo momentos en los que el hambre fue real y noches en las que el único refugio fue el asiento de un vehículo porque no había un techo bajo el cual dormir.
Pero incluso en esos momentos entendí algo que con el tiempo se volvió una convicción inquebrantable: la necesidad nunca puede ser excusa para renunciar a la dignidad.
Porque el día que una persona vende sus principios, ese día deja de pertenecerse a sí misma.
Hoy vivimos tiempos donde lo fácil parece imponerse sobre lo correcto. Donde el ruido del populismo intenta reemplazar la seriedad de las ideas. Donde algunos creen que la política es un escenario para el espectáculo y no un espacio para el servicio.
Pero la historia siempre termina poniendo cada cosa en su lugar.
Los pueblos pueden confundirse por momentos, pueden dejarse seducir por discursos fáciles o promesas vacías, pero tarde o temprano reconocen la diferencia entre quienes construyen y quienes simplemente se aprovechan del sistema.
Para quienes vivimos fuera de Colombia, la responsabilidad es aún mayor. No podemos llegar a un nuevo país a reproducir los mismos vicios de los que muchas veces huimos. No podemos convertir nuestras nuevas tierras en un reflejo de las prácticas que tanto daño le han hecho a nuestra nación.
Al contrario.
Tenemos la obligación moral de demostrar que el colombiano que emigra lleva consigo algo más poderoso que cualquier dificultad: su capacidad de trabajo, su orgullo y su integridad.
Por eso mi mensaje es simple y directo para quienes viven lejos de nuestra tierra.
No importa en qué país estés. No importa cuán duro sea el camino. No permitas que la necesidad te obligue a negociar tu conciencia.
Demuestra siempre que el colombiano que lucha en el exterior no pierde lo que lo hace grande: su ética, su carácter y su verraquera para salir adelante con dignidad.
Porque al final, cuando el ruido de la política se apaga, cuando pasan las campañas y se olvidan los discursos, lo único que realmente queda es la forma en que decidimos vivir nuestra vida.
Y hay una verdad que ninguna elección puede cambiar:
La dignidad de un hombre no se compra.No se vende. Y jamás se negocia.
Luis Eduardo Cuao Lubo
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