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Alejandro Betancourt no es más que un señuelo en esta historia. Por Estefano Tamburrini

Casi todos – prensa nacional e internacional e influencers que se improvisan expertos en materia – hemos caído redonditos.

El bolichico y su empresa, North American Blue Energy Partners, cuyo 35% ahora pertenece a Estados Unidos, ha cubierto las columnas importantes medios como El País, New York Times, Reuters, entre otros. Porque en el fondo todos queremos una cara, un villano, alguien que nos ayude a simplificar el laberinto sin fin en el que Venezuela se ha metido.

Y quien mejor que un ricachón, con nacionalidades múltiples, y capaz de salirse con la suya no obstante detenciones e investigaciones a sus espaldas – las Divisas de Pdvsa, Derwick y asociados, Money Fight – que sugieren daños de alrededor 9 mil millardos de dólares a las arcas de un País. Biografía perfecta para una novela del ex-espía inglés Ian Flemming, que en otrora inspiraría la entera saga de James Bond.

 Los gringos – especialistas en guiones más que en Geopolítica, como demuestran los casos de Cuba e Irán – nos dieron por ende un juguete tras el cual vamos corriendo, peleando y gastando tiempo vital para comprender lo que verdaderamente está sucediendo en el País.

Betancourt ha sido puesto allí por la resonancia mediática que posee, mucho mayor que las competencias en materia petrolera y el conocimiento de los negocios entre EEUU y Venezuela que Henry Sergeant III y la misma administración Trump le han reconocido repetidamente.

 Quien le puso allí sabía que el nombre nos habría puesto a discutir por un buen rato – más allá de los argumentos escurridizos de Delcy Rodríguez y del mismo secretario de Estado Marco Rubio – y por eso le asignó un cargo tan importante. Cierto: Betancourt, que jugó para todos y para nadie, representa lo peor de los gobierno de Hugo Chávez y de Nicolás Maduro, llegó a ser mediador de Juan Guaidó ante el Kremlin (por poco, al parecer) y ahora está al servicio del protectorado estadounidense.

Sin embargo, distraerse con un simple operador del poder, ignorando a quien el poder lo ejerce – por distracción o complacencia – es quedarse mirando el dedo ignorando la luna que tenemos al frente. O, valiéndonos de una metáfora deportiva, marcar al jugador equivocado mientras nos rematan a goles. Mientras escribo estas líneas el Estado venezolano acaba de suscribir ocho acuerdos en materia energética con distintas empresas, entre las cuales Chevron y Eni, cuyo contenido no es de conocimiento público ni fue consultada ante las instancias – legítimas o menos – de la Nación.

Tal como no lo fue el mega acuerdo que empeña por cien años 17 campos petroleros del País a precio de gallina flaca, por más que intentemos buscarle la vuelta. Por debilidad e ineptitud – y sobre todo por responsabilidad de Nicolás Maduro – el País hoy se ha convertido en la víctima inmolada ante el altar de las elecciones de medio termino de los EEUU: Trump se desquita el revés iraní exprimiendo nuestro petróleo y, como si no bastase, expulsando a nuestra gente de su País, entre redadas, detenciones y deportaciones ilegales. Ha dicho también que somos gobernados por el secretario de la Energía, Chris Wright, quien ha llegado a Caracas para presenciar las firmas por parte de las empresas interesadas.

Wright da números más claros que los de Rodríguez: dice que la producción petrolera aumentará a 1,5 millones de barriles diarios en el 2027 y asegura que el acuerdo no obstaculizará la transición democrática. Otra mentira más, pues si había una Mesa tutelada por los Estados Unidos, estos últimos han puesto el peso de la balanza del lado del Oficialismo, alejando el escenario electoral – Trump mismo dice que no estamos preparados – hacia el 2030.

 Lo importante, por ahora, es que las elecciones de medio termino pasen pronto mientras Venezuela se apaga por completo. Mientras tanto, sigamos hablando de Betancourt.

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