Tomo prestado el título del trabajo de Husseinn Agha y Robert Malley, “Tomorrow is Yesterday”, Ellos trabajan en “los sucesivos y fracasados encuentros por la paz árabe-israelí de los años noventa e inicios del siglo XXI”.
Los venezolanos guardamos en nuestra memoria (con todo y que la nuestra es frágil) las 17 ediciones anteriores de mesas de conversaciones y negociaciones en donde se han enfrentado la arrogancia del régimen dictatorial contra la soberbia de la oposición, todos con idénticos resultados, no hago el inventario de ello porque de todos son conocidos.
El rasgo común de esas diecisiete “mesas anteriores de dialogo” es que uno de los actores sentados en las mesas, no era digno de confianza y actuó en consecuencia: una vez que logró sus objetivos, rápidamente, dio la espalda a lo que se había acordado en dichas negociaciones. De tal manera que cada una de las mesas que se han organizado con el fin de buscar una salida a la crisis que el mismo régimen instaló en el país se rodea de una atmosfera de desconfianza.
Dicen los analistas, unos con mucha seriedad y otros impulsado por el irresistible amor que sienten por el presidente norteamericano que, esta vez la presencia de EEUU y su amenaza de intervenir mediante la fuerza, garantiza el cumplimiento de los acuerdos que se firmen.
El problema es que la presencia norteamericana tiene dos caras y dos voces: una, efectivamente, la de Trump, que privilegia los negocios, el petróleo, el oro, los minerales estratégicos y las tierras raras, que, nunca ha mencionado la palabra democracia, jamás se le ha escuchado la expresión Estado de Derecho y mucho menos, esa que le elogia a Milei: “!la libertad, carajo!” y que, siempre hiperbólico, adula a Delcy Rodríguez, que sus emisarios, que incluye al jefe del Comando Sur, el mismo que sacó por el pelo a la pareja Maduro-Flores, al jefe de la CIA, y de la DEA, empresarios del sector energético devenido en empleados de su gobierno, etc. hablan cortésmente y hasta con afecto, inmortalizado en fotos y selfis, con Diosdado Cabello, reclamado precisamente por la justicia norteamericana que ha puesto sobre su captura una recompensa de 25 millones de dólares.
Y la otra voz, y la otra cara, es la de Marco Rubio, que presenta el famoso e increíble pero nunca bien y suficientemente explicado plan de las tres fases. Es verdad que él habla de elecciones, reinstitucionalización del país, transición democrática, y algo que, los que lo siguen, llaman etcétera. Él sí ha mencionado la expresión “Estado de Derecho” y hasta ha masajeado la palabra Libertad, pero todo ello lo ha puesto a cocinar al fuego lento del tiempo y de la paciencia, mucha paciencia, contradiciendo las demandas y urgencias de la gente, que ya votó en condiciones adversas y aun así derrotó al régimen y que, no obstante, ahora su jefe (Donald Trump), sentencia que el país no está preparado ni está listo para votar. Así que Rubio, la otra cara y la otra voz de la tutela se enfrenta al drama de contradecir la voz de su empleador, si al hacerlo se juega una candidatura y la eventual presidencia de los EEUU.
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Han sido diecisiete mesas que, inexorablemente, terminan siempre con un mensaje a dos voces de los contrayentes de los acuerdos, los del régimen con un mohín sinvergonzón y algo picaron, diciendo para sus adentro: “lo volvimos hacer, los volvimos a j…” protagonistas de un espectáculo con acuerdos largamente trabajados, pero que más temprano que tarde, hasta ahora, el régimen se los ha pasado por el forro. Y ni les cuento la voz y la cara que pone la representación opositora. Me queda la sensación que los elegidos para discutir con el régimen siempre terminan siendo unos “bolsas”. Pero es solo mi humilde opinión, que puede leerse y tienen todo el derecho para calificarla de desconsiderada.
El caso, es que todos los resultados han terminado en experiencias amargas para las aspiraciones mayoritarias que anhelan un cambio político.
Por eso es por lo que cada vez que escucho: “la mesa de diálogo se reunirá en X fecha en Y lugar” yo tomo mi paraguas, aunque no llueva
Pero, bueno, más allá de las circunstancias que rodean hoy la actual mesa de diálogo, creo que podemos señalar que, desde las primarias, primero, luego, las elecciones del 28 de julio de 2024 y, finalmente, desde el 3 de enero, lo que se hizo evidente fue la crisis de la dictadura expresada en su incapacidad de volver asegurar su dominio. Podemos concluir, que más allá de la tutela que lo sustenta, el chavismo está agotado y hoy es inviable. No desaparecerá, pero transitará un largo período reducido a la condición de minoría marginal. Bueno, esto será así si los venezolanos hayamos escarmentados por el sufrimiento y la destrucción a la que el chavismo sometió al país durante casi tres décadas y no volvamos a ser seducidos por “el canto de las sirenas”
Sin pretender que todo se haga a prisa, pienso, como bien lo desarrolla Norbert Lechner para la transición en el cono sur, que, también en nuestro caso, la mesa debería ocuparse, fundamentalmente, en la restauración de reglas de juego negociando un temario mínimo para la transición y un calendario acotado con su itinerario para su implementación que se haga cargo de las exigencias de los venezolanos y no tanto de las exigencias del tutelaje.
Esa revalorización de los procedimientos formales de la democracia para Venezuela, a diferencia de las llevadas a cabo en Argentina y Uruguay, puede apoyarse en hábitos establecidos y en normas que durante cuarenta años “fueron reconocidas por todos”, porque no hay que olvidar de que en Venezuela tuvimos, con sus imperfecciones, una democracia.
Aun así, sin embargo, es necesario configurar una nueva gramática política porque esa es una exigencia de la transición.
Algunas voces de la oposición, especialmente, aquellas alineadas con el proyecto de las tres fases, hablan de reinstitucionalizar primero y luego iniciar la transición democrática mediante un llamado a las elecciones. Creo, pero es solo una apreciación muy personal, que solo se puede “ordenar un des-orden” desde el poder. De allí que es necesario, la celebración de elecciones, en un período corto de tiempo y una vez, reestablecida una legitimidad de origen iniciar la reconstrucción del sistema político y al mismo tiempo hacerse cargo de las exigencias y urgencias de gobernar.
¿Qué es necesario para ello?, pienso, en un nuevo contrato social, es decir la realización de un nuevo “Pacto Constitucional”, pero si los constitucionalistas, que de la Constitución lo saben todo ven en esto un problema mayúsculo, pienso que se podría ensayar con lo que hicieron los chilenos: operar la transición hacia la democracia con el mismo aparato constitucional de la dictadura e implementar las reformas que el nuevo proceso exige.
En el mismo proceso abocarse a la configuración de mecanismos de concertación socioeconómica sustentada en un “pacto social strictu sensu” (acuerdo patronal-sindical- estatal) y un nuevo pacto político que incorpore a la sociedad civil y a los nuevos actores políticos y sociales que emergieron durante la larga crisis y a los nuevos y viejos partidos políticos que permita hacerse cargo de la “reconstrucción del sistema político y de gobernar”.
¿Esto es fácil? No, no es fácil. Cuantas veces hemos creído estar a las puertas de la democracia, que esta está al alcance de nuestras manos y de pronto se nos aleja, como si en lugar de ser una realidad fuera un espejismo en el desierto y, al final, es la frustración la que termina acompañándonos y de nuevo se vuelve a iniciar, como un eterno deja vu, una nueva ronda de diálogos, negociaciones y acuerdos que nunca se materializan. Aun así, al igual que el 90% de la población venezolana y, a pesar de mis dudas, espero que esta vez las conversaciones, el diálogo y/o la negociación entre la dictadura y el sector de la oposición que representa a la Asamblea Nacional de 2015 lleguen a acuerdos irreversibles, tanto institucionales y normativos como constitutivos orientados a la recuperación de la democracia y a la refundación de la nación, tal como enuncia el documento de los obispos que nunca antes lo había dicho mejor: “refundar la nación” que incluye, por supuesto, “refundar al Estado”.
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